Los personajes son de ficción, las fotos están tratadas mediante IA y excepto el coche de Franco nada es lo que parece
Rememorar es un desorden de posibilidades indefinidas (Borges)
Han pasado décadas y el señor murió hace ya muchos años; unos dicen que se suicidó, otros que fue un ataque al corazón. El caso es que ocurrió un fin de semana y lo encontraron en su piso dos días después de muerto. Lo descubrió la mujer que lo atendía de lunes a viernes.
—Había cajas de pastillas vacías en la mesilla de noche, de esas cosas que tomaba para dormir —decía ella, dejando caer una morbosa sombra sobre el hallazgo.
Acaso Raúl nunca pensó que iban a abrirlo en canal, a diseccionarlo para descubrir en la autopsia que la causa del deceso había sido un simple paro cardíaco. “Una buena muerte”, me dijo una vez; esa de morir sin enterarte.
Debería decir cómo conocí lo que me pareció entonces y ahora, una luz entre oscuridad y negrura, estas últimas seguro estoy que las callaba.
Por entonces, un amigo y yo frecuentábamos diariamente un bar del pueblo. Quedábamos sobre las cinco de la tarde y nos acodábamos en la barra para tomar un café y la consiguiente copa. Aquel hombre siempre estaba allí, solo, en una esquina de la barra y apoyado contra la pared, como situado en la frontera que impide cualquier contacto. Poseía una ancianidad que se negaba a serlo y, conforme fui conociéndolo, comprendí que una cosa son los exteriores y otra los interiores; que la edad es una marca abstracta y que toda apariencia resulta arbitraria.
Raúl frisaba entonces —como decía Cervantes de don Quijote— la edad de los cincuenta, aunque en su caso mediando ya la setentena. Bebía whisky solo con hielo, a pequeños sorbos, acompañado siempre de un vaso de agua. Unas veces leía revistas de arte y otras de decoración. Hablaba poco, o apenas lo justo para saludar a algún parroquiano, más por educación que por verdadero interés o quizá era él mismo quien se había convertido en su propio muro.
Mi amigo lo llamaba André Gide: por la cabeza completamente calva, cierta corpulencia y el abrigo negro que solía llevar en invierno echado sobre los hombros, pero también por aquella mirada oblicua de una homosexualidad anciana que no quiere decir su nombre. Un Oscar Wilde cuando ya fue Melmoth, aquel personaje heredado de su pariente Maturin. Entre André y Oscar estaba Raúl.
Una de aquellas tardes me decidí a acercarme y hablarle. Primero fueron asuntos rutinarios: una noticia del periódico, su afición por aquellas revistas de arte. Hasta que un día don Raúl —como yo lo llamaba— empezó de pronto su confidencia, como si necesitara dejar en alguien de confianza aquello que quizá jamás había verbalizado y que, sin embargo, llevaba años pidiendo salir.
A las pocas semanas dejó de aparecer por el bar y fue el camarero quien nos comunicó la noticia de su fallecimiento. Han pasado los años y ahora, que me acerco a la edad que él tenía entonces, no quiero dejar de escribir el paso de aquel hombre por la vida. Acaso porque intuyo que, en el fondo, lo que quería era que alguien lo contara y descubriera que el amor es palabra equívoca y más en tiempos umbrosos.
«No fue una mirada cualquiera. Eso es lo primero que hay que decir, porque el amor —cuando es de verdad— nunca empieza como en las novelas rosas, sino como un accidente del alma con la complicidad siempre viva de el deseo. Franco pasó por este pueblo, ahí están esas fotografías, como una sombra solemne, con su comitiva de uniformes planchados, en aquellos años en que España se peinaba con raya y miedo. y un pueblo entero vitoreando su nombre. Yo estaba allí, entre la gente, joven y acaso también pletórico de aquel fervor general. Y entonces ocurrió.
Uno de los escoltas que flanqueaban el coche, levantó la vista. Más tarde supe su nombre, pero aquel día fue sólo un golpe seco en el pecho. Nos miramos. No hubo gesto, ni sonrisa, ni señal alguna que pudiera delatarnos. Sólo una detención del tiempo. Como si el ruido del desfile hubiera quedado muy lejos y el mundo se hubiera reducido a la distancia exacta entre sus ojos y los míos. Azules. De un azul casi obsceno en medio de tanta gravedad oficial. Yo sentí —y esto no se olvida jamás— que alguien me estaba viendo de verdad. Y ahora que ha pasado tanto tiempo pienso a veces que hay algo paranormal en un encuentro, pues me pareció que en aquel cruce de miradas ya estaba el por venir tatuado. No me mires así, muchacho, como si el pasado fuera un truco de prestidigitador. El pasado pesa. Pesa como las losas blancas del cementerio cuando el sol las vuelve cegadoras y uno piensa que la vida, si no la aprietas, se te escurre entre los dedos. Yo la apreté. A escondidas, sí, pero la apreté.
