A pie de foto / Amaneceres en los infiernos / Javier Celorrio

 

Antes, cuando la loca juventud, veíamos el amanecer bajo el efluvio de alcoholes varios, cuerpos y mucho tabaco. La noche y su farra traspasaba a la madrugada y se hacía día maquillando la mirada con cristales ahumados, casi negro, para seguir viendo lo oscuro en los vasos borrosos de hielo y whisky. Hoy los amaneceres los vemos y los retratamos porque pasaron los días de vino y rosas y gracias a que Gil de Biedma, el cuerpo y la propia vida nos ha confirmado que esta última iba en serio; aunque siempre planea esa tilde de riesgo, ese intentar vivir peligrosa y tensa. Nunca vivir la vida de la manera vicaria que algún idiota toma de otro y la cadena de imbéciles se hace empresa, partida de tontos que como acémilas dan vueltas a la noria propiedad del que manda desde su cuenta corriente y ego. Uno y otros no sabrán de lo que hablo, pues que no han besado los labios del cristal de los vasos con el oro del whisky teñido del malva de la primera aurora, y sin experiencias en lo dionisiaco y en las flores del mal únicamente se puede ser voz del amo y nada más. En el infierno se conocen ángeles auténticos, pues es el único lugar donde puede redimirse al caído.

Sigamos. Al presente vemos el amanecer retratado de estética literatura. Todo lo que tocamos es la estética del recuerdo para no pensar que el idílico velo de la Aurora, que todo lo limpia aventando el averno de la noche, nos trae a Homero y su cuerda de locos sanguinarios o Graves y su mitología de dioses y diosas exquisita y fríamente british como sólo un inglés autoexiliado en Mallorca veía el Mediterráneo y a sus naturales.

Ahora, sabemos que los grandes infiernos están en el día que son las corruptelas varias, los políticos pasados de líquido plasma, los fakes de las redes, el desahucio como pan nuestro de cada día y la pandemia. En la noche hay, o había, otros desahucios de cuerpos que han dado mucha literatura buena y mala, pero en lo de que te echen como un perro, a excepción de un Alberti que hace un poema de estética más que otra cosa, sólo ha habido una lírica de ripio como El embargo de José María Gabriel y Galán que a los actores campanudos siempre ha dado mucho juego al decir el melodrama del asunto. Nombro aquí a Dicenta padre, Mejuto o Guillermo Marín que eran actores venidos de antes de la guerra civil, casi llegaron a la transición, y que hacían todo sacralizado a lo Calderón. Transita por youtube algún Estudio 1 donde recobrar a los actores campanudos de cuando entonces para comprobar lo bien que se lo curraban. Al campanudo actor lo imitaba muy bien Fernando Fernán Gómez en «Viaje a ninguna parte».

Pero el amanecer de hoy, no los de antes que de ellos ya nos desahució la arruga no es bella ni noble ni sagrada, son fotografías que va tomando uno creyéndose un Storaro del cine o un Testino de la moda: un adornar el madrugón de insomnio con laureles ajenos y algo pompier con el tono de voz de los cómicos citados anteriormente. Pero las fotos, las auténticas del amanecer, aquellas de vino y rosa, cristales reflactantes y miradas borrosas, son neorrealismo que quisiéramos haber hecho como Alberto García Alix, pero retratando a un rumano y a un portugués, aquellos Azzaros y Bakus como putis del renacimiento en el friso de las muchachas en flor de Proust con guirnalda de bolero triste y sucio.

Lo de hoy, ya digo, es maquillar el presente con fotografías de paisajes bonitos tiene Mallorca como haría cualquier birrocha del Gran Bilbao mientras escucha una canción de Luis Mariano móvil en mano corriendo por los paseos de Oropesa del Mar, Almuñécar o Benidorm. Luego alguien va y me enmarca las fotos con firma o sin ella. Prefiero que, si robada, sea sin ella, puesto que la firma siempre vale mucho más en las posteridades.


Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on whatsapp
WhatsApp
Share on telegram
Telegram
Share on email
Email