Onírico, deseo, realidad / Distopía / Javier Celorrio

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La tormenta había entrado en la costa como entra el miedo en el sueño amenazando pesadilla. El bar, uno de esos bares viejos que sobreviven junto al paseo marítimo guardaba en sus paredes la humedad, el humo, todos fumaban mucho sin prohibición alguna, se oían conversaciones con dress code de lunares etílicos entre las que sobresalía la discusión que mantenían dos septuagenarios sobre una estrella del pop de cuando eran jóvenes. Mientras, el camarero secaba vasos con esa tristeza profesional que piensa en la jubilación y tres jubilados jugaban al dominó; una pareja discutía en voz baja trampas e infidelidades y una muchacha rubia, excesivamente quieta, miraba la lluvia detrás del cristal empañado. Afuera, el mar golpeaba las rocas con una furia semejante a esas películas distópicas cuyo final deja algo de dudosa esperanza, pero, al fin y al cabo, eso, esperanza. Yo estaba allí refugiado, leyendo no sé qué periódico atrasado (las noticias viejas parecen más descansadas, como lexatines que desvanecen la ansiedad del presente).

Entonces cayó el trueno. Un trueno profundo, subterráneo, de esos bíblicos en el cinemascope. El bar entero vibró como si bajo el suelo hubiera despertado algo enorme. Y, en ese instante, sonaron todos los teléfonos móviles. Todos a la vez.

El del camarero.
El de la pareja.
El de los viejos.
El mío.
Incluso el de la muchacha inmóvil que estaba sobre la mesa y comenzó a vibrar lentamente como una rata atacada de electrodos.

En aquel escenario se instaló el silencio condensado a la espera de más miedo y se impuso la banda sonora de las distintas melodías que emitían los teléfonos: melodías distintas formando un coro absurdo y siniestro: bachatas, pitidos digitales, una copla antigua, el himno, el tono predeterminado de Android, campanitas de iPhone… Toda la tecnología contemporánea convertida de pronto en sinfonía para misa negra.

—Joder… —susurró el camarero.

Nadie se atrevía a mirar la pantalla. Fue uno de los jubilados quien rompió el hechizo. Tenía manos de pescador viejo y ojos de hombre que ya ha enterrado demasiada gente. Sacó el móvil del bolsillo lentamente. Miró la pantalla. Palideció.

—No puede ser.

—¿Qué pasa? —preguntó alguien.

El viejo levantó el teléfono con mano temblorosa.

En la pantalla sólo aparecía una frase:

“YA ESTÁIS TODOS”.

Un sudor frío recorrió el local. Entonces empezaron los murmullos.

—El mío también.
—Aquí pone lo mismo.
—Dios mío…
—¿Qué broma es esta?

Los teléfonos mostraban exactamente el mismo mensaje: “YA ESTÁIS TODOS”.

La lluvia clamaba con ulular ventoso contra los cristales. La muchacha rubia se levantó despacio. Había algo raro en ella, algo mórbido. No parecía mojada pese a haber entrado hacía apenas unos minutos bajo la tormenta. Se acercó al centro del bar y dijo, con una voz suave que apenas parecía humana:

—No es una llamada.

Nadie respiraba.

—Entonces, qué es —preguntó el camarero.

La chica sonrió con ese rictus y mirada que me pareció común al de todas las malvadas que en el cine han sido:

—Es una confirmación —dijo.

Otro trueno apagó durante un segundo todas las luces. Y, en esa oscuridad brevísima, ocurrió algo espantoso: sonaron las notificaciones otra vez, pero esta vez no desde los móviles, venían del exterior convertido en un inmenso móvil con millones de sonidos.

Las luces regresaron. Y la muchacha ya no estaba. Sólo había un pequeño charco de agua bajo la mesa donde se había sentado. Los jubilados comenzaron a santiguarse. Otros tertulianos salieron hacia la calle bajo la tormenta. El camarero encendió otro cigarro sobre el cigarro anterior. Yo miré mi móvil nuevamente. La pantalla había cambiado. Ahora mostraba una fotografía tomada desde algún lugar alto del bar: salíamos todos nosotros dentro; todos mirando nuestros teléfonos y pálidos hasta el blanco zombi de los cómics. Pero la imagen, incomprensiblemente, tenía fecha de tres días después. Y, en la esquina inferior, aparecía otra frase: “FALTA EL ÚLTIMO”.

El frío me recorrió el cuerpo. La ventana estaba abierta acaso por el fuerte viento y la lluvia había mojado el suelo de la habitación. Intenté encender la luz, pero había un apagón. Busqué el teléfono en la mesilla de noche y lo encendí. En la pantalla había un mensaje. “FALTAS TÚ”.

El especialista me ha diagnosticado trastorno bipolar con episodios recurrentes, algo que me parece exagerado. La chica del bar, a la que a veces veo, y cada vez aparece más translúcida, me dice que no es nada de desorden mental: es simplemente que parte de mi cerebro está receptiva a otra dimensión en la que ella habita. Y pongo la televisión, y entonces me entra el terror, cuando veo hablar a los políticos y creo que ellos también son víctimas de mi mal: la realidad se vuelve pesadilla ¿Será un virus?

 

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