La revista de Almuñécar y la Costa Tropical

Soberanía popular / Tomás Hernández

 

El término soberanía popular siempre me resultó algo contradictorio. Soberanía viene de soberano y este de “super”, superior, de donde procede también la palabra soberbia. Me ocurrió lo mismo cuando hace años se acuñó la fórmula “memoria histórica”. Pensé, eso es una tautología. Toda memoria es necesariamente histórica, remite a un pasado, personal o general, pero irremediablemente histórico. Ahora la llaman “memoria democrática”, no sé por qué razón. O quizá sí, porque no se atrevieron a llamar a esa ley o decreto o lo que quiera que fuere, por un nombre más ajustado, como, por ejemplo, ley de justicia y reparación. Porque no se trata de un afán de revancha justiciera, Se trata de por qué a los ajusticiados por un bando se les reconoce como víctimas, incluso como caídos por la Patria, como se lee, todavía, en fachadas de iglesias y edificios públicos, y a los descendientes de las víctimas del otro bando, el perdedor, se les opone una muralla de impedimentos judiciales y burocráticos para recuperar, siquiera, los huesos de sus muertos. No hablo ya de su honor y de su dignidad ultrajados.

Viene esto a cuento de que esta mañana, mientras me afeitaba, oía en la radio la bochornosa sesión, otra más, en el Congreso. Alguien recordó que allí residía la soberanía popular. Y entonces pensé que el pueblo, si es que existe, salvo como concepto clasificatorio, pudiera tener ansia alguna de soberanía. Por eso, esta mañana, cuando oía los insultos vociferados por los soberanos del pueblo, los aplausos de la claque y la reciente modalidad de las aclamaciones de una bancada y los abucheos de la contraria, pensé, afortunadamente no me representan. Así que no debo ser ni soberanía alguna ni popular. Creo que si el pueblo existe, además de como concepto, eso es lo que le gustaría ser; ni soberano ni siervo. Sólo anónimo y discreto. Iba a escribir la palabra libre, pero me corté después de escuchar lo que esa palabra está empezando a significar.

En uno de sus libros, Giovanni Sartori habla del origen y las causas del nacimiento de los partidos políticos. No recuerdo en cual de sus libros, pero sí que fue en el segundo que leí después de la lectura de su magnífico “Homo videns”. Dice Sartori que los partidos surgieron como una herramienta política, no necesariamente popular, contra la opresión de los caciques y los gremios.

Esos partidos, por ser libremente elegidos, pensaron que representaban la voluntad del pueblo. Y es cierto. Representaban la voluntad de elección, pero elegir (ex-legere, “seleccionar entre lo conocido”) es optar por una opción posible, pero optar, votar en una urna, no es necesariamente identificación, en todo caso puede ser una afinidad ideológica.

Muchas personas, muchos amigos con los que hablo de estas cosas, no votan nunca. No me representan, me dicen. A mí tampoco me representaban esta mañana; es más, me abochornaban. Pero los voto y seguiré votando. Pero que no se equivoquen. Representan, cada vez más a una exigua soberanía popular, si damos por válida esa contradicción. Que no es equivoquen, pese a su ejemplo, las personas, los votantes, intentamos solucionar nuestras diferencias de pareceres sin insultos ni descalificaciones, sin necesidad de aplausos ni abucheos. Exponemos nuestras formas de pensar y elegimos con que personas compartir nuestras vidas.

Tomás Hernández

 

 

 

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