Pasaron dos años. Dos años en los que no pensé en él todos los días, pero sí lo suficiente como para que, cuando regresó, lo reconociera nada mas verlo. El verano lo trajo de vuelta, como traía el olor del salitre y las coplas que salían de las radios encendidas. Yo entonces trabajaba de camarero en el hotel del pueblo, con la rutina humilde de quien sirve cafés mientras sueña con otra vida. Y entonces bajó por la escalera.
No hizo falta que me mirara. Yo ya sabía que era él. La misma forma de ocupar el espacio, la misma presencia que no necesitaba imponerse porque ya lo hacía todo. Cuando por fin cruzamos los ojos, el reconocimiento fue inmediato y silencioso. No hubo sorpresa, sino una especie de alivio: ah, eras tú. Como si aquello que había quedado suspendido en el aire dos años antes hubiera estado esperando ese momento exacto para continuar. “Me llamo Pedro”, dijo mientras su mirada me envolvía en una sábana como de gasa cálida. “Yo soy Raul”, balbucí con un ligero temblor en la voz que se extendía al cuerpo.
Los primeros encuentros fueron en el hotel, sí, pero no en una habitación cualquiera, sino en esos espacios intermedios donde el deseo se disfraza de normalidad: un pasillo al atardecer, una mano que roza más de lo necesario al coger el dinero de su consumición, una conversación trivial que se estira porque ninguno de los dos quiere ser el primero en marcharse. Había una tensión deliciosa en ese juego de miradas, en la contención forzada, en saber que cada gesto podía ser observado desde la esquina que acecha y, precisamente por eso, cargado de una electricidad insoportable.
La primera vez que estuvimos a solas no fue un arrebato, sino una ceremonia. Recuerdo la habitación con una claridad casi cruel: la luz filtrándose por las cortinas, el rumor lejano del mar, una copla sonando en la radio desde una habitación cercana, como si el país entero nos estuviera cantando advertencias. Pedro se acercó despacio, con una mezcla de autoridad y temblor que me desarmó. No hubo palabras. Nunca las hay cuando sobran.
Su proximidad era una revelación. Yo, que creía conocer mi cuerpo, lo descubrí de nuevo bajo su cuerpo. Y sus ojos, siempre sus ojos… No podía apartar los míos de aquel azul intenso que parecía prometerlo todo y negarlo al mismo tiempo. En ese instante entendí que el deseo no es sólo carne, sino una forma de conocimiento. Nos reconocimos como se reconocen los exiliados: sin patria, pero con una certeza absoluta.
A partir de ahí, nuestros encuentros fueron discretos y feroces. La discreción no nos apagaba; nos afinaba. Cada cita era un desafío al mundo, cada despedida un pequeño duelo. En aquella España de sotanas, consignas y silencios impuestos, nosotros inventábamos una intimidad propia, hecha de miradas prolongadas, de cuerpos que se buscaban con urgencia contenida, de noches en las que el miedo y el placer se confundían hasta volverse indistinguibles.
Pedro decidió llevarme a Madrid como quien decide salvar algo que no puede dejar atrás. Yo acepté sin dramatismos, porque ya estaba perdido. En la capital fui su sobrino. El muchacho agradecido, educado, siempre correcto. La palabra sobrino era la máscara social de entonces para ciertas relaciones, pero también la condena de todos aquellos amantes. Yo aprendí a sonreír cuando me presentaban así, a ocupar un lugar secundario mientras por dentro ardía una pasión que no pedía permiso.
Y, sin embargo, fuimos felices. No una felicidad fácil, sino de una intensa, concentrada, acaso por clandestina. Los años pasaron entre rutinas compartidas, viajes breves, noches largas y una complicidad que no necesitaba exhibirse. Pedro seguía mirándome como la primera vez, y yo seguía perdiéndome en sus ojos azules como si en ellos estuviera escrita mi verdad.
El accidente llegó sin aviso, como llegan las tragedias auténticas. Un coche, una carretera, el final abrupto de todo lo que yo creía eterno. Mi vida se partió en dos y el país siguió adelante, como si nada. Con los años llegó la democracia, llegaron las libertades prometidas, y yo envejecí con una pregunta clavada en el pecho: ¿cómo habría sido amarle sin miedo?
Pero no me engaño. La homofobia no pertenece sólo a una dictadura; pertenece a la condición humana en atavismo de subdesarrollo. Cambian las leyes, pero los prejuicios se resisten como viejas grullas. Aun así, cuando miro atrás, no me arrepiento. Porque incluso en la jaula hubo vuelo. Incluso en la represión hubo una pasión absoluta, una felicidad real que nadie nos pudo arrebatar.
Por eso te lo cuento, muchacho. Porque el dolor que escuchas en mi voz no es sólo tristeza; es también orgullo. Yo amé. Y fui amado. Y durante un tiempo —aunque fuera a escondidas— el mundo se redujo a unos ojos azules que me miraban como si todo fuera posible».
