Un crimen por la Sanidad / José María Sánchez Romera

Casi siempre que se habla de especular el término queda inmediatamente asociado a la actividad económica y de forma más precisa con la búsqueda de un enriquecimiento que en su versión más extendida es sinónimo del logro escasamente moral de beneficios materiales. Y sin embargo todo el mundo especula, los filósofos con sus divagaciones, los políticos con sus medidas o el impacto de sus palabras, los científicos cuando tratan de descubrir algo, especulamos con las expresiones que utilizamos para lograr una posición social favorable…, incluso especulamos con la hora que nos será más conveniente para realizar alguna actividad. En la medida en que ese continuo de prueba-error nos va dando unos resultados u otros tendemos a repetir las acciones que más nos benefician. En definitiva, el ser humano siempre está tratando de descubrir eso que ahora se denomina una “ventana de oportunidad” que nos ponga en una posición de ventaja en las distintas facetas de nuestra vida. Y sin embargo tan sólo la actividad económica arrastra esa carga negativa asociada al término especular de cuyos resultados se excluyen por supuesto, de otro modo la teoría se derrumba, los millones de fracasos que el riesgo de conjeturar sobre la obtención futura de una ganancia entraña.

A lo anterior se añaden otras ocultaciones como el trabajo, los sacrificios y las renuncias que la mayor parte de las veces exige alcanzar un cierto estatus de bienestar, la postergación de muchas comodidades del presente para acumularlas en un futuro, que por otra parte no se sabe si llegará. La riqueza siempre ha estado en el punto de mira de lo que Paul Ricouer denominó filosofías de la sospecha y que en el caso de la propiedad y la riqueza tienen encarnizados enemigos desde muy antiguo a pesar de los recurrentes fracasos que han cosechado las alternativas a los principios de la libertad económica y la supresión de las otras libertades que, abolida la primera, lleva invariablemente asociada.

Ese marco mental denodadamente creado a lo largo de los siglos por las diferentes culturas y civilizaciones explica que el asesinato a sangre fría del directivo de una compañía de seguros de salud de los USA haya encontrado tantos entusiastas partidarios anónimos en las redes sociales y también en muchos referentes políticos y sociales del wokismo escudados en el “está mal…”, seguido de la adversativa “pero…”, ese tipo tan conocido de justicia que se imparte por medio del crimen de inspiración “social”. Una de las cosas más llamativas es que en este caso no se ha suscitado el habitual debate sobre la libertad de portar armas en los Estados Unidos, sencillamente porque este asesinato sirve a otro discurso que no puede quedar en segundo plano. Respecto de los seguros de salud privados en Norteamérica se cuentan muchas mentiras, como en general respecto de cualquier actividad que genere ganancia, empezando por su antítesis, la sanidad pública, y su pregonada gratuidad. La idea de una sanidad pública gratuita es más que especulativa porque sostiene que es el poder quien garantiza las prestaciones y no quienes pagan impuestos. El Estado por sí mismo no puede proporcionar la sanidad si no es costeada por los particulares y lo cierto es que cuantos más recursos genere el sector privado mejores medios podrán ponerse a disposición del conjunto. Limitando la capacidad de producir mediante tributos y regulaciones lo único que se consigue es expandir la pobreza. Es más, hay quien la paga doblemente si tiene un seguro privado porque el Estado no le compensa el ahorro que le produce el no uso de la sanidad pública. La sanidad pública universal nunca dice que no, tan solo te pone en una cola y dice que con eso ya te protege.

La sanidad es a día de hoy un servicio muy costoso por los medios humanos y materiales que se necesitan para dar una cobertura satisfactoria. En el caso de los USA no son las compañías aseguradoras el problema más grave para los usuarios del sistema. Lo cierto es que sus márgenes de beneficio se sitúan en un promedio del 4%, menos de la mitad que otras compañías que cotizan en el S&P 500. Los costes son altísimos y la mayor parte tienen como destinatarios al personal sanitario, los laboratorios, hospitales, etc. Naturalmente la rentabilidad en términos ideológicos es poner el foco en un único objetivo, las compañías en este caso, que son las que cobran las primas de seguro, y a partir de ahí construir todo el discurso demagógico con el que al final se quiere ahogar la libertad de empresa, verdadero objetivo del social-populismo que tanto predicamento tiene en tantos medios de comunicación con su propuesta sensacionalista de falsa lucha contra la injusticia compatible, aquí sí, con el mismo lucro que condena. Por supuesto, oímos hablar de las denegaciones de cobertura, no de los fraudes que sufren los seguros ni de los costes que representa prestar la asistencia contratada, tampoco de las exigencias crecientes de los distintos proveedores necesarios para cumplir las obligaciones contraídas con los asegurados. La filosofía de la sospecha nunca hará semejantes concesiones a la verdad del problema siguiendo la recomendación de Rousseau: “Comencemos, pues, por descartar todos los hechos, pues no conciernen al problema”.

Porque este debate está tan viciado de prejuicios ideológicos, esa falsa huida de las incertidumbres existenciales, como otros muchos, el más actual de todos el de la vivienda, donde de repente y ante la escasez creada por la incuria administrativa y política, la propiedad inmobiliaria es algo mal habido y por tanto debe quedar fuera del mercado a disposición de los políticos. Y siguiendo la misma filosofía, tendrían que socializarse el alimento, la ropa, el calzado y así sucesivamente hasta no tener nada, convertido todo en vital al generalizarse la pobreza, nada podrá ser objeto de comercio. De esa forma volveremos a la tribu o a la reinstauración del rancio comunismo, que no es otra cosa que la abolición del comercio legal, suplantado naturalmente por el auge del mercado negro (que controlarán los enemigos del comercio lícito). El coste cero de las cosas es una formidable mentira, salvo cuando se roba a su propietario, todo tiene un valor, y cuando se prescinde de esta verdad, agotadas las fuentes para el saqueo, lo que se viene es la miseria.

 

También podría gustarte