A pie de foto / La vuelta al espumillón / Javier Celorrio

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La vuelta al espumillón

A esta Navidad le va a faltar la propia Navidad tal como la entendíamos últimamente. O sea, que va a ser más de la bola, el espumillón y ese disco de Raphael que se cantaba en Adviento, y menos de led, comilonas sin fin con la fatría laboral y final de karaoke con rap y esos renos de horrorosa chinería que se empeñan en poner los consistorios en las rotondas. Así, la Epifanía 2020-21 será un revival de cuando entonces con su alegría recatada y familiar de pestiño y rosco casero resucitando a esa tieta que trasegaba Machaquito entre la ingesta de fruta glaseada, pastelillos de gloria y bicha de mazapán. Resistirá el Nacimiento con su rio en papel de plata y el cielo de papel azul con la estrella mensajera bañada en purpurina y no esas figuras minimalistas conque mi amiga Sarita adorna de san Esteban a Navidades el loft de sus sueños.

Algún beneficio debía tener este pandemiazo: que las nuevas generaciones aprendan a levitar con la Misa del Gallo y las viejas se vuelvan a tomar las doce uvas en pantufla y bata mientras Joaquín Prat y Laura Valenzuela presentan ¡Viva 1975! el año que lo cambio todo para que nada cambiara a lo que vamos viendo más de cuarenta años después.

Por de pronto, los añejos anuncios de perfumería francesa, a estas alturas de la agenda publicitaria navideña, escasean en la parilla televisiva del primetime, que sólo anuncian el docudrama Pantoja, y mucho menos el de los cavas varios con burbujitas demasiado sexista para la mentalidad MeToo; burbujitas que obviamente tienen un érte o el paro sine die. Lo que sí parece que va para adelante es eso del chocolate nivelador de clases y su moda de contaminar lumínicamente por un día esos poblachones mesetarios y azorinianos de la España vaciada convirtiéndolos vicariamente en fantasía Disney.

Entretanto los padres Escolapios anuncian, en su afán por salvarnos de esta plaga vírica, que no habrá excursión a las grandes superficies pero que el pavo de Acción de Gracias, San Nicolás, Papa Noel o los de Oriente, según fecha, puede que nos traigan, antes que el incienso, la mirra y el oro tradicionales la vacuna para la salud ya que no la de la economía… ¡Leche, tampoco puede ser todo! No obstante, yo le tengo mucha fe a San José, por aquello de ser actor de reparto en la opus, y su vara florida, y un pellizco me barrunta que por primavera haremos cola para el pinchazo milagroso del agüita santa.

De seguir apandemiados, confinados, perimetrados también nos vamos a librar este año de los turroneros, como se les llama a alguno de esos hijos pródigos que un día se fueron de sus pueblos y que vuelven al terruño cuando la fiesta entrañable. Mira por donde va a privarnos de esas maneras supraterrenales de cabeza alta, altanería condescendiente con el pelo de la dehesa adherido al paisanaje, críticas e injurias desde la vaciedad de formas urbanas y probable intelecto vacuo. No saben éstos cursis que el ruralismo se ha convertido en trendy allá por los Hamptons que son el on the top de la gente guapa y bien de toda la vida y que vota a Biden que es lo que suele votar también la mafia desde los tiempos cuando los Kennedy eran los royals USA y por ahí.

Veremos volver la zambomba y al genial acompañante de la hoja del cuchillo frotando la botella del Mono como instrumento básico de un allegreto molto en una sinfonía de Epifanía hecha por Ligetti y ese aroma navideño de nuestra infancia de cuando las muñecas de Famosa se dirigían a Belén.