A pie de página / Javier Celorrio/ Del ángel y todo eso

 

La ilusión, la emoción, la sorpresa siguen en un rincón de nuestra memoria dispuestas a desatarse si sabemos encontrar en el recuerdo de nuestra vida cuando su autenticidad fue lo primordial de aquel preciso momento. Ahí quedó refulgente, indeleble el asombro ante la aparición del prodigio, y su magia la única realidad posible que nos rodeaba.

T. S. Eliot lo plasmó bien en un poema titulado «El cultivo de árboles de Navidad» en donde escribe que de todas las actitudes hacia ella ( la Navidad) es el espíritu de asombro del niño el que prevalece y que la «Fiesta como un acontecimiento no aceptado como pretexto» es «arrebato refulgente» para el mismo. Arrebato que sostengo.

Y nunca hubo lugar seguro donde me sintiera más protegido, que aquel tiempo donde la estrella anunciada por el ángel cruzaba el cielo y venía a posarse sobre el árbol de Navidad a cuyo pie, y bajo las cascada de bolas de colores, luces y espumillones, encontrábamos las figuras idealizadas en barroco de los personajes de aquel Misterio del nacimiento. Cuánto ficcionamos (¿o acaso era cierto?) con las figuras que componían la historia asombrosa de aquella familia con un neonato que era hijo de Dios con madre de nombre María, sin preguntarnos que papel desempeñaba el marido llamado José en aquella monarquía celestial pero pobre de toda pobreza, aunque de guardianes tuviesen ángeles, llevaran halos de divinidad y, por si faltase poco unos enjoyados reyes provenientes de oriente visitaran el establo para llevarles al recién nacido regalos tan exóticos como singulares, todo ello contando con nuestra veneración más entregada. Era una conjunción de inocencia y credibilidad, sin cualquier sospecha para cuestionarla, que no vuelve a repetirse en nuestras vidas y que pronto, tal que dice el poema de Eliot ésta se convertirá en «aburrido acostumbrarse, la fatiga, el tedio, la conciencia de la muerte,…» y al aprendizaje equivocado de que hay ciertas cosas que más vale mantener cerradas y ocultas.

En esta Navidad, distanciada y embozada, alejada ya de aquella otra de la edad de la inocencia y distinta a cualquier otra en el jolgorio, la sentimentalidad se convierte en escape e incluso incluye la oportunidad de resetear la tristeza para diluirla en la propia experiencia de vivir una situación anómala pero no por ello auténtica, diferente y sin referente cercano en su anomalía. Porque a nivel individual hemos podido vivir Navidades en circunstancias adversas, tristes, con ausencias definitivas al resto de nuestra vida, pero nunca generalizadas a nivel social como las de este año, que por razones evidentes va a marcar el fondo de nuestra experiencia colectiva y que algunos preven de viaje largo y otros como de inevitable aceptación de que lo excepcional se hará costumbre.

De improviso, en algún momento de estos días, aquella experiencia de la Navidad ha tomado su ropaje de ilusiones y por la ventana han vuelto a visitarme los Reyes Magos; he visto nítidamente sus ricos ropajes, la vistosidad colorida de su caravana, la visión de los pajes deslizándose a los pies de la cama para dejar los regalos. Recuerdo que entonces mi relato, a la mañana siguiente a la visita, no provocaba en los demás mi mismo entusiasmo; notaba cierto desinterés a lo que para mi era prodigio de que hubiese visto a sus majestades en todo su esplendor. Y los vi y, aunque contra toda evidencias digan lo contrario, con tozudez de Tauro me mantengo en mis trece de que los vi.

Al final de su poema, Eliot señala que «de modo antes del fin, la octogésima Navidad los recuerdos acumulados de emoción anual queden concentrados en una gran alegría que también ha de ser un gran temor, como en la ocasión en que el temor invadió todas las almas: porque el principio nos hará recordar el fin y la primera venida, la segunda venida.»


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