Hay tradiciones que se celebran y otras que se viven. San Juan pertenece a las segundas. En Almuñécar no es únicamente la noche más corta del año ni el inicio oficioso del verano; es una cita con la memoria colectiva, un ritual que convierte durante veinticuatro horas las playas sexitanas en el salón de una gran familia donde conviven los recuerdos de quienes ya no están con la ilusión de quienes la descubren por primera vez.
Por eso el Ayuntamiento de Almuñécar ha hecho público el Bando Municipal que regulará la celebración de San Juan 2026 con un objetivo claro: compatibilizar una tradición centenaria con la seguridad, la convivencia y el respeto por un litoral que durante esa noche se convierte en el auténtico protagonista.
El alcalde, Juan José Ruiz Joya, ha recordado que miles de vecinos y visitantes llenarán las playas de Almuñécar y La Herradura para compartir una de las celebraciones más multitudinarias del calendario local, motivo por el que se establecen unas normas destinadas a garantizar el disfrute de todos.
Así, los tradicionales sombrajos y toldos podrán instalarse a partir de las diez de la mañana del 23 de junio y deberán quedar completamente retirados antes de las diez de la noche del día 24. Queda prohibida la instalación de discotecas móviles, equipos de música, generadores eléctricos o cualquier actividad comercial no autorizada, buscando que la fiesta conserve ese carácter popular y familiar que siempre la ha distinguido.
También se recuerda la prohibición de venta de bebidas alcohólicas a partir de las 22:00 horas en aquellos establecimientos donde no esté permitido su consumo y se hace un llamamiento a utilizar utensilios reutilizables y a recoger todos los enseres al finalizar la jornada para que las playas amanezcan limpias.
Porque San Juan siempre ha sido mucho más que una noche de hogueras.
Es el bollo de San Juan con el huevo engastado bajo su característica cruceta esperando el desayuno o la merienda. Son las brevas compartidas bajo un toldo improvisado, las moragas de sardinas, los guisos de choto o pulpo que durante décadas salían de las cocinas familiares antes de que la barbacoa conquistara la arena. Es el olor a salitre mezclado con el humo de la leña y ese baño de medianoche que muchos siguen realizando convencidos de que el agua limpia el cuerpo y el fuego purifica el alma.
Desde tiempos remotos, el calendario popular sexitano marcaba el inicio del verano con San Juan y lo despedía el 15 de agosto, festividad de la Virgen de la Asunción. Entre ambas fechas transcurría la canícula, el tiempo de la playa, de las noches largas y de una ciudad que miraba más que nunca al Mediterráneo.
Todavía hoy hay familias que llegan a primera hora de la mañana para levantar su sombrajo y no abandonan la arena hasta el día siguiente. Las ascuas de la hoguera sobreviven al amanecer, se avivan con los primeros rayos de sol y acompañan conversaciones interminables mientras los niños juegan entre el agua y la arena y los mayores repiten historias que llevan décadas contándose.
Pero San Juan también tiene un lado íntimo, casi secreto. Es la noche de la catarsis, del fuego que consume lo viejo para dejar espacio a lo nuevo. Una noche en la que el mar devuelve plateada la luz de la luna y donde cada generación ha escondido su primer beso, su primer amor o esa conversación que el tiempo convirtió en recuerdo.
Dicen algunos escritores que la felicidad no deja cicatrices. Quizá nunca pasaron una noche de San Juan en Almuñécar. Porque sí las deja: tienen el color de la nostalgia, el aroma de una hoguera apagándose lentamente y el sabor salado de un beso robado junto al mar mientras el fuego crepita a pocos metros.
Cada uno guarda su propio San Juan. El de los años setenta, el de los ochenta, el de la adolescencia o el de la infancia. Todos permanecen ardiendo en algún rincón de la memoria, alimentados por la misma leña invisible que cada 23 de junio vuelve a prender sobre la arena.
Y cuando al caer la tarde del día 24 llega el momento de recoger toldos, mesas y sillas, cuando cada mochuelo regresa a su olivo y las máquinas de limpieza comienzan su trabajo, Almuñécar vuelve poco a poco a la normalidad. Quedan las playas limpias, el olor tenue de la ceniza y la certeza de que, dentro de un año, el fuego volverá a convocar a un pueblo entero para recordar que hay tradiciones que no se celebran: simplemente se llevan dentro.







