Violación: no es cultura, es barbarie / José María Sánchez Romera

En estos tiempos los vientos revolucionarios vienen impulsados por el lenguaje. La mutación del sentido tradicional y lógico de las palabras trata de cambiar la realidad haciéndonos verla desde una perspectiva deformada. El postmodernismo entronizó la idea de que el discurso está controlado por el poder y que por tanto hay que destruir el orden existente de discurso para tener el poder. Como escribió Foucault (El poder del discurso), los acontecimientos históricos son modificables y están en perpetuo desplazamiento sostenidas por un sistema de instituciones que las imponen incluso con cierto grado de coacción y violencia. En consecuencia, lo que hay que hacer es dejar vacío de significado el lenguaje y reorientarlo en cada momento hacia los intereses ideológicos que impugnan el sistema de valores tradicional. No se pretende acabar con una supuesta hegemonía cultural sino sustituirla por otra basada en la arbitrariedad de un total relativismo.

Con un más que posible desconocimiento de tales antecedentes, pero con una praxis muy identificada con ellos, la última sesión de control parlamentario al Gobierno fue de lo más representativa. Cuando la Ministra de Igualdad de forma nada espontánea leyó en su réplica a un diputado de la oposición que su partido amparaba la “cultura de la violación” dejó constancia en el Congreso de los Diputados que no usaba las palabras para representar realidades sino para sustituir lo factual por lo que se induce a través del lenguaje. Arcadi Espada escribió este jueves pasado que la Ministra hablaba por “boca de ganso”, no puso nombre al ganso, pero lo extremado del “graznido” resultó muy familiar. La frase desde luego fue usada para ser entendida en sentido literal, aunque más tarde y para disimular la carga vejatoria con la que había sido usada en el debate, se invocara a la O.N.U. de donde saldría como una creación académica (Yolanda Díaz). Por supuesto nada tiene de académica esa elucubración, que no llega ni a hipótesis, por más que el organismo internacional en una de sus costosas e innumerables comisiones la haya asumido como soporte doctrinal, sin que naturalmente ello le confiera estatus de dogma científico. Cuestión distinta es que su muy zascandil Secretario General, el Sr. Guterres, haya convertido la O.N.U. en un laboratorio ideológico en el que cada vez menos se trata de resolver los conflictos internacionales que fue el objetivo de su fundación.

Lo cierto es que la llamada cultura de la violación teorizada en los años 70 por algunas feministas radicales en diversos libros, no hace referencia solo a la violación por aquello que normalmente entendemos, una agresión sexual. La idea se amplía al papel de la mujer en la sociedad (su carácter dependiente y subordinado al varón), así como una forma de poder político, control y opresión sobre ella. Se trata por tanto de una teoría holista que pretende explicar los roles de la mujer en la sociedad dentro de un esquema que abarca cuanto se relaciona con el universo femenino, la violación es un aspecto más, de la que dicen se normaliza a través de diversas pautas culturales en las que la mujer es culpabilizada de la agresión o se banalizan, los daños que causan en ellas. Sin negar que episódicamente puedan darse ese tipo de casos, en la cultura occidental siempre se ha considerado la violación como algo que repugna moralmente a todos (menos a los violadores, claro) y las leyes históricamente no han dejado de castigar con penas severas estas conductas. Incluso es bien conocido el trato que los propios internos de las prisiones suelen dispensar a los acusados de agresión sexual a los que se tiene que dotar de fuertes medidas de seguridad para asegurar su indemnidad en los centros penitenciarios. La verificabilidad de la existencia de esa llamada cultura de la violación como un sistema de valores socialmente imperantes resulta pues algo más que discutible.

Pero quizá lo que ha pasado más desapercibido fue lo que debió tener mayor trascendencia como derivación lógica de las palabras de la Ministra. Cuando criticó las campañas preventivas, precaución que toda mujer adopta sin necesidad de que se lo digan en función de las circunstancias, transmitió el mensaje de que sus políticas pueden garantizar el riesgo cero para cualquier mujer, incluso en condiciones objetivas de inseguridad. Es evidente que eso está fuera del alcance de la capacidad protectora del Gobierno, salvo que ponga un policía a cada mujer en todo momento, algo tan poco realista que se sitúa en el terreno de la fantasía. Es una interpretación completamente descarriada de la racionalidad el que unos consejos sobre autoprotección signifiquen un desplazamiento de la culpabilidad a la mujer de ser víctima de este despreciable delito.

Una última observación. La derecha, utilizando la terminología convencional, tiene la insana tendencia de incorporar como propio el lenguaje de la izquierda, lo que constituye el mejor camino para validar los marcos mentales que son el origen de la ideología que se supone deberían impugnar. Uno de los grandes problemas del mundo de lo que no es izquierda, es el escaso conocimiento que tiene de sí mismo y de los fundamentos que lo sostienen. Cuando se habla de que la Ley de la Sra. Montero “revictimiza”, término inexistente acuñado por la neolengua, a las mujeres violadas al poner en libertad a sus agresores se formula, mediante la reasignación del significado para el que se creó, un absurdo, porque toda puesta en libertad, incluso al cumplir la pena más larga anteriormente impuesta, “revictimizaría” a la agredida. La salida de prisión de un agresor nunca es una buena noticia para su víctima, pero que esté el mayor tiempo posible en condiciones de no causar daño protege a la sociedad. Y ese es el problema de la nueva ley, que las penas han bajado por una defectuosa técnica jurídica donde la obsesión por el consentimiento, con el designio de limitar los medios de defensa de los acusados, dejó en segundo plano lo esencial: aislar a este tipo de delincuentes el tiempo suficiente como para que su puesta en libertad cause el menor peligro posible.

José María Sánchez Romera

 

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