A pie de foto / El pequeño del alma se convirtió en muñeco diabólico / Javier Celorrio

HERENCIA
Facebook
Twitter
WhatsApp

 

En las grandes casas siempre ha habido una habitación cerrada a cal y canto con halo de misterio y en el docudrama de los Pantoja en Tele5 se descubrió que Cantora no es menos. Los tiempos han cambiado y ahora a El Desencanto de los Panero un cinema verité de los ochenta, con todo aquel escándalo de familia bien e intelectual en tragedia griega, ha sucedido este asunto de herencia maldita de un torero y cantaora. Aquel niño de piel de canela, cantado en elegía pop de nuestro tiempo y retratado una y mil veces en la cuatricomía de las portadas del cuore, se ha convertido en tema de Dickens con escenario gótico de Daphne du Maurier y caserón a lo Manderley con, ya digo, sombra de misterio algo necrofílica en una alcoba también digna de Cuarto Milenio donde aparecen y desaparecen capotes de valentía. Al cabo esto último fue la resolución del roman a clef que nos contaron: al fin aparecieron los bártulos de toreo motivo de la disputa entre las sagas en litigio por herencias.

A aquellos poemas familiares de Leopoldo María Panero y progenie machacada de ansiolíticos, alcohol y locura que retratara Chávarri en la anteriormente mentada película, sucede este singular Ama Rosa siglo XXI que sustituye la mítica rebequita de la Bergman, en la también mentada obra, por el chándal de los Pantoja. Como comprobaran nada que ver ninguna de las tres familias, pues ya dijera Tolstoi que las familias desgraciadas lo son cada una a su manera.

«divismo de una madre de mata de pelo para peina y mantilla y que de amantísima paso a ser ambición de faralaes estampado de monises en redondeles de oro»

El pequeño del alma, Kiko Rivera Pantoja desnudó ayer en un directo con Jorge Javier de notario, en la mejor entrevista de silencios en la carrera del presentador( a veces los silencios en periodismo son también preguntas que hay que saber manejar), su psique en suplicio que como era lógico y tal su currículum medíatico había que televisar en prime time bien sazonado de morbo y espectáculo que por no faltar, en la medida coreografía, ni lo hizo el coro que acompañaba a las representaciones del teatro griego.

Dicen que las pandemias a su paso no sólo ejecutan vidas, también quita velos poniendo a la humanidad en el trance aquel del mono que descubre la quijada de mamut como herramienta de poder y que ni quiere ni entiende de afectividades. Ayer la televisión sacó aquella quijada que con el tiempo se convirtió en navajazo de Albacete escarbando la carne más íntima desde las propias entrañas del asunto y en cuya escenografía, bien diseñada para ser digerida, ni falto el rojo sangre del pasodoble, para poner color taurino al ambiente como sangre en la tarde, iluminando un plató que también era ara de sacrificios múltiples, sin que faltase veladas alusiones a sexualidades que no quieren decir su nombre.

No sé como la cantaora habrá vivido este sangriento akelarre televisado, esa catarsis filial en directo que destrozo la zona sagrada del divismo de una madre de mata de pelo para peina y mantilla y que de amantísima paso a ser ambición de faralaes estampado de monises en redondeles de oro.

De cómo ha quedado el vestidor, una vez se ha quitado el alcanfor, es algo que se radiará por capítulos sin cualquier escrúpulo en esta sociedad líquida enferma de pandemias varias, de memorias historiográficas.

En fin, que entre los niños del Bosé, la banderola Veneno, el abrigo trans del Emerito y el mi arma de anoche nos queda pandemia. Ahora esperar de que a alguien no se le ocurra preguntar de qué y del cómo murió el Pozí.