Un cartel de Marlon Brando (relato)

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Por el camino de Amarcord (agosto)

A la memoria de Terenci Moix y Henri Beyle de los que aprendí, en el primero sus Hollywood stories, y del segundo el síndrome Stendhal

(No son esta serie de relatos unas memorias al uso, tampoco ciertas: son memorias apócrifas donde el autor refleja sueños que son una mezcla de mucho cine visto y un homenaje a todos sus mitos de ficción que, en demasiadas ocasiones, fueron su compañía más cercana. Por tanto, y por si acaso, el autor no se hace responsable de cualquier parecido con la realidad, a no ser algunos escenario que tampoco existen ya)

UN CARTEL DE MARLON BRANDO

Decíase aquel cine con nombre singular de atolón del océano Pacífico y bomba atómica, y también similar al de dos prendas de baño femenina: BIKINI.

Un día, acaso el mismo en el que la primera nativa se atreviese, embutida con prenda tan sugerente, a escandalizar con la poderosa arquitectura de su carne a la bien pensante sociedad de aquel entonces, en aquel cine ponían una película de Marlon Brando. El verano estaba en sus mejores días; pues las fiestas patronales acababan de iniciarse y el pueblo vivía la algarada anual de sus noches de verbena. Entonces el baile y el salir nocturno en un pueblo, eran cosa poco usual reservada a la época de las navidades o a estas del verano donde la caseta oficial de fiestas se convertía en contenido ardor carnal bajo el palio de bombillas y colgaduras de colores.

En los jardines, del único hotel de la localidad, el núcleo selecto de los veraneantes y clientes bailaban boleros cantados por una bolerista que, oxigenada en subido rubio, se decía cubana y artista y que se nombraba como Nora la Cubana, aunque también habría podido ser venezolana o rumberita mexicana que bailaba con cierto inconsciente descaro. Pero Nora, ya he dicho rubísima de agua oxigenada, era alpujarreña y murmuraban las señoras y señoritas que era algo pilingui o piculina; pues que el cantar las dos gardenias y el anoche soñé con la luna, de pueblo en pueblo, no daba para aquellos trajes de lentejuelas que lucía, ni el rubio emboquillado que gastaba Nora, ni mucho menos para tanto tintarse la melena.

De la cantante oíamos los niños, picardeados de pegar la oreja en las conversaciones de adultos, decir a los golfos señoritos que tenía el vellocino púbico como los de la cabeza. Esto, verídico o no, ella me lo negó décadas más tarde. Pero en mi fantasía adolescente siempre quedará aquella imagen húmeda de intimidad rubia que no pudo deshacer nuestro conocimiento posterior cuando ya la bolerista era un cuerpo inmenso, camastrón de alcohol y que vivía de alquilar habitaciones para holganza de vejestorios y buscar chaperos entre la inmigración para señores y señoras provectas de una capital andaluza. Pero aquella noche de principio de los sesenta, que ponían en ese cine de verano una peli de Marlon Brando calificada con cuatro erres, la Cubana era voz sensual mientras cantaba Corazón de melón y Maringá; además, de tener la melena y el oscuro objeto de deseo de fulgente rubio. Cosa, esta última, que la mitifica en estas memorias apócrifas de un pueblo.

En Almuñécar había otras rubias que eran suecas con toda su sexualidad en el imaginario colectivo; pues que el rubio y las suecas, por erotizar, dan mucho juego en estas cosas que nunca sucedieron y en las otras que sí y que no cuento, y que no por nada sino porque me interesa más estas memorias que, por ejercicio, voy inventándome como todo lo demás.

Marlon Brando en aquel cartel, con la camiseta al desgarre, humedecía la noche, y muchas y algunos se imaginaban paseando su boca y manos por el inmerso torso a medio desnudar de la estrella. Otros, lo imitábamos, ya que aquella guapura nique era como virilidad suprema y extrema capaz de entregarnos, a nuestro alrededor, la llave de todas las seducciones. Ésta solía ser aquella niña que nos gustaba y que no nos hacía el menor caso. Luego supimos que la niña nunca llegó a vernos tal que el cartel de Marlon Brando, que ni tan siquiera lo miraba, el cartel digo, con los mismos ojos de deseo que un particular. Luego, con el tiempo, se saben muchas cosas, pesarosas o no, de uno mismo: y es que más que parecernos queríamos poseerlo.

