A pie de foto / Un cartel de Sissi / Javier Celorrio

 

No asevero que al lugar no llegue el tumulto que acontece a Este y Oeste a Norte y Sur de la planicie que rodea el roquedal donde se ubica el bastión defensivo del Castillo que da nombre al barrio, pero sí se atempera en sordina la batahola que impera en la ciudad baja, especialmente en verano, desde hace décadas como singular demostración de que el género humano, en esta sus últimas generaciones, es un alma montada sobre las mimbres de la furia y el ruido que pregona la fiesta y su comercio.

Sólo el rugir de un motorista, cuya identidad se reduce al estrepitoso sonido que monta, rompe este silencio del barrio tal que tela de araña que atrapa el aire, la luz y el tiempo. Este último convierte su estructura en regresión y es entonces la herramienta del recuerdo la que va contando los minutos interiores del que esto escribe como el sonido de chicharras caniculares o aquellas viejas radios que siempre cantaban coplas.

Así, y en mi deambular, algún lienzo de cal me trasporta a azoteas donde las sabanas remendadas ondeaban la luz entre cañaveras colgadas en las que se espetaban boquerones y pulpos secos que amojamados mostraban la piel deshidratada y traslucida de la unión de sus tentáculos bajo la feracidad del sol. En el alfeizar de sus ventanas, orinadas latas de conserva adornaban con mata de jazmín o madreselva las fachadas de bases con cenefas en el siempre refrescante añil o el más caliente minio que mantenía su textura impoluta de la reciente restauración con la proximidad del verano.

Eran aquellos agostos de cuando la tarde vestía su espacio sonoro en sordina de radios que trasmitían un serial de amores imperiales de Centroeuropa que titulaban ‘La renuncia’, una copla que cantaba a Dolores la Colorina o la asfixiante A ciegas y la inefable señora Francis aconsejando la alienación más sini­estra entreverándola con el anuncio de una crema que prometía los más eficaces efectos a mujeres de piel agrietada por el sol y el salitre, y que en aquel momento en el dintel de sus puertas desliendraban cabezas de hirsutas y ásperas cabelleras infantiles. A esto, algún frívolo esteta lo llamo neorrealismo, un izquierdista de salón lo calificaba de lumpen producto del capitalismo feroz, cuando la perdida belleza del mun­do, y a un democristiano le venía bien para su demagógica caridad. Era escuetamente la estampa cos­tumbrista de la España secular per saecula y sus miserias. Ahora la trama es otra, pero el resultado parecido.

No obstante, y siendo el actual escenario otro, aunque no menos alienante bajo la égida de la modernidad que no va más allá de la cosmovisión de la marca o el tipismo absurdo de quienes quieren reinterpretar un urbanismo mediterráneo en anécdota, mi pa­seo se interioriza como viaje ini­ciático a la profundidad de esa cultura menor, para los que piensan cuan­tificándola, que se desliza, mediante el reencuentro, por el plano de las emociones de mi biografía.

De esta manera no es el paseo, el mío particularmente, amable de un viandante a la busca del pintoresquismo o la singularidad: soy un paseante que va internándose en su biografía más íntima y donde el hallazgo de cualquier espeluznante oprobio arquitectónico al buen gusto ancestral de lo mediterráneo (cubismo, curva, texturas y colores puros) me arranca violentas imprecaciones contra la cultura del ladrillo y la especulación reinante en la segunda mitad del siglo XX con la absoluta deflagración de estos primeros años del XXI que preanuncian una necesaria reformulación económica y política de la sociedad.

Hay quien, a la vista de una pequeña fotografía, en una instalación hace años hice en la Casa de la Cultura sexitana, donde se retrataba una pared muy deteriorada con el cartel harapiento de una película de Sissi de la época, quiso demostrar su agudeza en el mundo de la imagen y sus modernas herramientas de computadora, indicando que la imagen era un descarado photo­shop, como si se tratase de una trampa para el espectador, cuando por el contrario esa herramienta la utilizaba servidor para expresar una narrativa que sería impensable sin su existencia y por tanto la recreación gráfica de un momento de mi particular sentimentalidad. El gran Mario Testino, dice al caso, que retocar es eliminar lo que te distraiga. Las fotos en su estética cuentan una historia y en este caso es ese su fin último. Lo indebido sería manipular la imagen gráfica de una noticia periodística donde todo debe contener veracidad.

Así que, con descaro o sin él, la intención es materializar mis percepciones de otras realidades privadas y anímicas visualizándolas sobre la realidad de un plano hasta conseguir el efecto pretendido.


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