A pie de foto / Un marco con interior vacío

marcovacio1200
Facebook
Twitter
WhatsApp

 

Mientras parte de España disfruta del veranillo de San Miguel con playas sobre las que dormita el ciudadano en paro de los lunes bajo el último sol de la verbena del verano con mascarilla, uno tiene el marco vacío, sin paisaje. También es verdad que a veces un marco vacío es mejor que acotar una figuración, una abstracción o un collage que no nos diga nada, y es que rellenar una pared con cualquier cosa es dejarla vacía: preferible un minimalismo de espacio limpio a una palabra que delata la falta del mínimo ingenio, inteligencia, bisoñez, de esos que declaman el quijotesco «yo nací por querer del cielo en esta nuestra edad de hierro para resucitar en ella la de oro…», convirtiendo el deseo genial en mixtificación para el discurso político, sacrificado, altruista de quienes no conocen la vergüenza. De grandes y salvadoras «palabras» están las tumbas llenas.

Un marco huérfano es un día vacío que como folio blanco es mejor no escribirlo. Describir la nada y hacer un ejercicio impecable de escritura solamente lo hacen los grandes que saben sacar argumento de cualquier nadería. Miren a Tolstoi y su Anna Karenina que con la definición de la familia con que inicia la novela asistimos a toda una definición sociológica del núcleo familiar. Tras eso ya sabemos que el interés está servido.

Cuando no tengo nada que mirar como hoy, vuelvo mis ojos a Rothko y a su modulación del color o a Velázquez y el azul y oro del traje de la infanta Margarita. Son como infinitos horizontes de mar y cielo cuando la luz da el matiz adecuado llenando la nada de ser. Ahora hay muchos días que se acercan al marco sin oficio, a la penumbra sin matices, a la senda sin cualquier palabra que la nombre. Mal empieza el otoño de cansancios, ya lo fue la primavera y el verano. La orla de 2020 está vacía, sin promoción, sin discurso.

Siempre queda el color de la castaña, el rubí de la granada, ese pálido naranja del caqui sobre los que reflexionar. El resto, al menos hoy, es un cero infinito.

Javier Celorrio