En las cercanías del cine estaban los jardines del hotel. Y desde éste al interior llegaba la voz de la bolerista, y entonces Marlón Brando o Kowalski eran más reales; pues que el realismo de la camiseta de tirantes y la banda sonora con la voz de Nora, a la que todo el pueblo conocía, hacían al artista cercano y la situación que vivía en la película como que estuviese ocurriendo en la inmediatez de alguna salita de estar de una casa del pueblo. Así que, para alguna cabecita loca y mortificada a lo Blanche de Un tranvía llamado deseo, aquel realismo de sudor áspero de macho encabritado y poderosa carnalidad, podía reproducirse en cualquier vecino guapo y moreno de enfrente, cuyo torso de igual envergadura abría sensualidades cuando en las noches de calor salía a refrescarse, mientras se fumaba un celtas o un ideal, a la azotea de su casa entre lienzos de sabanas secándose y latas industriales de conserva que servían de macetas a geranios reventones bañados por la luna siempre de bolero.

Entonces, la mirada escrutadora, amparada en la oscuridad de su alcoba, gozaba del salvajismo de la estampa en la azotea de enfrente, que era carne desnuda y bronceada y anunciación, con ternura y fuerza, de los secretos gozosos e íntimos de dos cuerpos acostados en lo oscuro sobre un lecho matrimonial de mullida lana. El observado se sabía espiado y, narcisista, gozaba en hacer más evidente su fuerza pectoral hinchando el pecho y reventando los bíceps; acariciándose con fuerza el mentón y su poderoso cuello; hurgando bajo la camiseta un peludo abdomen y poniendo un punto final definitivo con su mano sobre el calzoncillo en la parte en que abultaba el sexo. Luego, tras el éxtasis ciego, abandonaba la terraza en el momento exacto que la espectadora vecina, de nombre María del Celindo, temblaba y ardía, con nublada vista, mientras el deseo estallaba mojando la noche de silencios y caricias, por ser huérfanas de carne ajena, contra la almohada o la propia piel. Celindita era un poema sacro, gozoso, luminoso de amar tanto al amado.

Los ojos negros bajo las espesas cejas, la barba cerrada y la violenta belleza del vecino perturbaba hasta el amanecer las manos de María Celinda que se negaban a vestir santos, patronas o hacer ajuares para la polilla y desvirgaban a su propietaria con una vara de nardos

No obstante, el bellezón de pueblo y achule tenía una biografía con enjundia de conquista y mucha extranjería en su carnet de cama. Ya se sabía que las extranjeras, aquellas rubias todas suecas, no eran buenas ni decentes ni españolas, y mucho menos cristianas. Un día al vecino de azotea, al macho sensual de sueños virginales para mano con desflore de nardo sangriento, la guardia civil lo detuvo junto a un extranjero en una playa; se dijo que estaban haciendo cosas sucias al resguardo de unas rocas: el pecado nefando, un revolcón de tanto es el que da como el que toma. Y nunca más se supo del actor de la vergüenza comentada, ilustrada e historiada por la autoridad que argumentaba en su tono cuartelero que también son ganas de meterse a maricón con un viejo, al parecer extranjero y por tanto vicioso.

Al pasar de los años el mentado como bujarrón volvió casado y con numerosa prole desmintiendo la injuria; pero para María de los Celindos, Celindita entonces de cuando los hechos del escándalo y sus noches de orgasmo y desflore, aquella hombría, demostrada en la multípara germana entrada en carnes que lo acompañaba de consorte, hacía tiempo que en sus sueños habíase secado la imagen de su macho de azotea.

