Onírico, deseo, realidad / El país de las camas / Javier Celorrio

España no descubrió el turismo. Descubrió algo mucho más seductor: que podía convertir el deseo de los demás en su principal industria. Mientras unas naciones excavaban minas, levantaban fábricas o llenaban laboratorios, nosotros comprendimos que el sol no necesitaba maquinaria, que el mar no exigía patente y que una playa bien fotografiada podía producir más divisas que una cadena de montaje. Fue una intuición brillante y, al mismo tiempo, una condena silenciosa. Desde entonces hemos confundido riqueza con temporada alta y prosperidad con ocupación hotelera.

El desarrollismo franquista encontró en el turismo una mina que no parecía agotarse nunca. Llegaban europeos rubios con maletas de cartón, divisas frescas y una necesidad casi biológica de escapar de los inviernos del norte. España les ofrecía playas infinitas, vino barato, pescado recién salido del mar y un sol que parecía firmado por el Ministerio de Información y Turismo. Las grúas se convirtieron en las nuevas catedrales del progreso. Donde había un bancal apareció una urbanización; donde había un cañaveral nació un bloque de apartamentos; donde el Mediterráneo hablaba con los pueblos comenzaron a hablar las excavadoras. Se llamó modernidad, aunque muchas veces sólo fuera prisa.

La democracia heredó aquel paisaje de hormigón y no sólo no lo cuestionó, sino que lo perfeccionó. Cambiaron los ministros, los alcaldes y los discursos, pero permaneció intacta la fe. El ladrillo dejó de ser un material de construcción para convertirse en una ideología nacional. España descubrió que era más rentable vender el paisaje que protegerlo. Cada promoción inmobiliaria se presentaba como progreso; cada récord de visitantes, como una victoria colectiva; cada nueva urbanización, como una prueba irrefutable de que el futuro ya había llegado.

Rafael Chirbes escribió en Crematorio que el cemento era una forma de corrupción moral. No hablaba sólo de edificios. Hablaba de una sociedad que había aprendido a medirlo todo en metros cuadrados y plusvalías. Aquel personaje que veía el mundo como un balance de beneficios no era un monstruo aislado; era el espejo incómodo de un país que empezó a creer que enriquecerse rápidamente era una virtud y que la belleza del paisaje era un obstáculo administrativo.

Con esa prosperidad nació también una nueva burguesía. No la burguesía que fundaba periódicos, abría teatros o financiaba universidades, sino una burguesía de urbanización cerrada, coche financiado, apartamento en la playa y vacaciones convertidas en escaparate. Una clase media que, gracias al crédito fácil y al consumo, dejó de aspirar a saber más para aspirar a parecer más. El conocimiento dejó de otorgar prestigio; el prestigio pasó a depender de la fotografía adecuada.

Las series de televisión hicieron el resto. Mansiones de cristal, piscinas infinitas, terrazas donde nadie parecía trabajar jamás y familias cuya única preocupación consistía en elegir el vino para la cena. Después llegaron las redes sociales y con ellas una legión de nuevos sacerdotes del consumo: los influencers. Ya no vendían ropa ni hoteles. Vendían una manera de caminar, de sonreír, de sostener una copa frente al mar. Enseñaban a interpretar el papel del éxito. El viaje dejó de ser un descubrimiento para convertirse en una representación. Ya no importaba el pueblo, sino la imagen del pueblo; ya no importaba el paisaje, sino la fotografía que demostraba haber estado allí. Instagram terminó donde el NO-DO había comenzado: fabricando un país cuidadosamente maquillado, sólo que esta vez el propagandista era el propio turista.

Y entonces apareció internet, que hizo con el turismo lo que la revolución industrial hizo con la producción: multiplicarlo hasta límites inimaginables. Las agencias de viaje desaparecieron casi sin despedirse y fueron sustituidas por plataformas capaces de vender una habitación en cuestión de segundos a cualquier persona del planeta. El algoritmo comenzó a decidir qué playa estaría de moda, qué restaurante agotaría reservas y qué rincón tranquilo dejaría de serlo después de un vídeo viral. El apartamento turístico fue el hijo perfecto del ladrillo y la inteligencia del mercado digital.

La vivienda dejó de ser un hogar para convertirse en un activo financiero. Ya no se hablaba de vecinos, sino de rentabilidad por noche. Las calles empezaron a cotizar como acciones en una bolsa invisible donde el precio lo fijaban las búsquedas en internet y las recomendaciones de una aplicación. Nunca el paisaje había sido comercializado con tanta eficacia. Nunca un país había logrado que el cliente pagara por consumir y, además, trabajara gratis promocionando el producto. Cada fotografía publicada, cada vídeo compartido, cada recomendación espontánea era publicidad sin coste para una industria que había descubierto el negocio perfecto.

