
Descansamos de tertulianos y columnistas y políticos porque se van todos de vacaciones. La opinión pública se queda desnuda de culebrones, aunque a expensas de que una kundalini suelta haga su agosto a cuenta de cualquier desaprensivo en busca de escatologías diversas por la consecución de un like. Este mes lo voy a dedicar, sin sobresaltos de las radios de alborada, a oírme un completo de Mozart: La Flauta Mágica al amanecer y el Requiem a la anochecida y a la hora del sol torturante Don Giovanni es perfecto. Mozart siempre limpia a los que no tenemos espíritu Tao, nos da energía y nos desenmascara de las certezas arraigadas para envolvernos en incertidumbres que según el monseñor del que hace Ralph Finnes en Conclave «es lo único que mantiene la Fe viva». Es cierto que la certeza es un fiasco y que el misterio es lo que nos hace vivir, sólo el misterio, escribió Lorca del que por cierto en el 26 se conmemora el noventa aniversario de sus asesinato aquel 18 de agosto del 36 del siglo pasado. De Lorca ya lo sabemos todo o casi, pero sigue estando el misterio de dónde estará enterrado. Hay muchas conjeturas al respecto y todas ocultas por el poder del mito creado en torno a su figura. Los mitos tiende en eso, que hagiógrafos y detractores lo confunden. Ambos postulan sus razones, pero ninguno se atreve con el misterio, con el enigma que supone la ausencia de certezas. En sí mismo Lorca seguirá siendo un misterio por ese duende que lo envuelve.
En esto de las certezas e incertidumbres, los políticos de hoy en día son muy de propalar convicciones en sus acciones al anunciar programas y proyectos, pero en eso siempre tenemos la certitud de que el relativismo será el resultado y por eso no hay fe en ellos. Los políticos han dejado de tener misterio y mucho menos cuando el elemento oscuro de su vida se descubre en grabaciones de los unos a los otros y viceversa: no hay espacio ni para un triller. Imaginen que a Napoleón le hubiesen grabado las confidencias con Josefina o a Marco Antonio sus parlamentos con Cleopatra. ¿Para qué entonces un Shakespeare?. Este sí sabía dar misterio al asunto, de hecho convirtió a Ricardo III de York en un jorobado malicioso y algo acondropláxico, cuando en realidad se cree que no era ni malicioso ni tenía las otras discapacidades.
Al caso, el otro día leí una narración del que firma con el seudónimo de Javier Celorrio donde un tal Oreste Ruiz se hospedaba en una casa como esas de Cuarto Milenio y sufría del acoso de unos aparecidos. Pues bien, me gustó esos límites entre lo real y lo fantasmagórico que quedaba tan gótico. Al final del relato, me quedó una duda: si el tal Orestes y las presencias sobrenaturales terminaban por tener trato carnal. Claro que eran los años cuarenta según la cronología del cuento y no había redes sociales y dudo que El Caso de entonces, ni tampoco la censura, estuviera para monsergas de un desaprensivo que entra en una casa abandonada y al salir cuenta que mantuvo trato carnal (diría la crónica de antes) con los dichos espíritus lascivos. No obstante, me queda el misterio de si lo hubo y se me plantea la cuestión de si en un futuro alguien se hace viral en redes contando que visitando el Palacio Real se le apareció una señora de vestimenta regia de cuando el siglo XIX, se presentó como Isabel, y segunda por su patronímico regio, y lo invitó a ver el atardecer en los Jardines del Moro. Lo que paso en tan real floresta no quedó en ella, pues será difundido en redes y tal como está la IA seguro que muchos dan por cierto el sucedido. Algo así pasó con Ava Gardner y el torero Dominguín, el famoso encamamiento en el Hilton de Madrid, aunque esto último siempre tuvo un halo de boutade y como tal nunca desmentida nunca confirmada.









