Respeto judicial / Tomás Hernández

“Váyase usted acostumbrando a callarse mientras yo hable”. Con esta gentileza recibió a Zapatero el presidente del tribunal que lo juzga. O “yo no soy una madre abadesa, soy un juez”, le advirtió al acusado minutos después. Y a propósito de la empresa de las hijas del encausado: “Veo que esta empresa hace años que debía estar en quiebra”. Un balbuceante Zapatero se atrevió a objetar que “eso es un juicio de valor, una apreciación de su señoría”, pero como su señoría estaba en el uso de la palabra, el atribulado reo calló. Aún tuvo tiempo su señoría para ponderar -¡en el juicio! – la buena relación calidad precio de una conocida marisquería de Madrid, detallando el nombre. ¿Esa actitud de prepotencia y altanería merece respeto? El respeto se gana, no lo confiere la ocupación o el cargo. “Respeto a la justicia”, “respeto a los jueces” se oye constantemente estos días de frenética actividad judicial. Pues no, el respeto a las leyes, a los jueces, no es un imperativo legal. Las leyes se acatan, se cumplen, se obedecen, pero ¿respeto? El mismo que cualquier persona con toga o sin ella.

Del juicio contra el Fiscal General del Estado, García Ortiz, el ex-magistrado Martín Pallín dijo “que nunca debió celebrarse”, calificó la sentencia como un “absurdo” y describió el juicio oral, que vimos en televisión, como “un espectáculo deprimente y teatral”. ¿Qué respetamos, la valentía del ex-magistrado o la actitud de parte del tribunal de aquel juicio con un comportamiento manifiestamente sesgado, parcial, a la hora de interrogar a los testigos. Que la sentencia condenatoria, resuelta en horas, se hiciera pública un 20-N tiene un agrio regusto a sarcasmo. Pero eso es una apreciación personal, un juicio de valor, como diría el desconcertado presidente Zapatero.

La palabra respeto proviene del latín respectare, que en su significado original significa “mirar hacia atrás”. El respeto es la consideración de una vida o una acción meritoria, no un privilegio que se gane en una oposición o que confiera la toga o el birrete.

Y para terminar con las tribulaciones judiciales de estos días, una historieta. Es un cuento de Kafka, En la colonia penitenciaria, creo. Un viajero llega a una bifurcación de caminos. Le pregunta a la primera persona que se encuentra qué dirección debe elegir. En un pueblo te maltratarán en cualquiera de las casas a las que llames. En el otro, unas veces te acogerán con afectuosa hospitalidad o te aporrearán la cabeza. Creo que el viajero eligió la primera opción. Nada peor que la arbitrariedad y la incertidumbre, sobre todo si hablamos de las leyes y de quienes las aplican.

Leo estos días un libro del historiador Laurence Rees, En la mente nazi. Hablaremos de él cuando lo acabe, pero las analogías con estos años veinte son de un parecido preocupante. La primera solución para el “problema judío” fue la de Himmler, deportar a los judíos a la isla de Madagascar. Nuestra civilizada Asamblea de Europa ha legalizado o va a hacerlo pronto, el mismo destierro. Un gueto sin esperanza, cuanto más lejos, mejor. Previene Laurence Rees de que si sustituimos el binomio judío/comunismo por el actual de emigrante/comunismo las semejanzas son perturbadoras.

Tomás Hernández

 

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