La revista de Almuñécar y la Costa Tropical

Una hora y media con Ratzinger / José María Sánchez Romera

 

Carpeta J. Celorrio

Es el tiempo que se emplea aproximadamente en leer las reflexiones del Papa, más que un artículo menos que un ensayo, en “Verdad y libertad” (1.999). Joseph Ratzinger exalta en su obra la importancia de la libertad como “un valor básico y el derecho humano fundamental” y alerta sobre el concepto de verdad, un término utilizado en muchas ocasiones para suprimir la libertad. A partir de ahí se pregunta qué son realmente una cosa y otra, señalando que lo que intuitivamente puede concebirse sobre cada una de ellas conduce al error. La libertad como sinónimo de llevar a cabo nuestra voluntad sin la guía de la razón no es libertad y en ello va implícita la interrogante sobre la verdad, es decir comprender lo que realmente somos y no elaborar doctrinas basadas en un “hombre nuevo” inexistente como justificación de mitologías sobre un mundo futuro perfecto.

El Papa no acude a los circunloquios ni los sobreentendidos en sus razonamientos y afronta de forma directísima los problemas filosóficos e ideológicos que han condicionado el devenir del mundo contemporáneo. Habla el filósofo no el teólogo. Se refiere al marxismo como la gran fuerza que se presentaba como introductora de un nuevo mundo (para eso se requería un hombre nuevo inexistente, lo que explica en gran medida su debacle) para la liberación humana. Y certifica su fracaso político, pero no intelectual, porque su cínica destrucción del hombre y del medio ambiente “se ha aquietado con cierta vergüenza”. Al capitalismo, reconociendo el gran avance que ha supuesto, le reprocha no haber estado a la altura de lo esperado en lo que puede haber cierta contradicción con su postrera afirmación en torno a la imposibilidad de un estado absolutamente ideal de cosas en la historia humana. El liberalismo no trata de cambiar la naturaleza humana solo entenderla para orientarla, sus pretensiones son bastante más modestas. “El hombre siempre está en camino y es siempre finito” dice el Papa. Es la constante evolución frente al método revolucionario de los resultados imprevisibles, el mito de la liberación futura hecha sobre la destrucción del presente. En todo caso hay cierta tendencia a confundir el individualismo como doctrina basada en la libertad personal y su respeto con ese egoísmo primario del que se desentiende de los demás.

Marina Playa

Pese a lo anterior el Pontífice destaca la superioridad moral del sistema liberal en la política y en la economía, aunque, añade “ello no es motivo de entusiasmo”. Ratzinger critica el desempleo y la relegación de la persona como idea necesaria, su conversión en elemento superfluo que lo atormenta en la misma medida que la pobreza material. Ello se puede deberse también, como en otra parte del texto expone, a la actual preponderancia, también en las sociedades libres, de lo comunitario sobre el individuo, una de las características de la cosmovisión marxista. Sí cabe añadir de paso a esa crítica del Papa, que el liberalismo en las actuales circunstancias debe revisar algunos de sus elementos de justificación y muy especialmente la fuerza del comercio como garantía de la armonía internacional. Aquello de Bastiat “donde entra el comercio no entran las balas”, ha quedado más que en entredicho en las circunstancias presentes con una Rusia muy dependiente de sus intercambios económicos con Occidente que no ha sido óbice para que inicie una guerra. Aunque también cabe cuestionarse si en caso de no existir tales dependencias no estaríamos ya en la Tercera Guerra Mundial. De todas formas esto va a traer sin ninguna duda un proceso de “autarquización” de las economías, limitando sus dependencias con el exterior.

En la obra del Papa se cita expresamente a Kant como representación del necesario atreverse a pensar por uno mismo, liberarse de los “lazos de autoridad” y someterlo todo a examen crítico “con los ojos de la razón”. En el escrito subyace en última instancia la idea kantiana de que el hombre nunca puede ser medio de nada sino el fin de todo. Se advierten igualmente ecos, y algo más, del pensador liberal Friedrich Hayek salidos de su libro “La fatal arrogancia”. Ratzinger apela a la escucha de la razón en cuanto al valor de la tradición religiosa, de la misma forma que Hayek, pese a su agnosticismo, en su obra resalta “la prematura pérdida de lo que calificamos de creencias no constatables habría privado a la humanidad de un poderoso apoyo en el largo proceso del desarrollo del orden extenso del que actualmente disfrutamos…” y resalta que la visión religiosa respecto de procesos que nos resultan incomprensibles es mucho más acertada que la ilusión racionalista según la cual el hombre inventó la moral mediante su inteligencia.

Quizá una de las afirmaciones más relevantes del texto papal, y no son pocas, es la que señala que “…los intelectuales son ciegos en relación con sus propias construcciones intelectuales y por este motivo podían abjurar de todo realismo y seguir luchando por un sistema incapaz de honrar sus promesas”. Esta denuncia es particularmente destacable en nuestro tiempo y podrá impugnarse de forma genérica lo que dice, pero no el razonamiento. Ese permanente escalofrío “socialdemócrata”, conforme a su sedicente versión actual, trata de condicionar nuestra existencia poblándola de hechos por ocurrir y evidencias que solo ven quienes las proclaman. En la conversación pública se van instalando artificiosos ambientes que tratan de instaurar un estado de alarma en el que peligros más o menos difusos tratan de dirigir y condicionar la conciencia social. Una forma de colectivización moral que, contradictoriamente a su declarada inspiración colectivista, se forma a partir de decisiones individuales adoptadas por unos pretorianos del pensamiento que deciden lo que es admisible rechazando toda refutación y que otorgan “valor absoluto a bienes relativos” (Ratzinger). Verdades así establecidas que, como dice el Papa, no liberan sino engañan y esclavizan.

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