
Este mes de septiembre nos ha traído una interesante novedad editorial que ahora puede cobrar más relevancia no tanto por su temática como por algunos detalles concretos de la obra. Aunque no son ninguna novedad las reflexiones críticas en torno al llamado mundo woke el libro tiene ciertas singularidades que conciernen a la persona de su autor como de la postura negativa que adopta en torno a la llamada “teoría crítica” pese a posiciones políticas que por momentos lo acercan a aquello contra lo que escribe. Algunas contradicciones de hecho son de apreciar en el contenido del libro.
“Deseo y destino” (lo woke, el ocaso de la cultura y la victoria de lo kitsch) es el título del libro firmado por David Rieff cuyo nombre nada nos dice por aquí ajenos como somos al mundo que el autor llama la anglosfera (el mundo anglosajón, incluidas las antiguas colonias británicas). Algo más puede acercarnos al escritor si mencionamos que su madre fue Susan Sontag, la disruptiva en su tiempo intelectual norteamericana de los años sesenta, prolífica escritora sobre arte y filosofía, directora de cine, corresponsal de prensa y una adelantada en su tiempo en materia sexual. Sontag ya fue de alguna forma una woke avant la lettre, pero su postura tenía otra coherencia (se declaraba “libertaria”/conservadora/radical”, ajena a la polaridad izquierda/derecha) cuando decía que “toda forma posible de comprensión tiene sus raíces en la capacidad de decir no”, es decir, contraria a cualquier clase de dogmatismo, lo más contrario al llamado wokismo. Rieff nación cuando Sontag tenía diecinueve años y su padre, Philip Rieff, también pertenecía al mundo académico e intelectual. Con esos antecedentes el destino de David, licenciado en Historia, analista político y escritor de ensayos, parece que no podía ser otra cosa.
El libro de David Rieff resulta de notable interés por muchos motivos. Rieff es abiertamente de izquierdas por lo que su choque intelectual con el mundo woke tiene mucho más interés en la medida en que pueden tener puntos de confluencia que de hecho el autor no oculta. En este aspecto pueden apreciarse ciertas contradicciones cuando los argumentos “fuertes” del libro expresan una frontal oposición no ya a la llamada teoría crítica (antirracismo, anticolonialismo, feminismo radical) para luego confluir en cuestiones como la existencia de un racismo estructural y su oposición al capitalismo. Pero es precisamente en esto último donde Rieff clava el aguijón más profundo de su crítica, como pensador de izquierdas denuncia que el pensamiento woke no es una ideología en la medida que se muestra inoperativo “para abordar seria y sostenidamente la clase o la economía”. Lo contracultural se convierte en un giro gatopardista de la cultura a abolir. Para Rieff en definitiva lo woke es un tonto útil del capitalismo que, a cambio de aceptarle todo el conjunto de ideas morales y culturales, ha seguido sin grandes dificultades a lo suyo: el negocio. Puede que alguna razón no le falte, aunque todo el mundo, también los empresarios, tiene derecho a querer sobrevivir, si bien Rieff confunde las ideas de capitalismo y libre mercado como términos equivalentes, lo cual es bastante erróneo, pero esa es otra cuestión.
En la exposición de Rieff hay una llamativa ausencia que es la del poder político, en ese binarismo que establece entre mercado e ideología en la que el wokismo actuaría como coartada, elude mencionar la incorporación como ideología de lo woke y el que desde la influencia gubernamental haya impuesto su hegemonía. La adscripción del mundo de los negocios a la dinámica del poder no es más que la lógica consecuencia de la forma coercitiva con la que dicho poder se ejerce, no hay elección para evitar ahogarse.
Rieff en las aproximadamente cien primeras páginas del libro condensa todas sus objeciones al wokismo para después ir ilustrando con ejemplos sus razones. Así, nos cuenta cómo una profesora de la Universidad de Duke publicó un libro, “Marx para gatos”, un título que no era ironía, sino que la docente publica un vídeo en la que se la ve explicar “con toda solemnidad conceptos marxianos esenciales a una concurrencia de gatos”. También refiere cómo las editoriales tergiversan, mutilan o censuran obras clásicas de la literatura para evitar ofender a esos grupos a los que se les rememora al leer esos textos su pasado de opresión mediante “la subyugación de toda escritura indócil”. Un ejemplo de ello nos lo ilustra con la decisión del Consejo de Artes de Nueva Zelanda que retiró la subvención a un festival anual sobre Shakespeare por no demostrar su relevancia en el contexto artístico contemporáneo y responder la obra del dramaturgo inglés a un “canon imperialista”. Un ejemplo extremo es la advertencia de una universidad escocesa de advertir sobre el contenido potencialmente ofensivo de “El viejo y el mar” de Hemingway por describirse “escenas explícitas de pesca”. Son muchas las referencias a este tipo de episodios a lo largo del libro que evidencian el grado de desconexión con la realidad que el universo woke ha llegado a causar, estableciendo vínculos necesarios tan extravagantes como excelencia académica y diversidad, declarando imposible aquélla sin ésta.
Lo que no podía imaginar Rieff, o quizás sí porque lo ha dejado escrito, es que lo escrito en la página 175 de su libro iba a convertirse en una profecía a los pocos días de publicarlo. Los visionarios suelen ver confirmadas sus predicciones pasado un cierto tiempo, a Rieff le han bastado días. En alusión a una profesora de Cambridge que promueve “abolir la blancura” porque las personas, en cuanto blancas, “no importan”, el autor ve una deriva peligrosa que expone así:
“En cuanto se declara que las vidas de las personas no importan tal y como ellas mismas lo entienden, sino que importan como el otro las entiende…se está en vías de justificar el asesinato…”.
El término blanco en el sentido woke asocia lo físico, la mera e involuntaria apariencia, con todo lo que significa opresión, proyectada ésta sobre los diversos colectivos cuya defensa se arrogan con carácter exclusivo y por tanto excluyente. Para esa cosmovisión ser blanco significa, de manera ontológica, oprimir y en esa tesitura para el hombre blanco la única forma moral de aparecer en el mundo consiste en asumir tal categoría que sólo puede ser limitadamente expiada mediante una penitencia interminable sin redención posible. Charles Kirk ha sido asesinado esta semana simplemente por pensar y expresarse en oposición a una comprensión distinta (conservadora) de la vida y la sociedad, parte integrante de ese fascismo tan paranormal que sólo algunos médiums progresistas perciben. Cuando todo el que disiente es un enemigo existencial, cuando se emplean las palabras no para dar razón de una verdad civilizada y racional, sino para marcar una línea de guerra, llega alguien que se siente legitimado para pensar que esa vida no importa. Sin embargo, lo peor viene después, cuando a raíz del asesinato, al margen de esas zahúrdas llamadas “redes sociales”, algunos lamentos y condenas se acompañan de tantas adversativas (sí, pero…, bueno, es que…) que nos indican por qué se ha llegado a eso. Entonces, ¿Rieff ha acertado pronto o es que se ha dado cuenta demasiado tarde?





