A pie de foto / Hay palabras que son de ida / Javier Celorrio

 

También momentos que lo son y sin vuelta posible. La vida sigue, la vida no es de vuelta, y en su cuneta va quedando mucho mobiliario sin reparación. Alguno de estos muebles merecen una reparación. Otro de esos momentos no habrías querido que se produjeran, aunque ya no tengan solución y alguna vez reconciliación convertida en un camino de cenizas sobre el que intentamos no quemarnos. Pero las palabras son el diccionario particular de quien las dice y que le define. Por eso hay que tener mucho cuidado en decir algo que conlleva alta carga de nitroglicerina. Qué buen consejo ese de contar diez antes de decir algo movido por la rabia, la furia; cuántos muebles se habrían salvado, cuánta soberbia nos habríamos ahorrado y qué arrepentimiento cuya expiación es innecesaria debido a que por nadie es requerida. Todos tenemos en el armario cadáveres al que hemos disparado con munición lingüística fatal por alto calibre. Obvio, que algunos de esos muertos, esos derribos son perfectamente olvidable y que su dialéctica malvada, amenazante retiran el velo de aquellas que nos parecieron buenas intenciones y tan sólo provenían de naturaleza conveniente a premeditada argucia.

Cuántos olvidados y cuántos recordados. De los primeros no queda rastro, pues que la vida puso puente de plata; de los segundos a muchos de ellos nos separó los avatares de la vida, pero siempre tienen un lugar en la memoria, aunque con alguno en su momento hubiese divergencias a las que no se puso impermeable por una u otra parte y el menor chirimiri caló hasta el enfriamiento. Al caso, cuando la memoria contabiliza recuerdos se han borrado los momentos difíciles y siempre es el anecdotario amable el que prevalece.

También hay enemistades enconadas, esas parecidas al binomio amor-odio de alguna relación amorosa mal resuelta y que se enquistan en el tiempo hasta convertirlas en un juego peligroso de seducción y para los que recomiendo la lectura de “Las relaciones peligrosas” de Pierre Choderlos de Laclos. Ante tanta insistencia, lo mejor es que alguno de los contendientes decidan abandonar el campo de batalla y siempre sera el vencedor dejando la servidumbre del odio a quien empecinado se empeña en ser el tonto malo de la historia.

Siempre, que las palabras inconvenientes sean de ida y si hubiese mensajero que las traiga dar portazo, nunca matarlo, pues que eso parecería que nos afectaron.


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