Con motivo de las negociaciones de paz entre Trump y Putin (USA y Rusia) los medios de comunicación occidentales en sus crónicas y articulistas junto con los llamados expertos, están llenando miles de páginas dando su opinión sobre el contenido, alcance y posibles desenlaces de aquellas. Todas, casi sin excepción, de derecha a izquierda (exceptuando el grupo llamado BRIC y todo su ámbito de influencia) están siendo muy críticos con esas conversaciones anticipando un desenlace perjudicial para Ucrania y beneficioso para el agresor, Rusia. Esas críticas son desde luego inseparables de la propia figura de Trump que haga lo que haga siempre será objeto de ataques por tres razones fundamentales: porque se lo busca con sus modos y verborrea, porque es un Presidente republicano y porque seguramente ayuda en la consecución de lectores de los que dependen las empresas de comunicación. Sin embargo, hay una cosa cierta, es el único que lo ha intentado, porque ni Biden, hemos sabido después que no estaba para nada, ni la UE actuando con una sola voz, han propuesto nada para acabar con la guerra. Tampoco reaccionaron con coherencia a la amenaza rusa ayudando a Ucrania con tropas de interposición listas para el combate cuando la agresión era inminente y tenía que ser conocida por los servicios de información y los movimientos de tropas que debieron detectar los satélites de vigilancia. Y por centrar mejor la cuestión ahora que tanto se habla de la ruptura trumpiana del vínculo atlántico debe recordarse que antes, el infame Chirac, dejó a los americanos sin el apoyo de Francia en la guerra de Iraq por el conocido antiamericanismo de los “gaullistas” y por sus connivencias pasadas con el dictador Sadam Hussein, desde luego no por razones éticas.
Todos quieren hacer creer que es posible la solución perfecta, repliegue incondicional del ejército invasor, que se vuelva a las fronteras de 2.022 y, ya puestos, que Rusia pague reparaciones de guerra. Cualquier observador medianamente sensato sabe que a estas alturas eso es imposible porque Putin no ha organizado toda esta conmoción para irse de vacío o al vacío, ¡seguro que en el Kremlin le esperaría una de esas ventanas que parecen puertas! El hecho cierto es que nadie hasta ahora había propuesto un armisticio como paso previo a la firma de un tratado de paz porque la capitulación rusa es imposible si no se la derrota militarmente, única alternativa coherente al restablecimiento del statu quo, lo que, tratándose de una potencia nuclear todos saben que es peligroso. Una Rusia acorralada militarmente y un Putin debilitado políticamente es una mezcla altamente inestable. Estos hechos pueden no gustar, pero tampoco pueden ser ignorados sin caer en la temeridad.
Ahora, nuestros sesudos analistas vuelven de nuevo su mirada al inmoral Pacto de Múnich, aquel por el que las grandes potencias europeas (Francia, Gran Bretaña y la Italia de Mussolini en su papel de agente doble), los USA con Roosevelt estaban a la suya, decidieron entregar los Sudetes a Alemania, previamente arrebatados a ésta, bajo la promesa de paz mediante la renuncia de Hitler a nuevas reivindicaciones territoriales. La tesis dominante es que cualquier cesión territorial a los rusos exacerbará sus ansias expansionistas al ser premiada con el reconocimiento jurídico de la anexión de los territorios ucranianos invadidos. Esta posibilidad desde luego existe, no puede ser teóricamente descartada, que eso tenga que ocurrir como como algo necesario es confundir el análisis histórico con las ciencias físicas y sus relaciones de causa-efecto. Ese paralelismo “histórico-científico” es inexistente porque la premisa de partida es que lo de Múnich fue una amenaza de invasión resuelta con un pacto (bochornoso y del que se dejó fuera a los afectados, los checos, lo que de momento no está ocurriendo con los ucranianos) y estamos ante una efectiva ocupación militar por parte de Rusia que hace imposible una transacción que ignore los hechos consumados. De cualquier modo, la vinculación de un cese de las hostilidades con cesiones de territorio, ya puestos a buscar referentes en el pasado, no son ninguna novedad. Alemania fue despojada y dividida tras las dos guerras mundiales que perdió y esos territorios y sus colonias en la Primera les fueron arrebatados por naciones europeas (Francia y Gran Bretaña básicamente), el Imperio Austrohúngaro fue disuelto tras la I Guerra Mundial y dividido en un mosaico de naciones que convirtió de paso el centro de Europa en un polvorín. Crimea ya fue usurpada por los rusos a Ucrania sin que las potencias occidentales hicieran nada más allá de unas simbólicas sanciones económicas, es decir, se quedaron con ese territorio sin hacer ni ser obligados a la menor concesión al país agredido. Las diferencias serán de matiz, en esencia todo es lo mismo.
Tomar aquel acuerdo de Múnich en 1.938 como una experiencia sobre lo que no se debe hacer exigiría hacer lo que un año después hicieron Francia y Gran Bretaña: declarar la guerra a Alemania, no a Rusia curiosamente, tras la invasión nazi-comunista de Polonia. Y más tarde, tras el hundimiento del ejército francés, hacer como los británicos, nombrar Primer Ministro a un convencido en resistir a cualquier precio, dispuesto a luchar en las playas, en las colinas y en los aeródromos “hasta vernos ahogados en nuestra propia sangre antes que rendirnos”. Expresar desiderátums sin estar dispuesto a arrostrar las consecuencias que tienen son flatus vocis para consumo interno y que sea otro el que corra con los aspectos negativos que toda negociación comporta. La única verdad es que ningún país europeo está concienciado ni en condiciones anímicas de poner muertos para defender a Ucrania como dique a un futuro ataque sobre territorio de la UE (que es la única forma de defenderse de las agresiones militares). Nuestros líderes políticos son débiles porque la deriva burocrática e intervencionista de las instituciones europeas no ha fortalecido al conjunto y ha debilitado a sus componentes. Europa es, unida, más poderosa militarmente que Rusia, pero aquí, contrariamente a lo que ocurre allí, hay opinión pública y es evidente que para una guerra no se cuenta con ella porque se ha construido un territorio-balneario donde se vive muy cómodo, al menos de momento. De este estado de opinión mayoritario son responsables los sucesivos dirigentes políticos europeos dedicados a ganar elecciones más que a gobernar con realismo.
Al final estamos en manos de un tipo al que muchos no le prestarían ni su bicicleta y de otro al que la palabra escrúpulo no debe ni sonarle, a partir de lo cual la Europa oficial dice aspirar a la solución perfecta (¿) en un ensueño de paz perpetua kantiana sin hacer otra cosa que gestos grandilocuentes para que la prensa continental los editorialice mientras dejan de hacer a Trump y a Putin.





