A pie de foto / De libros

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Durante algún tiempo una torre de libros, que a menudo son relecturas, se va construyendo sobre mi mesilla de noche. Cuando la torre alcanza considerable altura con arquitectura desigual por el tamaño de los volúmenes y amenaza con derrumbarse, es el momento de deshacer la construcción a la que pronto sucederá otra mole que repetirá títulos o reemplazará a autores levantada, como la anterior, volumen a volumen, y estos según al albur de las noches.

Hace poco, en una noche de insomnio, miraba los tomos apilados y pensaba en los temas o personajes que contenían y que con solo abrirlos volverían a tomar vida en mi universo particular. En cualquiera de ellos descubriría líneas marcadas, páginas con esquinas dobladas y frases subrayadas que en algunos casos motivaron en un momento de su lectura alguna sensación, emoción o afinidad, pero que al volver a leerlo se convierte, digo alguna de esas marcas, en frases ininteligible o al menos no tan memorable como para concentrar mi atención. ¿Apuntaba mis sensibilidades en aquel momento hacia otros objetivos que la frase corroboraba? Asentir es lo seguro, pues la frase era la misma al igual que el autor pero la relectura no prestaba la misma atención o importancia a mi consideración. La tipografía, al igual que nuestro esqueleto lo es a nosotros, es mero vehículo para transportar el misterioso halo de la vida. Pega a tu oreja un volumen de la Iliada, por ejemplo, y oirás murmullo de campo de batalla, borbotones de sangre por el impulso de una eyaculación.

También hay narrativas totalmente olvidadas, aunque la recordemos de grata lectura, que cuando la revisitamos, cuando volvemos a meter en sus páginas las narices cambia totalmente nuestra consideración sobre los personajes, cómo cuenta la trama el autor o por el contrario nos fascina aún más y encontramos matices antes no advertidos. Estos últimos son los autores de cabecera por los que sucede la vida brotando de sus páginas. Es por tanto, que se convierta en gran desazón descubrir un atisbo de aburrimiento en su relectura como si se tratara de una traición a nuestra perseverancia.

Y es que hay autores de un tiempo concreto que no trascienden a otro, y que si en su momento fueron los faros que nos acompañaron en aquel tremebundo océano de niebla perenne, pasado el tiempo se convierten en equivoca luz que nos lleva directamente al rocoso farallón de la costa para convertirnos en pecios.

No obstante, esto viene a corroborar que nuestra capacidad lectora se va nutriendo de emociones y que esas voces, muchas veces venidas de siglos lejanos, son también parte de nuestra curiosidad para imitar, envidiar o acaso despreciar a los personajes.

A mi parecer, hay un momento crucial en en El Quijote, aquel final cuando el divino loco decide regresar a la cordura para morir; su escudero Sancho le pide que no lo haga, que vuelvan a salir a campo abierto, que no finalice la Aventura. Momento preciso en el que algunas obras, llegado el final, nos convierte en Sanchos ¡Por Dios, que no termine! De sabio autor es decir, ¡basta!

J Celorrio