A pie de foto / La dama del uno de noviembre / Javier Celorrio

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Las ruinas en su laberinto de piedras derrumbadas que una vez fueron columnas y sostuvieron la casa. Sobre ellas un cielo plomizo; frente a ellas un mar calmo y de plata vieja y cercándola el verde húmedo de la vegetación. Algún fuste de columna emergiendo de la tierra como memoria del antiguo esplendor cuando las plegarias eran contestadas por los dioses y la sangre del sacrificio corría por un canal abierto a la tierra y en declive hasta un acantilado cercano cortado en tajo sobre una estrecha playa de guijarros negros. Al filo del abismo, la figura de una muchacha de la que desconocemos si es intención aviesa o contemplativa la que conduce su presencia al lugar.

Más que el romanticismo de la pintura, es su tenebrismo el que sobrecoge e invade; provoca vértigo ese equilibrio de la mujer tan al filo del precipicio. Pareciera por un lado contemplar la belleza del paisaje y por otra simbolizar que deja atrás la devastación de su existencia para arrojarse a una muerte cierta, única salida a sus desesperación.
Puede que sea una Medea vista por los ojos de un romántico, tal el atuendo al gusto veneciano de Fortuny que viste la señora, o una viajera aristócrata e ilustrada asomada a un jalón costero de la historia.

La pintura en cualquier caso es historicista y alejada de los otros cuadros que cuelgan de las paredes del salón donde me encuentro, más proclives a tendencias abstractas, matéricas o pop. Sin embargo la obra se instala bien entre las otras y mis anfitriones han tenido el gusto de ubicarla en el espacio junto a un ventanal desde el que se contempla una ladera parda que va a morir en un roquedal que a su vez se precipita en un acantilado. Tras la panorámica, un mar cuya bruma de espeso gris se confunde con la bóveda del cielo. Al filo del acantilado, una figura erguida que el viento, al mover su sutil ropa de acaso gasa o fina muselina de color granate, parece abocetar sobre la grisura del fondo.

Asombrado comento a mis amigos la similitud del cuadro y la escena que acabo de ver fuera. Sorprendidos se acercan al ventanal, pero la figura ha desaparecido. Uno de ellos me pregunta por el color del vestido de la desconocida. Le hablo de algo parecido al rojo granate. Parece que un alivio asoma a su semblante y entonces me cuenta que cuando compraron la casa, el cuadro ya estaba allí y que, la anterior propietaria les había contado, una vieja tradición decía que cada uno de noviembre la figura del cuadro se aparecía siempre que las condiciones atmosféricas del día coincidieran con la pintura, o sea el gris.

No obstante, mi amigo siguió contando que la aparición, siempre atendiendo al relato de la última propietaria, llevaba aparejada un mensaje según el color del traje. Al parecer, el negro anunciaba la muerte de quien lo veía, el gris una enfermedad; pero desconocía de qué podría pasar con el tono rojo de mi visión. Tal como están las cosas interpreté que el rojo era vida, movimiento, cambio y tal vez revolución, pero subrayé que en esta ocasión más que rojo era granate y éste contiene algo de negro en su profundidad.

El otro amigo, para quitar hierro y supertición al asunto, tal mi endeble salud y tal mi fragilidad mental, me advirtió que a ese rojo profundo casi negro Rothko lo interpretó en sus pinturas como profunda espiritualidad. Será eso.

Creo que nunca volveré a soñar con Manderley, ni a la casa de mis amigos, ni a ver la nueva Rebbeca cinematográfica donde, por cierto, falta la tontería de esa chaquetita de punto que tanto calorcito dio a nuestras madres de posguerra y que tomo nombre de la película. Créanme que nada que ver con la archivista peli de Hitchcock y ni Lily James es Joan Fontaine y mucho menos Armie Hammer ( siempre será Oliver de Call me… ) es ‎Laurence Olivier. Para los forofos del ama de llaves, la señora Danver, un alegrón, ya que Kristin Scott Thomas logra hacerse con el personaje.