“Lo que importa es recóndito, secreto”, este verso en “Venir desde tan lejos”, me trajo de inmediato el recuerdo de Juan Ramón Jiménez, “todo sucede dentro”. Y de eso nos hablan los poemas de este libro, de lo secreto que en nosotros vive. Eso que llamábamos vida interior o, en casos excelsos, vida mística. De lo invisible habla el reciente poemario de Eloy Sánchez Rosillo. Y lo hace con un lenguaje de cercanía. Le pregunta al lector, se interpela a sí mismo. Y ese monólogo sucede también en lugares sencillos, el cuarto donde escribe, la alcoba en la que a veces se desvela y piensa en cómo será la muerte o en la calle a media luz de la mañana y, con frecuencia, el mar. En esa realidad sencilla y clara ocurren los prodigios. “Y cuanto allí existió, nos era dado”, escribió William Wordsword sobre la vida como don.
Hay otro verso, casi al final del libro, “qué mejor extensión que un solo instante”, que resume con precisión y claridad el eje vertebrador de este poemario, el espíritu del tiempo con el que hablaba el loco Hölderlin. Pero el tiempo, su fugacidad, no como ruptura entre el ser y el vacío, sino como un estado mudable y a la vez perenne. Fugacidad como mudanza a la manera como la entendía el sabio y erudito poeta inglés Robert Browning, y le recordaba Susan Sontag a Borges en una carta: “El presente es el instante en el cual el futuro se derrumba en el pasado”.
En “Noche de San Juan” está el verso que citaba antes. Recrea el poema el motivo del “carpe diem”, pero no es un “carpe diem” de los sentidos, su recomendación es ética, “cuando en tus manos haya una verdad / siéntela en lo profundo”. Se cierra la exhortación moral, “la verdad es también la belleza”, con un símbolo poderoso: “No necesita el cielo restos inservibles / despojos de los días / como los que crepitan aquí abajo / en las hogueras de esta noche hermosa”. Un tema bien clásico, la oposición arriba / abajo, cielo / tierra. Y este es otro de los aciertos de este libro y de toda la poesía, creo, de Eloy Sánchez Rosillo. De pronto te lleva a Juan Ramón, al ángel de lo terrible de Rilke, “la belleza extremada a veces es / también la más terrible”, a Fray Luis de León, como en los versos citados, al ensimismamiento de César Simón: “Me recojo en mi ser y miro incrédulo” escribe el poeta murciano.
Se expresa ese mundo, casi en todos los poemas, en un decir de verso largo y caudaloso. En la cadencia más que en el acento. Es un tensión no sólo rítmica sino también conceptual, la que se va creando a lo largo de los poemas, una red significativa que amplía los conceptos, “confusión, desamparo, soledad”, o reitera un proceso, “les decían, oían, no entendían”. Hay en “Venir desde tan lejos” una depuración del lenguaje, un despojamiento de lo accesorio, que se ha volcado hacia la sencillez. Miraba, mientras leía, la ausencia de adjetivos. Y, cuando aparecen, son los mismos que usamos cada día. La difícil apariencia de la sencillez que, a veces, es la retórica más secreta. Hay momentos de contraste entre un pensamiento o una imagen sutil y una expresión coloquial o en desuso, como contrapunto o cercanía con el lector. Creo que el poeta Vicente Gallego, tan amigo de Eloy, con quien comparte el agua, reitera ese recurso en su última poesía.
Llama la atención en la obra de Eloy Sánchez Rosillo, la composición del libro como una totalidad sin partes. Del primero al último poema. Creo que la estructura de sus libros responde a ejes interiores, a asuntos o motivos recurrentes más parecidos a un género musical que literario. La urdimbre en que se tejen los poemas de este libro es el espíritu del tiempo, su mudanza, como ya anticipamos; la luz, símbolo de tantas cosas aquí, y la reflexión sobre la muerte, no como lamento, sino como experiencia última y solitaria.
Dejo el ejemplar de “Venir desde tan lejos” con tantos títulos resaltados con un círculo, estrofas anotadas al margen, versos subrayados, referencias sugeridas. Dejo para el lector el amor de cada día en “Sucesiva verdad”, la rutinaria belleza de “una mañana de domingo”, la plenitud perdida de “Entonces no lo supe”, los amaneceres “en los días mejores del invierno”, y viviremos en la verdad de que la belleza nos redime, de que “la muerte aquí, no encontrará lo que busca”.
Y me gustaría acabar con una observación más personal que literaria sobre la obra de Eloy Sánchez Rosillo. Desde aquel lejano “Maneras de estar solo” de 1977, hasta este último poemario hay casi medio siglo de creación poética y apenas una docena de títulos. Evidencia ese sosiego, creo, la actitud del poeta de hablar por necesidad poética, no por ningún otro imperativo; decir lo que es preciso y necesario. Como sucede con los ríos, hay poetas de cauce caudaloso, otros prefieren el agua escondida y secreta del arroyo. Así, Eloy.
Tomás Hernández






