Abre esta Poesía reunida de Vicente Gallego una cita del que fuera el amigo y el maestro, César Simón. “Oh, noche, ser el agua / que canta en los zarzales”. No sé si César fue la primera fascinación poética de Vicente Gallego, pero en ella vive. Me decía que en una ocasión, cuando iba a escribir la palabra “bulto” en un poema, le vino a la memoria inmediata el recuerdo de César. Y es que esa palabra, bulto, tan poco apropiada para lo lírico, adquiere en la poesía de César Simón unas connotaciones de humanidad estremecida y sola. En su poesía aprendió Vicente, como tantos otros, pero él desde la cercanía del trato y la predilección.
Canción del agua a solas, editorial Visor, no es una poesía reunida de una manera convencional, recopilación de libros publicados. Así lo aclara el poeta en la Nota liminar. Cuenta en ella el proceso de selección y escritura de Canción del agua a solas. Habla del asalto, casi furioso, que le llevó a escribir nuevos poemas, más de ciento cincuenta, dice, y dar nuevo sentido a lo ya publicado. En cuatro unidades o asuntos cobija su poesía. Cantar de ciego, una selección o reescritura de sus libros primeros. Si temierais morir, el mismo proceso de poemas posteriores. El junco y la libélula, los poemas del monte, como los llama. Recoge aquí el portentoso Ser el canto. Y cierra A pájaros y a migas.
¿Qué canta esta canción a solas? Celebra los poblados marítimos de Valencia, las calles de la infancia con sus juegos, la casa, los limones y el pan sobre la mesa, los visillos que atemperan la luz, la jarra del agua transparente, el aceite y la sal de cada día. De lo insondable habla, del alboroto de la escritura, la claridad, el amor, la necesaria presencia del amigo, de la muerte que no es nada. Canta el mundo que nos rodea desde lo mínimo a la grandioso, el sol de febrero, la noche en su silencio, el olivo y la libélula, el brocal de un pozo, las amapolas, las lumbres encendidas, los gorriones.
Y nos habla desde el tono de lo íntimo y compartido, de lo secreto casi, nunca desde el énfasis, lo asombrario o la exclamación. Todo lo insondable del mundo y de nosotros mismos está en las cosas sencillas que miramos.
Ha vuelto Vicente Gallego su mirada, cada vez más, a recrear en su poesía los motivos y la voz del cancionero. Son muchos los ejemplos, referencias al Cancionero musical de Palencia, al Cancionero sefardí en el poema “La rosa que enflorece”, donde recupera el motivo y el lenguaje: “La rosa que enflorece sin su dueño, / penando por amar el mes de mayo”. Y están los clásicos cercanos y más puros, los más entregados al oficio, “Ya anciano Juan Ramón, / a una más clara aurora despertaba”, o acompaña en su muerte a Juan de Yepes: ¿Qué habrá más delicado que morir?” o pasea por los campos con Machado, “España fue un mal sueño”. Del capitán Aldana, poeta de vida revuelta, recoge el poeta valenciano su conseja de la vida interior: “Entrarme en el secreto de mi pecho / y platicar en él mi interior hombre”. En estas y otras muchas fuentes brota la poesía de Vicente Gallego.
Pero es en la palabra donde está la maravilla.
El verso es una unidad de ritmo, no una línea que se corta a tijera; a ese vuelo ha de ajustarse la sintaxis. Hay en la poesía de Vicente Gallego un interés constante por lo que podríamos llamar la independencia del verso, que cada uno cante por sí mismo, evitando los versos innecesarios o superfluos, que sólo sirven de andamio y enturbian el poema por mucho que se los recargue de un lirismo manido. Cada verso canta su canción a solas, podríamos decir, aludiendo al título del libro y, si lo sacáramos del poema y lo escribiéramos aparte, sin orden ni concierto, seguiría encerrando el misterio, la perfección, la sugerencia. “A aspirar ese anís de tu perfume, / a masticar tu carne” nos convoca al quebrar en sus manos un tallo de hinojo. Y recordando un momento de amistad dichosa, escribirá: “Dadme ahora este instante, / y en él habrá mi amor puesto su casa”.
Iba a escribir ahora sobre las exquisitas maneras poéticas de Vicente Gallego, pero, para qué el remedo, la torpeza de la explicación, si tenemos la maravilla sobre la mesa.
CANTAR DE CIEGO
A César Gallego Oliva
De ciego es mi cantar, no lo inventé,
que lo aprendí lavándome las prendas
a la orilla del río misterioso,
escuchándose al agua y a la noche,
reponiendo el aceite de mi lámpara.
Porque solo en velar cunde este oficio,
y en que lo quiera el dios de lo sutil,
el que hace de palabras escogidas
esta gran ocasión de la palabra.
Nadie pregunte cómo, que eso ocurre
–si tiene que ocurrir– oscuramente,
para darnos más grande escalofrío.
¿No nos rozan las alas de la música,
esta respiración de lo sagrado?
De ciego es mi cantar, pero no es mío,
que es obra de alegrías y de alcances
que halla en sí la escritura al verse a solas,
entregada a su pulso y a su andanza.
Todo es debido aquí a una confidencia,
y a trabajos que amor hace a su aire.
Cada lector tiene sus preferencias poéticas, su paladar, su inclinación, y es buena esa diversidad y no conviene descalificar lo que no se acomode a nuestros gustos. Quienes lean esta Canción del agua a solas sí tienen garantizado el diálogo con una poesía con la que identificarse, una voz única y reconocible al instante. Ya sé que esto puede decirse de muchos poetas con voz propia, pero en Vicente Gallego se revela de manera muy especial. “Veías donde nadie”, le escribe a Claudio Rodríguez en un poema homenaje. También Vicente ve donde nunca miramos y lo dice con voz secreta y compartida. No es poesía de sobremesa o tertulia. Es poesía para leer con la misma desnudez con que fue escrita.
Tomás Hernández







