Siderodromofobia: cuando el miedo a subir a un tren viaja más allá del accidente

La sucesión de tragedias ferroviarias en España puede deteriorar la confianza de los viajeros y alimentar el temor a utilizar el tren. La psicología explica cómo las imágenes, la percepción del peligro y la pérdida de seguridad pueden convertir una inquietud razonable en una respuesta de ansiedad.

Hay accidentes que terminan cuando se retiran los restos de los vagones, concluyen las tareas de rescate y se restablece la circulación. Pero sus consecuencias no siempre desaparecen con ellos. Algunas permanecen en la memoria colectiva y se manifiestan de una manera menos visible: el miedo a volver a utilizar el mismo medio de transporte.

Eso es lo que puede estar ocurriendo con el ferrocarril en España después de los graves accidentes de Adamuz y Urda. Dos tragedias separadas por varios meses que han vuelto a situar la seguridad ferroviaria en el centro de la preocupación pública y que pueden dejar una huella que va más allá de las víctimas directas y sus familias.

Existe un término para identificar el miedo intenso a viajar en tren: siderodromofobia. Aunque no toda inquietud después de un accidente constituye una fobia, la sucesión de noticias sobre siniestros ferroviarios puede favorecer la aparición o intensificación de este temor.

Cuando el tren deja de ser sinónimo de seguridad

Durante décadas, el ferrocarril ha representado para buena parte de la población una forma de transporte segura, moderna y fiable. Subirse a un tren implicaba depositar la confianza en una compleja maquinaria de infraestructuras, tecnología, señalización y profesionales que debía funcionar de manera coordinada.

Pero cuando esa confianza se rompe, el viajero empieza a mirar de otra manera aquello que antes consideraba rutinario.

El ruido de las ruedas, la velocidad, los cambios de vía, las señales o incluso una parada inesperada pueden convertirse en motivos de inquietud. Lo que antes formaba parte de un trayecto cotidiano comienza a interpretarse como una posible señal de peligro.

No es necesario haber sufrido un accidente para experimentar esa sensación. Basta con identificarse con las víctimas, imaginar que podríamos haber ocupado uno de aquellos asientos o pensar que nuestros familiares realizan habitualmente ese mismo recorrido.

El efecto psicológico de las tragedias repetidas

La psicología explica parte de este fenómeno mediante el denominado efecto de disponibilidad. Nuestro cerebro tiende a considerar más probable aquello que recuerda con mayor facilidad. Cuando las imágenes de un accidente se repiten en televisión, internet y redes sociales, la posibilidad de sufrir un siniestro puede adquirir una presencia desproporcionada en nuestra percepción del riesgo.

A ello se suma el aprendizaje vicario: podemos desarrollar miedo observando la experiencia traumática de otras personas, aunque no hayamos estado presentes en el acontecimiento.

La reiteración de imágenes de vagones destrozados, testimonios de supervivientes, operaciones de rescate y reconstrucciones de los hechos puede alimentar esa sensación de amenaza.

En este contexto, la sucesión de Adamuz y Urda tiene una particularidad: no se perciben necesariamente como dos episodios aislados, sino como acontecimientos que pueden cuestionar la fiabilidad del sistema ferroviario en su conjunto.

De la preocupación a evitar los trenes

Sentir inseguridad después de una tragedia es una reacción humana comprensible. El problema aparece cuando el temor empieza a condicionar las decisiones cotidianas.

Algunas personas pueden comenzar a evitar determinados trayectos, buscar alternativas por carretera, experimentar ansiedad antes de comprar un billete o necesitar constantes garantías de que el tren en el que van a viajar es seguro.

En los casos más intensos pueden aparecer palpitaciones, sudoración, sensación de ahogo, pensamientos catastróficos o ataques de pánico ante la perspectiva de subir a un tren.

No todas estas reacciones significan que exista una siderodromofobia. Para hablar de una fobia específica es necesario valorar la persistencia, intensidad y repercusión del miedo en la vida de la persona.

La exposición gradual y la terapia cognitivo-conductual pueden ayudar a quienes desarrollan este problema, siempre con un abordaje adaptado a cada caso.

La información también puede alimentar el miedo

Hay una paradoja en la manera en que consumimos las noticias sobre grandes tragedias. Queremos conocer todos los detalles para comprender qué ha sucedido y, al mismo tiempo, esa búsqueda constante puede aumentar nuestra ansiedad.

Seguir cada nueva hipótesis, escuchar repetidamente los audios de las comunicaciones, contemplar una y otra vez las imágenes del accidente o anticipar posibles escenarios puede generar una exposición emocional continuada.

Informar es necesario. Investigar las causas, exigir responsabilidades y explicar las medidas de seguridad resulta imprescindible. Pero también conviene distinguir entre estar informado y permanecer atrapado en la reproducción permanente de una tragedia.

Recuperar la confianza, una tarea que va más allá de las vías

El ferrocarril necesita algo más que reparar infraestructuras, revisar protocolos o mejorar los sistemas de señalización. Necesita recuperar la confianza de quienes lo utilizan.

Y esa confianza no se reconstruye únicamente con declaraciones institucionales ni con promesas de mayor seguridad. Requiere investigaciones transparentes, explicaciones contrastadas, responsabilidades cuando correspondan y medidas preventivas verificables.

La ciudadanía necesita saber qué ha ocurrido, por qué ha ocurrido y qué se está haciendo para evitar que vuelva a suceder.

Porque un accidente ferroviario deja víctimas, familias destrozadas, daños materiales y consecuencias económicas. Pero también puede dejar algo menos visible: una sociedad que empieza a desconfiar de un medio de transporte que hasta entonces consideraba seguro y sobre todo una desconfianza hacia quienes están al frente de la política nacional y sus dirigentes.

 

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