Radiografía de una farsa / José María Sánchez Romera

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Restaurante Calabre

Escribió Karl Marx en su obra “El 18 de brumarlo de Luis Bonaparte” que «La historia ocurre dos veces: la primera vez como una gran tragedia y la segunda como una miserable farsa”.

El 6 de enero una abigarrada e indescriptible turba rompía para sorpresa del mundo entero los cordones de seguridad del Capitolio e invadía sus estancias dando lugar a imágenes más escandalosas por grotescas que por el simbolismo de la institución ultrajada. Si pudiéramos hacer abstracción de los muertos, cosa ciertamente difícil, en especial de la fría ejecución de una mujer indefensa, se podría decir que una muchedumbre con más pulsiones iconoclastas y de rapacería que políticas, ofendió con su zafiedad a todos los norteamericanos con independencia de la gravedad del hecho en sí mismo. El daño a la democracia fue enorme porque esa acción tuvo como efecto inducido abortar lo que iba a ser un debate parlamentario abierto y sin intermediarios mediáticos sobre la validez de los resultados electorales de los Estados Unidos, convirtiendo en necesidad perentoria apuntalar el sistema constitucional que el Partido Demócrata se apresuró a declarar en peligro por culpa de unos cientos de energúmenos. Este acontecimiento nos obliga a llevar a cabo algunas reflexiones que nos permitan ver algo más que la brutalidad primitiva albergada en la naturaleza humana, a la que debe evitarse la maldad o la negligencia de invocar, porque las consecuencias son la mayoría de las veces difícilmente previsibles.

Una primera referencia debe dirigirse a Donald Trump con su inútil y suicida resistencia a admitir que había perdido las elecciones más allá de las razones o los hechos que puedan llevarle a pensar que realmente hubo fraude en el recuento de votos. Tiene derecho a sostenerlo pero no a ponerse por encima de las instituciones. Su ejecutoria real y al margen del espantapájaros que él primero y sus enemigos después, han contribuido a crear, podía haber tenido un final más honroso que con el tiempo, como ocurrió con Nixon, se hubiera abierto paso en sus aspectos más positivos. Por ejemplo, en relación a cierto aislacionismo internacional que ha propiciado Trump y que, frente otros excesos en las críticas que ha recibido, es un debate razonable, cabe decir que no ha pasado de ser más que una vieja tradición de la derecha americana de no inmiscuirse en los asuntos de otros países y que fue abandonada por los “neocons” republicanos (Bush Jr.) tan denostados en su momento por la izquierda como ahora aplaudidos por ella al haberse opuesto abiertamente a Trump. Es cierto que los actos de gobierno de la administración saliente han estado salpicados de noticias que han querido generar mucho escándalo, pero a la hora de la verdad no han tenido el menor recorrido. En la guerra mediática que el Presidente ha sostenido se han carbonizado parte de sus energías como gobierno y un sector de la prensa ha llevado la manipulación hasta el paroxismo retorciendo cualquier cosa afectante a Trump hasta extremos inverosímiles, lo que aconsejaría un ejercicio de autocrítica que por supuesto no hará. Pero el poder conlleva la responsabilidad y sin prensa libre, aunque alguna se dedique al activismo político más que a informar, no hay democracia, al menos como la conocemos actualmente. Elementales razones de prudencia debieron descartar la concentración del 6 de enero ante la Casa Blanca, ya de inicio por su propia intrascendencia, y alimentó una bomba de pasiones con resultados catastróficos para su impulsor. Todas las acusaciones que se le hicieron a lo largo de cuatro años y habían quedado en agua de borrajas se materializaron virtualmente en unas cuantas horas fatídicas.

