Sobre la verdad y otras mentiras / José María Sánchez Romera

En la historia de la humanidad el conflicto jamás ha estado ausente. En la actualidad, preocupados por la atosigante incertidumbre que causan las guerras, estén más o menos extendidas, volvemos la mirada al pasado creyendo encontrar allí que hubo un momento óptimo en el que la historia discurría imperturbable o había mecanismos de estabilización inmediata para cualquier oscilación. El mundo del hombre nunca ha parado de desmoronarse a la vez que se reconstruía, la estabilidad y las certezas de un equilibrio social o geopolítico perfecto bajo la cúpula protectora del derecho no es más que una confesión de impotencia ante el presente, transmutada en nostalgia de lo que nunca fue. Se elude la responsabilidad de los hechos que demandan actuar invocando fantasmas del pasado como paradigmas de un futuro perfecto recreando una falsa historia. En esa tesitura se encuentra Europa y, por supuesto, España que en estos días como si fuera un libro de bolsillo ha editado una versión de uno esos mitos que crea la imaginación (ni siquiera la memoria) a la que se ha llamado “Comisión de la Verdad”.

Cualquier pretensión de fijar una verdad propiciada desde el poder se convierte necesariamente en una verdad sospechosa por la propia naturaleza de quien pone tanto empeño en establecerla. Si ya es complicado establecer lo que es verdad en cualquier ámbito, incluido el científico, respecto del que tanto ignorante lo asimila a un saber inmutable, no digamos llegar a ella en un contexto histórico de guerra donde verdad y mentira se confunden como un elemento más del conflicto. Por ello, si atendemos a la singularidad de la actual situación política española la sospecha se convierte en certeza y que no quepa atribuir al este movimiento gubernamental intenciones propagandísticas para la activación de partidarios potenciales que puedan estar desmovilizados. Si lo que se buscara realmente es establecer certezas históricas, algo que hacen desde hace siglos quienes estudian la historia, esa comisión estaría formada por personas independientes, con diversidad de opiniones y prestigiosas en ese campo. Poner al frente de la misma al Sr. Garzón, que no es historiador siquiera sea por dedicación, fulmina de entrada las dudas sobre lo que vaya a salir de ahí, de tal modo que las expectativas no pueden ser otras distintas de las que ya trae de casa quien encabeza el proyecto. Lo más probable es que de aquí a las elecciones los “hallazgos” de los comisionados se irán filtrando cuando convenga crear marcos de debate alternativos con la finalidad de oscurecer otros que sean menos convenientes para el poder. Tampoco es difícil imaginar que las cifras de víctimas, como aquellas de los niños robados, serán sometidas a un proceso inflacionario sin límites, eso sí, respecto de una sola de las partes, sin que haga falta decir cuál va a ser. El pasado convertido en combustible del presente. En definitiva, todos los contenidos temáticos de la Comisión llevan el sello ideológico de sus promotores y su aspiración de que estos trabajos actúen como garantes de que los hechos investigados no volverán a ocurrir, lo mejor que puede opinarse es que se trata de una ingenuidad, porque si no lo es, apunta a algo mucho peor y muy alejado del fortalecimiento de los valores democráticos.

Lo anterior nos lleva a cuestionarnos si existió alguna vez eso llamado, con excesiva grandilocuencia a la vista de lo ocurrido, “el espíritu de la transición”, cuya materialización era entendida como la reconciliación nacional de todos los españoles. Tanta tiempo e insistencia en seguir removiendo los rescoldos del pasado con la finalidad de dejar una foto-fija de nuestra etapa preconstitucional dividiendo en bandos ideológicos (bueno y malos) a los españoles es la prueba de que una de las partes no creía en eso. Más bien parece que, al modo de los nacionalistas, se han ido ocupando una tras otra las todas las esferas desde las que no exista más que una versión dominante de nuestra historia reciente. Examinados los hechos en perspectiva aquella expresión conciliatoria fue la idealización de la voluntad de una de las partes que creyó sinceramente en que podía cerrarse aquella cesura en la hermandad ciudadana y recuperar para siempre su vigencia desde el pragmatismo que da pasar por un momento traumático. Seguramente todo cambio de régimen, la evolución de un sistema político a otro, necesita de sus propios mitos fundacionales y el “espíritu de la transición” quiso actuar como la expresión simbólica de una época. Al modo de Wittgenstein en el “Tractatus…”, una vez que habíamos entendido nuestros errores, había que “tirar la escalera” que nos permitió llegar a esa convicción para no volver a repetirlos. Eso no ha sido así como se ha podido comprobar definitivamente.

Porque en realidad desde el principio no faltaron expresiones que en modo alguno estaban en línea con ese “espíritu de la transición” o, si se quiere otra frase de ese mismo orden de ideas, la “Constitución de la concordia”. Sólo había que leer y ver los contenidos que salían de la academia, la literatura y muy especial en la producción cinematográfica, incentivada por subvenciones que, pagadas por todos, exalta a una de las partes, para comprender el excesivo optimismo que algunos albergaron sobre la capacidad unificadora de ese espíritu. Todo ese campo quedó –se dejó- en propiedad de la izquierda y de tal exclusividad no salió ninguna autocrítica ni afán, sino un férreo mantenimiento de las posiciones ideológicas como explicación de la historia hasta el punto de ignorarse lo que los protagonistas de la época reconocieron como errores graves de las izquierdas en la República. La historia puede manipularse desde muchos ámbitos, pero eso no hará que cambien los hechos. Así pues, cuanto salga de ese artefacto burocrático será redundante con lo que en otros ámbitos ya se ha establecido como verdad, en la práctica, oficial.

N.B. Establecer como parte de nuestra leyenda negra que somos el único país donde se trafica con la historia sería injusto. La tergiversación del pasado, poniendo como ejemplo el cine, es una de las prácticas más habituales y cuenta con cineastas convertidos en auténticos especialistas. Ken Loach, Oliver Stone o Costa Gavras, por citar algunos, ven pocos obstáculos, no sabemos si éticos o comerciales, en hacer de sus películas instrumentos de activismo ideológico de izquierdas, con financiación, eso sí, privada. Hay que tener mucho arrojo para presentar la lucha de los irlandeses por su independencia como el subproducto de una revolución socialista (Loach, “El viento que agita la cebada”) o sugerir sin nada que lo avale que Nixon estuvo en cierta manera involucrado en el asesinato de Kennedy (Stone, “Nixon”).

José maría Sánchez Romera

 

José María Sánchez Romera

 

 

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