
A pocas personas les es desconocido el nombre de Kant. Gracias a su inclusión en los programas de bachillerato, son muchos quienes identifican a Immanuel Kant como uno de los grandes filósofos de nuestra historia y como autor del, a mi parecer, merecidamente reconocido imperativo categórico. En torno a éste girará esta pequeña contribución a la conmemoración del 300 aniversario de su nacimiento en Königsberg en 1724.
Kant fue un activo seguidor de los ideales revolucionarios e ilustrados que impulsaron la Declaración de Independencia de Estados Unidos y, por supuesto, la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano de la Revolución Francesa. Nuevos regímenes políticos, que fundamentados en sendas declaraciones, suponían, para Kant, el inicio del fin de lo que él denominaba la minoría de edad de las sociedades y de los hombres en tanto que ciudadanos. Pero ¿qué entiende Kant por minoría de edad? Pues algo no muy deseable. Se encuentra en minoría de edad toda persona o sociedad incapaz de dirigirse a sí misma sin la dirección de otro. Teniendo en cuenta que ese otro puede ser la autoridad, la tradición, las costumbres, las creencias religiosas, los fanatismos e, incluso, las propias inclinaciones naturales, deseos materiales, y en ocasiones egoístas, que nos alejan de nuestra deseable autonomía racional.
Considera Kant que para alcanzar nuestra mayoría de edad, o capacidad de decidir por nuestro propio entendimiento sin la dirección de otro, el poder político debe favorecer la ilustración de los ciudadanos. La esfera política (y hoy deberíamos añadir, también, la mediática) tiene el deber moral de propiciar el pensamiento libre, el pensamiento racional y autónomo. Sapere Aude es el lema de la Ilustración.
En esta línea, en un famoso ensayo de la época, en respuesta a Zöllner, Kant reconocía vivir en una época de ilustración pero no en una época ilustrada. Entiende que la Ilustración es motor de la historia, sí, pero la meta, la sociedad ilustrada o Reino de los fines, está aún por llegar.
Pero, detengámonos un poco ¿Qué es eso del Reino de los fines? Comencemos por referirnos a dos de las formulaciones más conocidas de su imperativo categórico, que es entendido como un mandato interno de nuestra propia razón que nos conmina a hacer lo correcto. Estas son:
Obra siempre de tal manera que puedas querer que tu norma se convierta en ley universal. O lo que es igual, si buscas que tu acción sea moral, pregúntate si podrías querer que toda persona actuara igual en similares circunstancias. Las acciones que realizamos por deber moral son aquellas en las que obedecemos a ley moral en nuestra conciencia. Por eso las consideramos universalizables, porque consideramos que es lo que se debe hacer.
Obviamente, no todas nuestras acciones deben responder a un imperativo moral o categórico. Muchas de nuestras acciones se orientan a fines prácticos; por ejemplo, la actividad profesional o económica. Si soy un comerciante, no puedo querer que todos los demás adopten una de mis particulares estrategias de venta puesto que entonces pierdo la ventaja que pretendo en el mercado. Estas son acciones que responden a otros fines o imperativos hipotéticos. Ahora bien, y aquí entra el matiz, incluso estas acciones deben siempre estar en concordancia con el respeto que toda persona merece. Con ello, vamos a la siguiente formulación del imperativo categórico.
En cualquier tipo de conducta o situación: Obra de forma que trates a la humanidad, y a ti mismo, siempre como un fin y nunca sólo como un medio ¿Qué quiere esto decir? Podemos actuar por fines particulares o hipotéticos, podemos usar a los demás como un medio para un interés particular; cuando contrato a alguien para que me haga un trabajo, esa persona es un medio para un fin particular mío, pongamos por caso, un transporte; a su vez, en tanto que cliente, yo soy un medio para el transportista. Pero siempre y al mismo tiempo, cada persona es un fin en sí mismo y, por tanto, es objeto de respeto. Esto viene a significar que aunque, efectivamente, en las relaciones sociales de cualquier tipo nos servimos unos de otros, no podemos olvidar que siempre hemos de ser respetados como algo que la naturaleza distingue como un fin en sí mismo y no un mero medio o instrumento. Las personas no pueden ser cosificadas. No pueden ser reducidas a meros instrumentos para un interés ajeno.
Volviendo, pues, a la pregunta planteada más arriba ¿Qué es eso del Reino de los fines? ¿Por qué Kant la considera meta o ideal de la ilustración humana? El reino de los fines sería aquella comunidad ética, moral y justa en la que se realiza la libertad. Y, por ende, una comunidad jurídica en la que se administra el derecho de forma universal. Aquella sociedad en la que cualquiera de sus leyes, actuaciones e instituciones, respeta a todas las personas como lo que son, seres insustituibles y únicos que no pueden ser utilizados simplemente como medios. Una sociedad que limita todo abuso o capricho haciendo de ellas, de las personas, objeto de respeto.
Para Kant, si negamos esto, si no reconocemos el valor de las personas como fines, o lo que es igual, si no reconocemos su dignidad, no encontraremos ningún principio axiológico supremo en el que asentar nuestros principios jurídicos.
Todo es debatible por supuesto, pero no resulta difícil coincidir en muchos aspectos con Kant. La necesidad en una sociedad ilustrada y libre de una moral autónoma o el concepto de dignidad como fundamento del ordenamiento jurídico. En cualquier caso, parece deseable que cuidemos la ilustración de las sociedades y más en una época en la que, curiosamente, se nos informa mucho para desinformarnos más. Noticias falsas, rumores, creación de tendencias de opinión, algoritmos que te ciegan… todo con un objetivo, no razonemos demasiado, seamos fácilmente manipulables, menos libres, más sumisos. Y ¿para qué? Para servir, esta vez sí como medios, a otros fines mucho más subjetivos y espurios.
Sapere Aude.







