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A pie de foto / El Madrid de Trapiello / Javier Celorrio

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Leo, o mejor devoro, el libro de Andrés Trapiello Madrid. A mi la prosa de Trapiello siempre me ha gustado porque te va llevando, y de un simple paseo, de un cántaro viejo, de una puerta desportillada hace una historia y ahí está lo difícil del narrador, cuando se llega a eso es que eres un grande. El Rojo y Negro de Stendhal está lleno de eso y hace de la historia provinciana de unos amores entre madura casada y aburrida y un joven ambicioso, un novelón «singular», palabra esta última que utilizaba mucho el autor dejando a la imaginación del lector un universo de posibilidades. Pues el Madrid de Trapiello es singular como también La cartuja de Parma tan citada en este texto.

El ecertadísimo entreverado de apuntes autobiográficos de Trapiello, que da cuerpo al recorrido madrileño histórico y geográfico de la obra, te atrapa por que paralelamente tu propia biografía flota sobre esas páginas que vas leyendo. Y es que si has vivido en Madrid, esa ciudad que como dice el autor de la también inconmensurable colección de «Los pasos perdidos«, te hace madrileño sin haber nacido allí, nada que ver con el catetismo excluyente de los vascos con sus maquetos y el peyorativo xarnego de los catalanes a los que son de fuera; pues si has vivido ese Madrid, que todavía en el tardo franquismo de los sesenta guardaba efluvios de aquel pueblo grande y decimonónico de Galdós o del más tardío Baroja, te va oliendo la memoria a las churreras de mandiles impolutos; la vista en los oscuros sótanos donde se vendía el carbón para las calderas de las casas; recorriendo con los carros de los traperos sobre el adoquinado de las calles recogiendo los despojos del pasado; soñando en los puestos de prensa que eran biblioteca de nuestros domingos infantiles; viviendo las tardes de sábado en los cines de barrio con sus programas dobles; oyendo a los serenos con sus letanías al oir las palmas que los llamaba y devolver al olfato los bares de donde salía un olor a vino fuerte mezclado con el vinagre de los encurtidos o las pescaderías de barrio donde olías el mar de todas las costas. Ese es un Madrid que hay en Trapiello, pero también hay todos esos madriles como el político, el social, el económico, el cultural y hasta los bisbiseos y el potín de sus bambalinas históricas y más reciente.

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El gran ejercicio de compilación de datos, anécdotas, realizado para la obra es otro elemento convertido en mágico costumbrismo por la pluma del autor donde, como en aquella mítica Roma de Federico Fellini, pasado y presente se funden mezclados por la experta proporción de un bartender ducho en combinar el acíbar incitante del cítrico con un whiskie añejo o la fluida fermentación del vodka teñido levemente de una gota de martini.

Cada palabra del libro es un adoquín de aquellos barrios madrileños que recorrimos en nuestra niñez o adolescencia y son también los neones de las fachada y techos del Madrid que iluminaban las noches sesenteras y las carteleras inmensas en los cines de estreno de la Gran Vía, nuestro Broadway patrio, como apunta Trapiello, con aquel mascarón del edificio Capitol, dividiendo Callao y Gran Vía, que era una sirena modernista con diadema publicitaria con pavé de «agua con agujeritos». Y esto por aportar un humilde apunte de lo que encuentras en la obra.

«Madrid» es una opera aperta, un paisaje escrito, unos latidos que va marcando el pulso de una narrativa que te enseña y también te abre, alecciona e igualmente te desboca la nostalgia y una guía, que no lo es en sentido estricto, pero te muestra todos los caminos por donde va tu Madrid interior tanto en en el sentido de las dos côtés de Proust como en el rompecabezas refractante que era, lo es para mi todavía, el Cuarteto de Durrell.

Y como dijo aquel maestro de lo «singular»: este libro es un espejo que refleja la realidad de los caminos que se recorren. O algo así.

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