Por razones de un mínimo rigor intelectual es obligado considerar también si el asalto al Capitolio constituyó, como muchos han dicho, un intento de golpe de estado. Antes de afirmarlo o negarlo se hace preciso distinguir entre revolución y golpe de estado toda vez que cuando se acude a la confusión de conceptos es siempre para manipular los hechos y la precisión de las definiciones es esencial en tanto en cuanto las palabras que pronuncia el poder pueden llegar a ser mas letales que las armas de fuego. En su «Técnica del Golpe de Estado« Curzio Malaparte aplica la noción de golpe de Estado no solo a una operación ejecutada por integrantes del Estado, sino también la que llevan a cabo poderes civiles, que, mediante la desestabilización del gobierno a través de acciones orientadas a generar caos social, provocan su caída y acceden al poder. Para Hanna Arendt las revoluciones no son respuestas necesarias, sino respuestas posibles a la delegación de poderes de un régimen; no son la causa, sino la consecuencia del desmoronamiento de la autoridad política. Pues bien desde el punto de vista de la acción llevada a cabo por los asaltantes del Capitolio, aquel acto tuvo más de revolucionario, más que nada en las formas, que de golpista, porque no obedeció al plan de ningún poder o grupo de poder identificables ni existió en el asalto estrategia organizada alguna. La aparición de un individuo cubierto con la piel y los cuernos de un bisonte en la Presidencia del Senado y otro actuando como un descuidero llevándose el atril de la Sra. Pelosi, dos auténticas astracanadas, junto con la anárquica invasión del edificio no permiten considerar que se produjera un intento de golpe de estado ni que ello estuviera en la mente de los amotinados. Las imágenes que todos han podido ver delatan por sí mismas el carácter desorganizado e incluso inidóneo a tales fines subversivos de lo que no superaba la calificación de desmanes cometidos por una muchedumbre descontrolada cuyo número alentó la sensación de impunidad. Pero interesa profundizar algo más en este asunto.

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Una de las frases más empleadas en estos días ha sido la de considerar el asalto como una agresión de la voluntad popular, un ataque directo a la representación ciudadana de tal suerte que esa ocupación vino a significar la usurpación del poder legal y democrático. En ello hay desde el punto de vista del imaginario democrático una poderosa razón que no hace más que abundar sobre la inadmisibilidad de lo sucedido. Pero como siempre hay quien toma, como se suele decir, el rábano por las hojas para que no distingamos lo fundamental de lo accesorio. El poder real hoy día no está en los parlamentos, está en los centros de poder operativos (inteligencia, ejército, telecomunicaciones, policía, judicatura…) y en el gobierno en tanto que poder ejecutivo (del que cada día que pasa las legislaturas son cada vez más mera prolongación). Unos asaltantes sin apoyo exterior alguno y sin otra guía que su instinto sedicioso no pasarán nunca de soportar un asedio más o menos largo y una rendición inevitable. Si no se cuenta con apoyos exteriores, y es el caso que aquí no existían, aun actuando con la peor de las intenciones, la ocupación de una sede parlamentaria está abocada al fracaso. Así ocurrió el 23 de febrero de 1.981 en España con la irrupción en el Congreso de Tejero, pese a que éste en favor de su capacidad coactiva tenía al Gobierno entre los rehenes. Los verdaderos centros de poder quedan extramuros de las instituciones parlamentarias. A todo esto cabe añadir otra idea sin la cual las rimbombantes expresiones sobre templos y ágoras de la democracia son palabras para uso de los oportunistas. La democracia también está en cada hogar o negocio, en la integridad moral y física de las personas y en la defensa de sus bienes privados honradamente ganados y de los públicos costeados con los impuestos de todos. Si una horda de desalmados con el pretexto de un acto de brutalidad policial viola sistemáticamente y durante días todos los derechos mencionados ante la mirada impasible de una parte de las instituciones se agrede igualmente la democracia. Cada ciudadano con sus derechos íntegramente respetados representa mucho más la democracia que cualquier edificio oficial.

Por último, los hechos que contemplamos el 6 de enero pasado nos han permitido desmitificar sucesos históricos que como el presente no pasaron de constituir actos de fuerza y violencia para la consecución del poder. Contemplar en tiempo real la brutalidad inherente a un suceso político traumático debería haber despejado gran parte del humo que genera la propaganda respecto de hechos pasados de la historia. Qué fue por ejemplo la toma del Palacio de Invierno, sino un golpe de estado, la revolución ya había triunfado provocando la abdicación del Zar meses antes, elevada a mito por la literatura y el cine (recuérdese “Octubre” de Eisenstein), pero que no pasó de ser un asalto armado a la sede de un gobierno legítimo que además estaba indefenso por carecer de fuerzas que lo defendieran.

La clave está por tanto en que no confundamos, ni nos hagan confundir, una gran tragedia con una miserable farsa.

José María Sánchez Romera.

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