A pie de foto / De San Miguel a San Silvestre (un cuento de Navidad) /Javier Celorrio

 

El pasado es un país extranjero; allí hacen las cosas de otro modo.
L. P. Harley (El mensajero)

Se acabó el verano que, como todos, se inicia en San Juan y acaba por San Miguel cuando las acerolas, granadas y membrillos asoman a los puestos de fruta y las “aguayabas” perfuman los aparadores de las casas. Ya pasaron los sofocos olorosos del nardo y nos aguarda las tardes de castañas tostadas en viejas ollas horadadas en su fondo sobre los anafres en los quicios de las puertas. El sol aún tendrá sus mañanas de veranillo y este se irá con un poniente que nos pondrá el color de los atardeceres con paleta de violetas y naranjas y amaneceres calderas, mientras en los dormitorios se hace la muda de ropas veraniegas a invernales desechando, según la economía, las piezas demasiados remendadas.

Noviembre pone su pórtico de luto riguroso y novenas, y las noches ya vienen frías y largas arrebujadas en lana tejida por abuelas y madres en las tardes del póstumo verano. Otoño, alguna tarde lluviosa, le descubrirá en el espejo , a la tía soltera arrugas que confirman las ya previstas sobre el alma y de la que es sabedora no hay Bella Aurora que las tape. La tía hace carne de membrillo con textura impregnada de dorado septiembre y dicen tiene buena mano para las compotas y mermeladas que le salen dulcísimas y amarillas o rojas según el melocotón o la frambuesa y algo acíbar (eso lo sabe ella) si las prepara pensando que también se hizo un ajuar dulce que ya empieza a madurar para la polilla.

Noviembre, en este sur del invierno, se liga de puchero de hinojos y migas de pan, entretanto se ceba al gorrino y al pavo de diciembre en la corrala. Las aceitunas tempranas se inyectan del adobo en las tinajas mirando quitar el amargor de la carne verde y los pulpos son tapices secándose al sol en blanqueos y azoteas. Las manzanas perfuman las baldas de armarios de pino y cómodas de caoba y se hacen sahumerio de hierbas olorosas sobre los braseros de la tarde, preparados para el rosario, y que una y otra vez recibirán la “firma” bajo las faldas de la mesa camilla.

El caedizo sol de noviembre es tempranero y deja pasar entre visillos un cendal dorado que pone en la estancia una pátina de azul rojizo entre flujo del cisco y los muebles nobles de la casa. La radio en sordina transmite un serial a la par que el pedal de la máquina va impulsando la aguja o la tía borda a mano flores de pensamiento que son desengaño sobre el lino tensado por el bastidor y que serán manteles y servilletas para porvenires que alguien desempolvará como elementos de pedigrí familiar o de derribo textil.

Pero una mañana, diciembre despertará enjoyado de energía. La cocina es templo y se busca en la despensa moldes en forma de estrellas, flaneras acanaladas; de los aparadores la bandejas durante un año exhibidas volverán a recobrar su función de recipiente para mantecados y alfajores y a los olores del cisco se unirán al ambiente el de la matalauva y la canela. Se oreara la mantelería bordada junto con las figuras nobles del Belén familiar y zambombas y panderos pondrán la banda sonora a la noche.

La tía ese fin de año no comió las uvas, alegando cierta indisposición que no era otra cosa que ya empezaba a notar sillas vacías a su alrededor y recuerdos que afilaban el sonido de cada campanada. Y dicen que, mientras el jolgorio general celebraba la entrada del nuevo año y el primo de la capital ponía, en su pick-up recién comprado, un disco ye-ye de una italiana llamada Mina que glosaba que el cielo estaba en un dormitorio , ella musitaba la letra de ese triste villancico… el de la Nochebuena se viene y la Nochebuena se va y nosotros nos iremos para no volver jamás. Ella era ya la exiliada de aquel país donde las cosas eran de otra manera.


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