A pie de foto / Y ahora septiembre

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«Este verano es un poco tétrico. Hay algo de siniestro en las precauciones, las mascarillas, esa vigilancia permanente. Somos huéspedes de una especie de campo de concentración benévolo». Fernando Savater

 

O sea, que vamos a septiembre o un día después de que la rubia o el rubio nos abandonara ayer rumbo a su destino y nos dejara infectados de amor y que no de Covid. Eso es lo que tenía  un amor de verano de entonces, que tú te quedabas y ellos se iban o viceversa. Ahora todo aquello es pasado y en la «nueva normalidad» todo es «extraña anormalidad» y a lo mejor lo que nos deja el genérico rubio en nuestra carne morena es un virus que nos consume por un beso que dimos en el puerto que decía Manolo Escobar en aquella coplilla muy finales años sesenta y cuando el verano tenía canciones: «Por un beso que le dí en el puerto, han querido matar mi alegría. Por un beso que le dí en el puerto me encuentro metío en esta prisión. Si lo llegan a saber mis huesos le lleno de besos hasta el corazón.» En lo del beso punitivo, una época y otra coinciden en el confinamiento y es que cuando entonces por besar en la calle te metían en la trena y ahora puede que te ingresen en la UCI. Todo fatal.

En una de estas noches de agosto he sido nocturno, por ver como el personal guarda y respeta la normativa, y he descubierto que la canción aquella de «Contamíname» de Ana Belén puede ser banda sonora del verano. Y es que en este guirigay descontrolado de prohibiciones ante la alarma sanitaria se debería haber contado con psicólogos, sociólogos y hasta videntes, más que con virólogos que recomiendan el libro de Petete de los-las influencers para conducir el rebaño que es variado y va a lo suyo con don babélico en su singularidad, pero que una vez que es muchedumbre se humedece del peculiar sudor único de toda masa y se hace soluble ante el canto de sirena. Y esto no se resuelve con una Babel de Comunidades Autónomas, un galimatías para el ciudadano en general que requiere un Pentecostés esclarecedor y que el Gobierno Sánchez parece no querer atender o para el que no encuentra la paloma informante. Lo que pasa es que nuestros gobernantes ve a la tercera edad atenta al pulpito de Sálvame y a la juvenalia seguidora de instagramers  y sus poses descoyuntadas. Qué lejos estos tiempos de aquellos de la ceja ZP, que quedaba mucho más Vogue y sus fotógrafos.

Así, que se nos va el verano arrastrado del primaverazo (entelequia de carne sobre carne) de los deseos confinados a una sexualidad de camisón con apertura o de mano de Archidona; un verano que anuncia otoño con la ola pandémica de última generación y una portada de amores de torero y cantaora (ahora instagramer) y un emérito en los cantares de ciegos y los cuplés picantones de la Belle Epoque.

Un verano que ni tuvo canción ni salud para amarte. Gigliola, ahora resulta que otra vez no tenemos edad.

J Celorrio