Narradores de fotografía / El naufragio del Cóndor / Luisa Galindo

 

Conozco todos los mares, ninguno ha permanecido oculto para mí. Los he visto de todos los colores: Azules Negros, blancos ambarinos y turquesas …

He sentido con alegría la grata bienvenida de las ciudades blancas. Las excitantes costas tropicales, los acantilados con umbrías cuevas, las bahías de mares africanos, montañas rojizas y otras azuladas sumidas en el misterio… Amaneceres radiantes de colores increíbles! y crepúsculos que dan paso a noches eternas. Apasionadas tormentas, y la danza iridiscente de auroras boreales.

De día, los he surcado silenciosamente, y de noche como un fantasmal palacio iluminado, he velado el sueño de los hombres. He transportado de extremo a extremo del planeta las mas curiosas y exóticas mercancías: vainilla, cacao, ámbar y piedras preciosas. También mi bodega escondió opio, dinamita, alcohol y lo prohibido.

He llevado conmigo el amor, y también la muerte… Ancianas excéntricas, visionarios, aventureros y fracasados recorrieron mis cubiertas .

Conozco la grandiosidad de los vientos, y el orden de las estrellas. Creía conocerlo todo, pero los años me enseñaron que no sabía nada…

Era una noche clara y tibia, cuando sentí la magnitud de lo trascendental. La congoja que agita el alma del hombre a medida que se va acercando la vejez, hacia huella en mi. Ya nada volvió a ser igual.

Navegaba ausente, añorando la perdida de la juventud. Nunca desee ser inmortal. Sería un castigo monstruoso ! , pero si temia la decrepitud. No hay un espectáculo más triste que un viejo barco anclado al puerto. No deseaba ser la guarida de aves carroñeras, ni que mis herrajes se cubrieran de moho, ni ser un esqueleto sin mástiles como árbol de invierno. Yo que tantos años fui viajero de nubes y soles, de luces y sombras…

Sabía que un día, ya no muy lejano, una de esas tempestades que tanto he admirado. Romperá mi frágil casco y mis restos yacerán en un puerto perdido. Así pues, en la inmensidad de la noche y con luna llena. Decidí, ser dueño de mi destino. Dentro sonaba la orquesta, los pasajeros bailaban y los marineros cantaban acompañados por un acordeón. Un hombre solitario limpiaba sus gafas, otro miraba pensativo en la oscuridad. No sentí temor ni remordimiento. Miré por última vez el cielo estrellado y una bocanada de agua salada quemó mi garganta, se precipitó en mi vientre e inundó mis entrañas.

Cesó la orquesta y las luces se apagaron. Un mundo silencioso e infinitamente bello se presentó ante mi. Primero aparecieron destellos de luz y más abajo seres de las profundidades cristalinos y fluorescentes de miradas inalterables, sumidos en una paz casi perfecta. Al tocar fondo un profundo sueño se apoderó de mi y al despertar sentí como el mar me balanceaba y abrazaba suavemente. En ese momento, sentí una alegría inmensa. Nunca sería como esos barcos olvidados en su triste destino.

Luisa Galindo.
Verano 2026

 

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