USA: los beneficios de la libertad / José María Sánchez Romera

Este cuatro de julio se han conmemorado los doscientos cincuenta años de la declaración de independencia de las Estados Unidos de América. Dos siglos y medio de democracia y libertad creados en un tiempo y un espacio donde la idea más aberrante de todas las posibles ha sido el sometimiento del individuo a un poder despótico y sin control. Desde una clarividencia moral insólita para la época (“sostenemos que estas verdades son evidentes…”) se instituyó una nación, un proceso muy complejo, el resultado no fue nada sencillo de alcanzar, que necesitó una guerra contra el ejército británico, entonces más poderoso del mundo, y de un período constituyente que se fraguó con muchas dificultades porque había que unir lo que estaba dividido y crear instituciones desde la nada. Montesquieu había dado décadas antes la solución, “El espíritu de las leyes”, que se llevó a acogió en su forma más genuina, sin embargo, lo que todos compartían y resultaba esencial era previo: el poder era del pueblo, lo cedía a sus representantes y éstos quedarían limitados en su capacidad de decisión mediante la estratificación de ese poder delegado. Las trece colonias no promovieron una revolución contra la corona británica sino una rebelión por hacerles pagar impuestos sin tener derecho a estar representados en el parlamento de la metrópoli. Fue una cuestión de principio, no una reclamación de poder.

Su primer Presidente, George Washington, materializó esa filosofía fundante del Estado americano abandonando el poder a los ocho años pese a que todos querían que siguiera. Ese espíritu fue reflejado por Thomas Payne en su panfleto “Sentido común”: “La sociedad, en cualquier condición, es una bendición; pero el gobierno, incluso en su mejor estado, no es más que un mal necesario; en su peor estado, un mal intolerable”. En todo el tiempo transcurrido han ocurrido muchas cosas, buenas y malas, sin embargo, aquel compromiso de mínimos salido de la Constitución de 1.787 convirtió a la nación norteamericana en el país más poderoso de la Tierra. Las libertades y derechos individuales que impregnaban el trasfondo del texto constitucional no sólo eran justos, sino que han sido útiles.

Los obligados ajustes posteriores y todo lo que se hizo necesario estructurar y corregir con el tiempo ha traído sin duda grandes complicaciones. Desde la esclavitud con la que hubo que transigir al inicio para que naciera la unión hasta la integración en una sola identidad norteamericana a un país formado de sucesivos aluviones de inmigración de muy diferente procedencia atraídos por la esperanza de prosperar con derechos de ciudadanía, ha sido un reto inmenso y permanente. Fue esa ética de los inicios la que impulsó a la Unión a afrontar una guerra civil para acabar con el estigma de la esclavitud o el envío de miles de sus jóvenes a morir en las playas de Normandía para liberar el continente europeo durante la Segunda Guerra Mundial.

Es cierto que no han faltado las zonas oscuras y episodios poco edificantes en este largo período, como también es cierto que todo hegemón político y militar siempre los ha tenido, de hecho, no existe imperio sin su leyenda negra, más o menos veraz, más o menos exagerada, siempre en función del sesgo que se dé al relato. Asuntos como la esclavitud y el racismo, las intervenciones militares en el exterior o la conocida como “caza de brujas”, entre otros muchos episodios, han ensombrecido diversas etapas en la trayectoria de la república. El caso de Vietnam es, de entre ellos, uno de los más conocidos, aunque tuvo sus particularidades. Norteamérica trató de frenar la ofensiva del comunismo norvietnamita que, apoyado por China y la Unión Soviética, atacó Vietnam del Sur. Los americanos tras varios años de combates y miles de soldados muertos de sus tropas evacuaron militarmente el territorio derrotados a causa de la presión política y mediática, aparte de unos costes económicos inmensos que los llevaron a romper la convertibilidad del oro y el dólar establecida en el Tratado de Breton-Woods, más que por el desenlace de los combates. Luego, de las consecuencias de aquello se habló y se ha hablado muy poco: Vietnam del Norte conquistó ya sin oposición el Sur y todo el territorio vietnamita de la península de Indochina se convirtió en una dictadura comunista. Este desenlace a una gran parte la izquierda occidental, señaladamente la intelectual, le pareció una gran noticia, siempre claro, contemplada desde la distancia y sin arrostrar ninguna consecuencia en primera persona, desde la perspectiva inocua de quien contempla un cuadro.

La propaganda antiestadounidense ha solido centrarse en todos esos episodios negativos, en unos casos para convertirlo en constitutivos del proyecto político americano, devaluando su régimen democrático, y en otros para tratar de demostrar que del sistema de libertad económica no se derivan más que flagrantes injusticias que evidencian una sociedad dual donde una minoría muy rica convive con otra que a duras penas puede eludir una situación de miseria. Esto se hizo especialmente visible cuando el mundo se partió entre las alternativas capitalista y comunista y en el mundo occidental la academia y la cultura fueron dominadas por la izquierda, lo que les daba un poderoso altavoz para criticar las sociedades de libre mercado, mientras ignoraban, o lo fingían por lealtad ideológica, las purgas, la pobreza y la falta de libertades del mundo comunista. Ya hubieran querido las víctimas de Stalin en los llamados “Juicios de Moscú” y la “Gran Purga” subsiguiente, con millones de arrestos arbitrarios y ejecuciones contadas por cientos de miles, correr la misma suerte de quienes sufrieron la citada “caza de brujas” por parte del Comité de Actividades Antiamericanas.

Esa visión reluctante, obstinadamente negativa de los USA, construida a base de tópicos y la utilización maniquea de los hechos, no resiste un análisis tan elemental como el que sigue. No se entiende que los Estados Unidos atraiga los mayores movimientos migratorios del mundo, más aún, de ello se ha hecho una exigencia moral consistente en un deber de acogida sin restricciones, reclamada irónicamente por el antiamericanismo más rancio, para cuantos quieran iniciar allí un proyecto de vida mejor. Nadie plantea ese dilema teórico a los países socialistas, cierto que tampoco la emigración se lo plantea en el terreno práctico. Y es que la falacia del infierno capitalista construido a base de desigualdad y un simulacro de democracia al servicio de grandes magnates, encarnados hoy por los llamados “tecnoligarcas”, sigue resultando muy útil para mantener vivo el mito de la lucha contra el dragón explotador que libra en favor de los desposeídos el San Jorge progresista, que, eso sí, en cuanto puede se va a Nueva York de vacaciones para conocer el infierno de cerca.

 

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