A pie de foto / De los domingos

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Hubo un tiempo en el que tuve el tedio, que suele suceder a mucha gente, de los domingos y que se inicia con la adolescencia y el primer síntoma de independencia. Los domingos de la niñez, las visitas al quiosco del barrio de la mano de tu padre a por los periódicos y el consiguiente mazo de tebeos que siempre caía en mis manos con un nuevo ejemplar con las aventuras del Llanero solitario, Superman o ese nuevo álbum de cromos que empieza a hacer furor entre tus compañeros de colegio y que durará semanas con compras e intercambios; esos domingos felices, completados con algún cine de tarde, se empiezan a hacer discontinuos cuando la preadolescencia precipita sobre nosotros el primer atisbo de vida propia que se acompaña de una rebeldía balbuciente que irá esculpiendo nuestro ser de futuro. Los caminos están abiertos y en la paella guisada de los genes que somos siempre el sabor de alguno de sus componentes sobresale sobre el resto, que colocado en pole position desatará amarres y abrirá la carrera de nuestra biografía, que luego el grupo escultórico de la memoria cincelará en autorizada, siempre cuidando mucho no esculpir los cadáveres guardados en el armario todos ellos inconfesables.

Vendrían domingos con calles, bares, cines convertidos en espacios familiares de los que huíamos porque nuestra trascendencia estaba por encima de la gris cotidianidad de lo establecido. Domingos de tardes lánguidas, de cafés que cambiaban su aire tertuliano del diario por parejas de vetusta ancianidad y parejas relamidas que paseaban su languidez y espera por paseos que desembocaban en estepario matrimonio tras haber aprobado la oposición administrativa. También, los había solitarios desahuciados de la alegría, huérfanos de cualquier cita dominguera que marcaban el rostro con surcos tristes y mas que pasear arrastraban los pies por las aceras consumiendo sus vidas en soliloquios interiores saludando a la tristeza. Daba pavor ser uno de ellos, encontrarnos con esa soledad no querida que distaba mucho de la mía que era buscada y marcada con el atractivo de la protesta contra el tenaz aburrimiento de lo establecido.

Luego, más tarde, sucederá una tregua dominical como preámbulo a lunes que no ofertan otra alternativa más seductora a la semana. Un tiempo donde todo urde lo necesario para desencontrarnos de cualquier certeza y se empieza a asumir lo inmaterial de los sueños. Es entonces que relativizamos nuestras filias y fobias y entre ellas, entre otras cosas y gentes, indultamos al domingo dejándolo que se impregne de esos paisajes de calles menos concurridas y ruidosas, de un pasar de horas en mullidas tardes grises de invierno o azuladas de verano cuando la chicharra es la banda sonora de interiores de luz tamizada por aquellas lejanas persianas de tablilla que adormecían nuestras lecturas del Capitán Trueno, Rin Tin Tin o algún Bruguera de Julio Verne.

Hoy es un domingo que camina al reencuentro en los sentidos, pues ya no hay tebeos porque los tuyos hace tiempo que desaparecieron en cualquier vertedero de las mudanzas. Solo la memoria los recupera en el color del azul poniente y otoño del mar. Aquella felicidad, luego abulia, más tarde rebeldía están en tu media sonrisa de hoy como paseante solitario que ya no teme la tristeza, la asumes como si cualquier cosa. ¡Qué remedio! Las cosas no son ni buenas ni malas, sino otras, leí en algún sitio.

J Celorrio