Tema de tertulia / De la promesa al desencanto: como las grandes ofertas electorales alimentan el fracaso de la política

El próximo año anuncia elecciones generalizadas en todo el territorio español. A las ya anunciadas en Andalucía, Extremadura o Valencia sigue la incógnita sobre si el actual Gobierno de la nación, con toda la problemática que lo acosa tanto judicial como de la fragmentación de los grupos que le apoyan su legislatura podrá seguir su mandato hasta 2027, a pesar de que el presidente Sánchez así lo reitera en cada una de sus intervenciones.

Hasta ahora, en cada campaña electoral, los partidos políticos en España despliegan una maquinaria perfectamente engrasada para seducir al votante indeciso. Promesas de regeneración democrática, bajadas de impuestos, mejoras en sanidad, vivienda o educación… Todo parece posible durante las semanas previas a las urnas. Sin embargo, cuando el voto ya está depositado y las promesas comienzan a enfrentarse a la realidad, el espejismo se desvanece. Y con él, una parte más de la confianza ciudadana en la política.

El fracaso de la política, entendido como la incapacidad del sistema para responder a las expectativas que él mismo genera, no surge de la nada. En buena medida, se alimenta de una dinámica electoral basada en la hipérbole, en la que cada partido se ve obligado a prometer más que el anterior para captar la atención de un electorado cansado, fragmentado y desconfiado. En ese juego de expectativas imposibles, la distancia entre el discurso y la acción se ensancha, dejando tras de sí un poso de frustración que termina por dañar la credibilidad de todo el sistema.

El arte de prometer sin límites

Desde la irrupción de los nuevos partidos en 2015, el tablero político español se volvió más competitivo que nunca. La fragmentación obligó a todos los actores —desde el PSOE y el PP hasta Podemos, Ciudadanos o Vox— a afinar su discurso y buscar nichos electorales específicos. En ese contexto, las promesas grandilocuentes se convirtieron en el principal reclamo para ganar votos.

Se prometieron rebajas fiscales “históricas” sin detallar su impacto presupuestario; se anunciaron subidas salariales, leyes de vivienda o reformas laborales que difícilmente podrían aplicarse sin mayorías sólidas. Las redes sociales amplificaron ese juego de seducción, transformando los programas electorales en un escaparate de titulares diseñados al milímetro para emocionar más que para convencer racionalmente. Pero la realidad institucional española —con gobiernos de coalición, vetos cruzados y minorías parlamentarias— hace casi imposible cumplir buena parte de esos compromisos. Así, la campaña se convierte en un espacio de ficción política: los ciudadanos votan por un proyecto que rara vez llega a materializarse.

Del voto a la decepción

Los datos son elocuentes. Según el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), más del 80% de los españoles considera que los partidos “no cumplen sus promesas electorales”. Y el Latinobarómetro sitúa a España entre los países europeos con mayor desconfianza hacia la clase política. La consecuencia directa de esta brecha entre promesa y acción es el creciente desencanto cívico: aumento de la abstención, volatilidad del voto y auge de los discursos antisistema.

En la última década, España ha vivido una sucesión de “ilusiones frustradas”: la promesa del “cambio” en 2015, la “nueva política” que prometía acabar con la vieja, o la “recuperación social” tras la pandemia. Cada ciclo electoral renueva la esperanza, pero también profundiza la sensación de que, gobierne quien gobierne, poco cambia. El ciudadano medio percibe que la política se ha vuelto un espectáculo de promesas incumplidas y confrontación permanente.

Una comunicación política basada en el corto plazo

Buena parte del problema reside en la lógica mediática y electoral que domina hoy la política española. Los partidos compiten en un entorno saturado de mensajes, donde lo urgente prima sobre lo importante. Los asesores buscan el titular viral, el gesto que capte atención inmediata, aunque ello implique sacrificar la coherencia o la viabilidad de las propuestas.

En este contexto, la promesa electoral funciona como un producto de consumo rápido: se lanza, se difunde, se olvida. Rara vez se evalúa su cumplimiento, y cuando se hace, el debate queda diluido en la polarización. La rendición de cuentas —uno de los pilares de la democracia representativa— queda relegada a un segundo plano, eclipsada por el ruido mediático y la estrategia partidista.

El coste democrático del desencanto

El problema no es solo ético, sino estructural. Cuando la ciudadanía deja de creer en la palabra de sus representantes, se erosiona la legitimidad del sistema democrático. La desafección política alimenta el abstencionismo y, en los casos más extremos, la tentación populista: el voto de castigo contra “los de siempre” o la adhesión a líderes que prometen soluciones simples a problemas complejos.

España no es una excepción. En todo Occidente, la brecha entre expectativas y resultados ha abierto espacio a la polarización y al cinismo político. Pero en el caso español, el desgaste es especialmente profundo, tras años de crisis económicas, institucionales y territoriales que han dejado una huella de escepticismo difícil de revertir.

 

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