La realidad tiene muchas bocas.
Juan José Millás
Hay algo obvio, tanto lo onírico como el deseo están íntimamente vinculados a la realidad y a su vez ésta con ambos. Por eso la presente serie de artículos se vertebran en la vida, sea ficción o no u ambas en esencia, traten de mi o de los otros: eso que llaman autoficción y que se ha convertido en estilo de la actual literatura, unas veces mejor y otras verdaderos coñazos que son tan imposibles como digerir fritos a ciertas edades. No obstante, la autoficción siempre ha estado presente en el oficio de escribir. Desde Homero hasta Flaubert, con aquel madame Bovary soy yo, toda ficción como sueño se imbrica de deseo y realidad y cuando el aparejamiento en trio, surge la obra maestra que vuelve del deseo y lo onírico a la realidad de dónde salió como parto natural de ese trio. Digamos que hoy toca la lotería o que tocó una vez en un lugar de cuyo nombre no quiero acordarme.
La Lotería
«Qué alegría al que le toca la lotería», decía aquel lotero callejero al que un día la alegría también le llegó. Al hombre afortunado le ocurrió aquello que Truman Capote atribuye, en el epígrafe de su maldita Plegarias atendidas, a Santa Teresa de Jesús: «Se llora más por las plegarias atendidas que por las que no».
Y, anciano como era, se lió con una paya —decía él, de raza gitana— que, en menos de unos meses, le birló los dos millones de las entonces pesetas que sumaba el premio. Ella desapareció como había venido, pero con la cartera bien llena. El pobre desgraciado tuvo que regresar a colgarse los billetes en la solapa y volver a su mercadería callejera, con su correspondiente letanía del «qué alegría…».
Hay una leyenda, o no tan leyenda, que dice que en muchos casos los premios del azar, más que el contento del anuncio, traen desgracia. Digo yo que debe de ser producto de esa riqueza fácil y fortuita, sin tiempo de madurar ni de encajar, y siempre golosa para los amantes de lo ajeno en provecho propio.
Al caso, un conocido me contaba que en su pueblo a uno semejante al lotero ambulante le tocó una cuantiosa Primitiva. El hombre había recibido muchos reveses de la vida y sus paisanos —del orden unamuniano de «qué país, qué paisaje y qué paisanaje»— no debían de haber sido muy condescendientes, ni amables, ni sagrados con aquel vecino en cuya pobreza era invisible. Carecía de swin, que dice Manuel Vicent en la película entrevista «Seré feliz mañana». La recomiendo en Movistar+. Claro que a lo mejor aquellos aldeanos desconocían el swin.
Todo el mundo sabía que la localidad había sido premiada con cuantiosos millones, pero todos desconocían quién podía ser el ganador. En la única administración de loterías del lugar, los vecinos asaeteaban a preguntas a la lotera, pero ella se mantenía recta y discreta, como cualquier profesional del ramo habría hecho. Al ser el pueblo pequeño —esto es lo que tienen los pueblos—, todos hacían sus cábalas mientras se observaban unos a otros.
El director de la única sucursal bancaria del villorrio era el primer interesado en descubrir al poseedor del billete premiado con tan abundante cantidad y, por tanto, el más atento a cualquier movimiento de los vecinos. En su banalidad de mercachifle, daba por sentado que el premio debía de estar entre los ricos o pudientes del entorno. Pero pasaban los días y el acertante no terminaba de aparecer, ni ningún derroche delataba la propiedad de tan fortuito fortunón. Los periodistas se retiraron aburridos y los olfateadores de otras entidades bancarias del entorno también.
No obstante, fue una viuda antipática, seca y muy de misal diario quien un día se percató de que aquel hombre que vivía en una casucha en los suburbios del pueblo —y que algunas veces le hacía trabajos en sus campos como jornalero, a cambio de una paga poco generosa que él, en su necesidad, aceptaba— había desaparecido. Ni siquiera sabía su nombre. Como nadie lo echaba de menos y, al igual que lo que no existe tampoco se busca, ni siquiera se pararon a pensar en su desaparición.