Mientras los beneficios viajaban a la velocidad de la fibra óptica hacia plataformas multinacionales, los costes permanecían en los pueblos. Más tráfico, más residuos, más consumo de agua, más presión sobre hospitales, carreteras y centros de salud. Las ciudades empezaron a diseñarse para el visitante antes que para el vecino. Los cascos históricos fueron perdiendo panaderías, ferreterías y mercerías para llenarse de tiendas idénticas que venden la misma autenticidad envasada. El pescador terminó convertido en decorado; la plaza, en escenario; el vecino, en una molestia estadística.

Y cuando la vivienda se convirtió en mercancía, la juventud dejó de poder comprar el lugar donde había nacido. Las casas ya no se construían para vivir en ellas, sino para producir beneficios. La ciudad dejó de pertenecer a quienes la habitaban y comenzó a pertenecer a quien pudiera extraer una mayor rentabilidad del suelo. Se hablaba de libertad de mercado mientras el mercado expulsaba silenciosamente a quienes daban vida al barrio.

La inmigración entró en escena como consecuencia lógica de este modelo. España necesitaba cientos de miles de trabajadores para sostener hoteles, restaurantes, agricultura, construcción y cuidados. Sin ellos el sistema turístico sería inviable. Sin embargo, el mismo entusiasmo con el que se planificaban promociones inmobiliarias nunca se aplicó a la vivienda asequible, al transporte, a la integración o a los servicios públicos. Después llegaron las tensiones y resultó más cómodo discutir sobre los efectos que reconocer las causas. No era la inmigración la que había fallado; era la planificación de un país acostumbrado a improvisar mientras la caja registradora seguía sonando.

Y, sin embargo, cada verano vuelve el mismo titular. España bate un nuevo récord de turistas. España lidera el crecimiento económico. España es el motor económico de Europa. Tal vez sea cierto. Las cifras de crecimiento, empleo y actividad así lo reflejan. Pero las estadísticas tienen la virtud de iluminar una parte de la realidad mientras dejan otra en penumbra.

La pregunta no es si España crece. La pregunta es de qué vive España.

No es lo mismo ser una potencia industrial que una potencia turística. No es lo mismo exportar conocimiento que exportar vacaciones. Alemania vende maquinaria. Corea vende tecnología. Los países nórdicos exportan innovación. Nosotros exportamos clima, gastronomía, patrimonio y millones de camas perfectamente hechas cada mañana. Nada de eso merece desprecio. Sería absurdo negar el valor del turismo, uno de los grandes activos nacionales. Lo preocupante comienza cuando una nación cree que ese activo puede sustituir a todos los demás.

Porque los motores económicos no se distinguen por la velocidad que alcanzan en una recta soleada, sino por su capacidad para seguir funcionando cuando cambia el terreno. ¿Qué ocurrirá cuando el Mediterráneo compita con destinos más baratos? ¿Qué sucederá si el cambio climático convierte agosto en un mes insoportable? ¿Qué pasará cuando otra crisis internacional vuelva a vaciar los aeropuertos? ¿Cuál será entonces nuestro segundo motor?

Quizá el gran éxito del turismo español haya consistido en convencernos de que un país puede vivir eternamente de alquilar habitaciones. Como esas familias venidas a más que hipotecan la casa para mantener las apariencias, España lleva décadas enseñando al extranjero un salón impecable mientras cierra la puerta de las habitaciones donde se acumulan los problemas: una vivienda convertida en producto financiero, un modelo productivo excesivamente concentrado en los servicios, ciudades pensadas para el consumo antes que para la convivencia y una política que celebra cada récord de visitantes sin preguntarse cuánto paisaje, cuánto silencio y cuánta identidad se pierden por el camino.

No necesitamos menos turismo. Necesitamos menos dependencia. Necesitamos que el turismo siga siendo una fortaleza, pero deje de ser el argumento con el que se aplazan todas las reformas pendientes. Porque un país de casi cincuenta millones de habitantes no puede resignarse a ser únicamente el gran hotel de Europa. Tiene la obligación de ser también un lugar donde se investigue, se invente, se diseñe, se fabrique y se piense y dónde olvidemos los enfrentamientos civiles a los q la historia o el pasado nos ha llevado, sino una sociedad libre y plural q parece q los intereses políticos parecen no querer despojarse por su ambición de arribistas.

Las camas seguirán haciéndose cada mañana. El problema nunca fueron las camas. El problema empieza cuando una nación entera acaba creyendo que su destino consiste únicamente en tenderlas.

 

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