Un palacio en el monte pelado / Tomás Hernández

A Xaro y Tomás Llopis

La reina Isabel la Católica llamaba “los dos bellos pecados de mi Cardenal” a los dos primeros hijos del cardenal Mendoza. El mayor de ellos, Rodrigo, “dejaría memoria de sí”, como dicen los clásicos, con la construcción de un fastuoso palacio renacentista entre los maizales y los huertos de la Calahorra, en Granada. También en Valencia hay memoria de él por su sepultura en una iglesia templaria, sede de la Capitanía General ahora. Allí se le recuerda por su intervención en las luchas de la Germanía.

Y me vienen al recuerdo hoy mi querida Xaro y Tomás, porque mi tocayo publicó en 2022 una interesante y bien documentada novela (Indomit) sobre don Rodrigo Díaz de Vivar y Mendoza, hijo del cardenal y nieto del Marqués de Santillana, y protohumanista en Castilla. En alguna ocasión he hablado del origen de esa novela. Un conversación de noche y whisky con Tomás en su hospitalaria casa de Pego, Alicante.

Toda mi familia procede del pequeño pueblo de Lanteira, en la ladera norte de Sierra Nevada, a unos pocos kilómetros de La Calahorra. Aunque todos los años íbamos a las fiestas del pueblo, nunca nadie me había hablado del castillo de La Calahorra hasta el día en que vi la mole palaciega en el monte pelado desde las llanuras del pueblo minero de Alquife. Años después lo visitaría varias veces, siempre de la mano del sabio y generoso Antonino Tribaldos. El conocimiento y la familiaridad de Antonino con el viejo caserón se nos reveló en una de esas visitas cuando al pasar por un puerta cerrada, dijo: “En ese cuarto nací yo”. Nadie sabía más del palacio que Antonino, que guardaba los pocos libros escritos sobre el monumento en una caja cerrada con candado y cubierta de tela metálica. La última vez que subí a la colina fue en el desvencijado coche de Antonino, pocos meses antes de su muerte. No volveré allí sin él, porque Antonino lo mismo te señalaba los límites del aljibe bajo el patio por el retumbar de los pasos, que comentaba la inscripción latina de algún medallón, erróneamente interpretada por algún estudioso (sic).

Y escribo esta mañana sobre el castillo de La Calahorra, porque leo que la casa ha pasado de “la familia”, como decía Antonino al referirse a los Mendoza, a la propiedad de la Diputación de Granada, gestión necesaria y que celebramos. Es su intención manifiesta rescatar del olvido, “poner en valor” dicen los periódicos, la peculiaridad arquitectónica y el valor histórico de una obra tan singular. Los mármoles fueron traídos desde Italia, embarcados en Génova hasta el puerto de Almería, y llevados en carros hasta La Calahorra.

El marqués, de vida novelesca, -llegó a raptar a su segunda mujer de las tapias de un convento-, disfrutó poco del lujo renacentista de su palacio. Que quienes ahora lo visiten, admiren su belleza y dejen una plegaria de gratitud a la memoria de Antonino, que tantas veces abrió las puertas del palacio a los viajeros y curiosos.

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