A cuenta del anonimato de aquella enorme cantidad de dinero, surgieron disputas entre los hacendados del pueblo, pues la envidia empezó a cundir y todos vivían en torno a la sospecha. Aquella viuda antipática y seca, en su raciocinio pueril, dejó de encargar misas y de comprar velas a la iglesia, no fueran a pensar sus vecinos que tanto gasto tenía algo que ver con la fortuna, ya que ella era una de las principales sospechosas por su afición a las apuestas del Estado. Observaban con minuciosidad cualquier movimiento que pudiera delatar el tesoro que, según ellos, escondía con mezquindad.
Cierto día apareció en el pueblo un monovolumen Mercedes, con dos señores acicalados, trajeados e impecables, cosa que molestó a la cicatería y desconfianza del aldeanismo rico. Ambos se dirigieron a los domicilios de tres propietarios cuyas fincas lindaban con la heredad de la viuda. A pesar de que presentaban su propuesta de compra para una empresa con razón social en Madrid, la cosa quedó meridianamente clara para todos, ya que los mercachifles en ningún momento visitaron la casa de doña Ernestina, que así se llamaba aquel cuervo enlutado de encajes rancios en que se había convertido la viuda —antes respetadísima— a raíz del suceso del azar.
Las lenguas se desataron; la imaginación, como un caballo frenético, se desbocó por calles y ventanas, y las miserias de la señora, hasta entonces escondidas o inexistentes, salieron a la luz como un estallido del sol sobre el desierto. Por mucho que la interfecta lo negara, la evidencia la acusaba: estaba claro —decían— que aquella antigua pupila en su juventud en un burdel de la capital de provincia, de donde la rescató un hacendado calavera entrado en años que la retiró al pueblo casándose con ella, quería ahora coronar su ascenso con las tierras aledañas, sabiendo de la precariedad en la que se encontraban sus vecinos.
El acoso, como suele suceder en estos casos, fue cruel. Ernestina, escarnecida, se fue —como de purgatorio— a vivir con su hermana a un pueblo de Valencia. Y ella sí terminó vendiendo tierras y casa, con ínfulas de solariega, a la empresa madrileña.
Pasó el tiempo y, desaparecido el objeto de la ira, la calma volvió al pueblo. Hasta que un día otra empresa de construcción llegó y comenzaron las obras de remodelación de la casa. Todos hablaban del suceso, que ya nadie relacionaba con aquel premio. Y, tras dimes y diretes, un día apareció un coche de mudanzas que equipó la vivienda con todo lujo.
Al cabo de unas semanas llegaron otros vehículos con gente de servicio y, finalmente, un día se abrieron las balconadas que daban a la plaza de la villa. Un hombre elegante y atractivo en su madurez apareció en el balcón. Ahora era visible, y todos lo miraron con respeto; pero si alguien encontró algo familiar en su físico, algún parecido con otro, se ocultó.
¿Pero fue una venganza particular o colectiva? El suceso de la lotería quedará para los anales domésticos que todo pueblo guarda en su armario con su utillaje más secreto. Aunque tanta ostentación del desconocido sigue marcando de envidia y rencor la faz pueblerina de sus habitantes: «no es uno de los nuestros», se repiten.
Mi amigo añade que doña Ernestina jamás ejerció de pupila y que, en su juventud, fue novicia y, por razones de salud, tuvo que abandonar el convento. Fue en aquel pueblo valenciano donde conoció a su esposo. Maledicencia haberla, hayla —como las brujas—. Y la lotería puede desatarse a la manera en que lo hace un crimen en un relato de Patricia Highsmith. Queda una incógnita: ¿supo alguna vez doña Ernestina que aquel hombre invisible se había visibilizado? Mi amigo cree que sí al igual que la historia que cuenta se rumorea. Así, a modo de advertencia, nunca te creas cuando alguien dice lo de la alegría a quien le toca la lotería, a veces el bebedizo lleva mixtura amarga, rencores que no se apagan, adversidades que no se anuncian.