No obstante, entre las sabanas de hilo bordada, en cursi y aburrimiento, con sus iniciales guardaba el cartel robado de aquella peli donde Marlon Brando salía con camiseta de tirantes y un perfumado imaginario a sobaquera masculina. Aquel único hurto de Celindita le costó el puesto de trabajo al chico que colocaba la cartelería cinematográfica por el pueblo: apenas una peseta diaria por colgar y descolgarlos, pero una ayuda para la exigua talega de su casa con una madre viuda y tres hermanos. Es mala leche que a la casta y pía Celindita, hoy difunta doña Celinda, le carguemos a la cuenta de su memoria, en “cosas que no sucedieron”, ese drama neorrealista de madre tuberculosa con niños de corta edad y famélicos. También es cierto, que nunca jamás supo nadie de aquel robo inocente, pero en sus consecuencias brutalmente criminal, ni María Celinda, que ya iba desde la pila bautismal bautizada cursi, se enteró de aquel despido a causa de sus ardores carnales. Eran cosas que sucedían: un chapero descubierto; una virgen enamorada que se desflora a sí misma con una vara de nardo en un artificio de sangre y gemidos; un chiquillo que sustenta la economía maltrecha de una casa y una bolerista metida a puta por necesidad y que se da tintura en los pelos del coño para decirle al pretendiente, rijoso y añoso, que lo tiene rubio y por tanto es más caro que si no lo tuviese. La rubiedad de lo oscuro como iluminación vaginal de oro. Entonces a la peseta se le llamaba rubia.

Ya digo, que aquel verano, Marlon Brando en el cartel de la película Un tranvía llamado deseo se estiró mucho en todos los sentidos y, como veremos, también en el tiempo. Y eso que, a excepción de dos entradas vendidas y servidor que se coló de estraperlo, nadie fue al cine aquella noche; pues que en la caseta oficial, bajo manto de luces y papel de colores, elegían a la reina de las fiestas y en los jardines de hotel llamado Sexi la vocalista de nacionalidad apócrifa cantaba boleros para bailar pegados con reparo. En el cine, los dos únicos espectadores se resguardaron bajo el espeso boscaje de un galán de noche, ocultándose para hacer bellaquerías. Acaso fue entonces que los propietarios del cine se afirmaron en la idea de que aquellas películas de calidad no gustaban en Almuñécar por culpa del cura que las anatemizabas desde el púlpito. Y María de los Celindos buscaba tal que felina hambrienta por dentro y modosa gacela Lladró por fuera, a su vecino entre la multitud de aquel baile patronal y casto. Este, ya he dicho, estaba dejándose babosear el sexo, excesivo y brillante de luna, por un viejales nórdicos en una cala apartada. No ocurrió otra cosa que una felación frustrada por las luces de las linternas de una pareja de la guardia civil que, salvaguardas del orden, hacían su ronda nocturna. Luego, en otro verano, ha habido rumores de encaje semejante, otra cosa de moral antigua y reaccionaria: un suceso que como todos estos se historió en las páginas de la infamia. Un orillaje sexual y fresco que perturbaba a las mentes estrechas.

Celindita, aunque hemos contado se desfloró ella sola vía nardo en alguna de aquellas noches de voyeur, murió en olor de doncellez hace un par de años. Un sobrino suyo, decorador minimalista en París, al heredar el ajuar descubrió encantado que entre las polillas de la cómoda de su tía y las clasificables en kitsch labores de bolillera, se encontraba un afiche de Un tranvía llamado deseo.; al cual, observándolo, le encontró cierta fascinación mórbida en la estampa; como si de repente Brando no fuese el mismo debido a cierto aire latino y salvaje de sus rasgos que impregnaba de enigmático deseo aquella reproducción extraña. Y tal la originalidad, lo regaló a un amigo coleccionista de afiches.. Y éste, siempre que lo enseña a sus amistades, dice que por las noches de verano ese extraño Brando parece moverse; henchir el pecho, abultar los bíceps. Una suceso extraño, ciertamente.

Por otro lado, en el pueblo nadie vio nunca aquel drama de Elia Kazan, y por tanto se quedaron sin conocer la frase en la que Blanche Duboi al final de la peli dice “siempre he creído en la bondad de los desconocidos”. Acaso, si Celindita se hubiese atrevido, habría reconocido que a la bondad a la que Blanche se refería era a la erótica que cualquier desconocido de paso puede dar a almitas en suplicio en trace de querer ser comidas por el tigre.