Hay asuntos que envejecen como el coñac y otros que lo hacen como el pescado olvidado en agosto. Las joyas, sin embargo, siempre regresan. Reaparecen en los cajones de la política, en los sumarios interminables, en las conversaciones de café y en la literatura o en el cómic. Ahí está aquella incomparable aventura de Las minas del Rey Salomón o Las joyas de Bianca Castafiore. Ambas mitologías propia a la niñez boomer donde unos conocimos el pop mediante el technicolor de la película con las empatilladas canas de Stewart Granger y la rubiedad de Deborah Kerr, y la ópera con las formas opulentas de la soprano. En la primera Los personajes parten en busca de riquezas legendarias, pero el viaje demuestra que la obsesión por el oro puede llevar al peligro, la traición y la destrucción. Y en el comic de Hergé el gran misterio no era exactamente el robo de unas esmeraldas, sino el retrato coral de una sociedad que sospecha de todos mientras no entiende nada.
En el castillo de Moulinsart se perdían las joyas de la diva y, automáticamente, cada personaje quedaba señalado. El mayordomo parecía culpable por su nerviosismo; los gitanos, por ser gitanos; los periodistas, por entrometidos; y hasta el capitán Haddock, pobre alcohólico sentimental, terminaba atrapado en el vodevil de las apariencias. Luego resultaba que la realidad era mucho más absurda y mucho menos épica. Como suele ocurrir.
España, país de sainete permanente, ha perfeccionado ese mecanismo. Aquí basta una fotografía, un titular a media cocción o una conversación filtrada para que media nación dicte sentencia antes que el juez encuentre la toga. La política española se ha convertido en un enorme castillo de Moulinsart donde todos buscan el origen de unas joyas mientras las urracas sobrevuelan el jardín.
Y así aparecen ahora las llamadas “joyas de Zapatero”, expresión que algunos utilizan entre la ironía y la sospecha, como si estuviéramos ante un nuevo álbum de Hergé dibujado en clave ibérica. Conviene, por supuesto, recordar algo elemental y democrático: toda persona mencionada en investigaciones, rumores o polémicas públicas goza de la presunción de inocencia. También José Luis Rodríguez Zapatero. Faltaría más. En tiempos de tertulia acelerada, prudencia no viste su mejor oficio.
Pero hay algo fascinante en la estética de estos escándalos. Las joyas siempre son más literarias que las cuentas bancarias. Un collar de diamantes posee un barroquismo narrativo que jamás tendrá una transferencia en Luxemburgo. La joya implica glamour de terciopelo, caja fuerte, reflejo dorado, manos enguantadas y fotógrafos apostados en la puerta. La corrupción contemporánea, tan digital y tan gris, necesita brilli brillísimo para que el público no cambie de canal y emparenta al escaparate de joyería de lujo con un patio de vecinos
Pero lo verdaderamente interesante no son las joyas, sino nuestra pasión por el sospechoso. España es un país que necesita culpables inmediatos porque desconfía profundamente de los finales. Nos aburren las absoluciones y nos decepciona la verdad cuando resulta vulgar. Preferimos el misterio brillante, la intriga con olor a perfume caro. Por eso Bianca Castafiore sigue siendo contemporánea: porque nunca importaron demasiado sus esmeraldas, sino el teatro humano que provocaban.
Y quizá ahí resida la moraleja. En Las joyas de la Castafiore nadie era exactamente quien parecía durante unas páginas. En la política ocurre igual, aunque aquí las viñetas las dibujan los titulares y las exageraciones las colorean las redes sociales. Después llega la justicia —lenta y exhausta— para recordar algo que el ruido olvida siempre: sospechar no es demostrar y señalar no equivale a condenar.
Mientras tanto, las joyas siguen brillando en nuestra imaginación colectiva y la cueva de Ali Baba en boca de vecindona. No obstante, las joyas de Zapatero como diseño son de reinona regia o de madrina de torerillo en la narrativa de una copla.
Por un poner: a lo mejor ese joyerío de demimonde es simplemente el deposito confiado de un amigo a otro para tenerlas a buen recaudo. Esto por aportar algo. Todo supuestamente.