Siguió contando que gracias a la herencia que le dejó Pedro y a un trabajo que este le consiguió en la recepción de un hotel de lujo siguió en Madrid hasta su jubilación para luego volver a Almuñécar y frente al mar vuelve aquella mirada azul intenso y nunca, pese a la soledad, y algún encuentro esporádico con otros hombre, tuvo la suerte de conocer el amor, en todas sus facetas, gracias a aquel Pedro. Al menos eso es lo que contaba o lo que toda su vida creyó. En aquel vestir de ficción la oscuridad de su vida tallada de silencios y simulación, el pobre Raul había creado el relato romanticoide de la felicidad cuando en realidad era el estigma de su sexualidad la materia de su vida. Acaso fuera feliz con intermitencia, como la de aquel momento que cruzaba el coche de Franco entre sus miradas y hubo de esperar dos años hasta que aquel deseo trucado volvió a aparecer en el hotel.
«Después vino lo práctico, que también es una forma del amor cuando ya no queda nada que demostrar. Pedro me dejó una herencia discreta, suficiente para no tener que volver a empezar desde cero, y, sobre todo, me dejó algo más valioso: un trabajo. Fue él quien movió los hilos para que entrara en la recepción de un hotel en Madrid. “Ahí sabrás estar”, me dijo una noche, con esa mezcla suya de mando y ternura. Y tenía razón. Aprendí a saludar sin prisa, a escuchar historias ajenas, a ser el rostro amable de un lugar donde nadie se quedaba demasiado tiempo. Yo me quedé.
Y allí me quedé hasta la jubilación. Los años pasaron con la dignidad silenciosa de las cosas que no hacen ruido. Fui siempre correcto, puntual, educado; el sobrino que ya no acompañaba a nadie, el hombre solo al que todos respetan porque nunca da problemas. La ciudad cambió, yo cambié con ella. Hubo otros hombres, claro. Encuentros esporádicos, cuerpos que se cruzan para no sentirse tan solos. Algunos fueron amables, otros torpes, ninguno definitivo. Nunca volví a tener esa sensación de totalidad, esa impresión de estar viviendo algo que te abarca entero. Y no me quejo: tuve lo que muchos no tienen jamás.
Cuando me jubilé, volví al pueblo como vuelven los viejos marineros: con una maleta ligera y demasiados recuerdos. Me instalé frente al mar, porque el mar siempre entiende. Cada mañana lo miro y, sin querer, regreso a aquella primera vez. A la carretera llena, al uniforme, al silencio espeso. Y vuelven los ojos azules. Siempre vuelven. No como un fantasma, sino como una presencia serena que se posa en la memoria con la misma intensidad de entonces.
La soledad es una habitación grande cuando aprendes a habitarla. A veces pesa, no te voy a mentir. Pero también tiene una luz propia. Yo camino por el paseo marítimo y siento que, de algún modo, sigo acompañado. Porque el amor no se gasta con la muerte; se transforma. Pedro me enseñó todas las facetas del amor: la del deseo que quema, la de la complicidad que sostiene, la del cuidado cotidiano, la del silencio compartido, incluso la del dolor que te deja en pie.
Por eso, cuando me preguntas si fui feliz, no dudo. Lo fui. A mi manera. En mi tiempo. Contra todo y todos. Y aunque nunca volví a conocer un amor igual, tampoco lo eché en falta. Porque una vez basta. Una sola vez basta para entenderlo todo. Y cada tarde, frente a este mar que no envejece, vuelvo a cruzar una mirada azul intenso y sé, con una certeza tranquila, que tuve suerte».
Dentro de él había luz de conformidad, en torno suyo la oscuridad y negrura que lo acompañaba.
Así acababa la historia de Raúl. Pero siempre me quedó la cinematográfica sombra de una duda. En aquel personaje no parecía haber fisuras, aunque sí se adivinara alguna protesta interior. La narración quedó olvidada en una carpeta; por un lado, me parecía cursi y, por otro, tenía la sospecha de que no todo había sido dicho. Precisamente ahí residía lo mollar de aquella relación, que por lo que contaba él era de una felicidad sin mácula para la época de moralidad pacata en la que vivieron sus protagonistas. No obstante, algo no encajaba como ocurre en alguna narrativa policíaca donde uno de los protagonistas, aun no siendo culpable, convierte en laberíntica su declaración intentando ocultar alguna singularidad propia ajena a los hechos, pero que por otro lado desvelaría un comportamiento particular que encuentra inconfesable. ¿Fue sincero en todo lo que contó o aquel amor narrado en sublime era una patraña que ocultaba prosaicas intenciones?
Leyendo un artículo de José Antonio Marina sobre el amor, sentí que había encontrado la solución de aquel roman à clef: todo evidenciaba que la clave de aquellas conversaciones con Raúl estaba en lo que no había dicho, en aquello que había ocultado; es cierto que cualquiera pone filtros a ciertas consideraciones. Como epílogo dejo este texto y creo sinceramente que en alguna de sus conclusiones se encuentra la respuesta:
“Bajo la equívoca palabra ‘amor’ se incluyen muchos deseos: deseo sexual, deseo de conquista, deseo de huir del aburrimiento, deseo de posesión, deseo de ser querido, de evitar la soledad, de comunicación y de estabilidad social”.
Y alguna de esas cosas, sino todas, era realmente lo que nunca contó, acaso la de amarse a sí mismo.






