España, país de sol administrado y sombras burocráticas, descubre de pronto que el hantavirus no solo viaja en roedores invisibles sino también en comunicados oficiales: microscópicos, escurridizos, llenos de tecnicismos y vacíos de relato. El virus, dicen, no es nuevo. Lo viejo es la manera de contarlo.
Porque mientras un crucero —ese símbolo flotante de la globalización turística— se convierte en metáfora sanitaria, con muertos, sospechosos y protocolos, aquí en tierra firme se despliega otra epidemia más castiza: la de la información administrada en dosis homeopáticas. Ni alarma ni claridad; un término medio que suena a rueda de prensa sin preguntas.
El brote, localizado en un barco procedente de Sudamérica, ha dejado varios afectados y fallecidos, aunque con un riesgo de transmisión muy bajo fuera de ese entorno concreto . Pero lo verdaderamente contagioso ha sido el desconcierto político: el Gobierno central hablando de “protocolos” y “coordinación internacional”, mientras desde Canarias se denuncia “falta de transparencia y lealtad”. Traducido al castellano de bar: nadie sabe quién está contando la verdad completa, pero todos sospechan que no se está contando toda.
El Ministerio insiste en que el riesgo para la población es “extremadamente bajo” y que el sistema sanitario está preparado. Y probablemente sea cierto. Pero la verdad científica —esa que habla de roedores, aerosoles y cepas— convive mal con la verdad política, que se mueve entre tiempos muertos, decisiones cambiantes y esa liturgia del “estamos evaluando la situación” . Evaluar: el verbo más elegante para decir que todavía no se quiere decir nada.
El ciudadano, mientras tanto, asiste a este sainete con la memoria reciente de otras crisis donde la pedagogía llegó tarde y el miedo llegó primero. Y aunque los expertos repiten que en España los casos son raros y generalmente leves, el ruido informativo —ese sí altamente contagioso— llena el vacío con sospechas, bulos y titulares nerviosos.
Aquí es donde el estilo se impone a la sustancia. Porque lo que falta no es solo información, sino relato. Un hilo narrativo que explique sin infantilizar, que tranquilice sin ocultar, que diga: esto pasa, esto sabemos, esto no sabemos aún. En lugar de eso, se ofrece una coreografía institucional donde cada administración baila su propia versión del mismo problema.
Y al final, como siempre, el virus real queda en segundo plano frente al otro, el verdaderamente español: el de la desconfianza. Ese que no necesita roedores ni barcos, porque se transmite de despacho en despacho, de declaración en declaración, hasta instalarse —silencioso y persistente— en la conversación cotidiana.
Sospecho que Umbral habría dicho que no es el hantavirus lo que inquieta, sino el estilo. Y en eso, desgraciadamente, seguimos siendo endémicos.







