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A pie de página / Somos / Javier Celorrio

Restaurante Bambú

Somos una poquedad, una causa breve en esa tocata y fuga del efecto Big-Bang en el que viajamos y del que desconocemos todo. Se nos ha olvidado que venimos de una proteína salida de una sopa gelatinosa y asquerosilla y que somos, como dice el bolero, dos gotas de llanto en una canción, esos somos nada más. Así, ¿de qué extrañarnos que un diminuto virus, un monstruo entre otros muchos que vienen de esa misma sustancia, intente exterminarnos sin carta de presentación y mucho menos sin instrucciones de uso? Desde el espermatozoide hasta el último conflicto bélico, lo único cierto es que el átomo de la vida es un gen que nos toma por un taxi y al que servimos en el viaje con gorra de plato hasta decidirse por otro, no sin antes, maleducado viajero, dejarnos hecho purita chatarra y en el desguace. Entretanto, vivimos de la calderilla que va marcando el taxímetro e inventando pasiones que nos deslumbran, ciegan o adelanta el fatal desenlace.

Lo asombroso de todo esto es la resiliencia que mostramos ante la continua entropía a la que todo conduce, logrando inventar parchear la cubierta, pero del interior de eso intangible que nos habita, para unos alma con palmas celestiales y para otros memoria genética, un cuarto milenio con más presencias de ultratumba que la casa de la Pantoja, nos sale el mono aquel que descubrió doble función a la quijada o el fémur del mamut: alimentar primero y ser herramienta después que blandir como defensa o agresión. Entonces ya fuimos como el gen que nos tomó como cocherito leré: pura supervivencia que dejamos y tomamos al antojo.

Restaurante Bambú

Y en esta sobrevivencia estamos, unas navidades víricas donde el Covid cae como aquellos copos de nieve que tanto cantaron en el pick-up Bing Crosby y Frank Sinatra. Y ni tenemos a la Ruano para que nos ponga la zambombá en la plaza del pueblo. Este año lo vamos a celebrar acorazados de mascarilla contra el pequeño tamborilero y con un rocío hidrogélico o por ahí y mucha distancia. ¡Unas navidades de mierda! que dice un vecino rapero, al que por cierto nunca le había gustado la Navidad, pero al que este año el espumillón, el gorrito Noel y toda esa parafernalia de los peces en el río le causa una nostalgia desbordada. Lo que es estar a la contra estamos, como la gata de la tía Flora.

Venimos de la casualidad de un átomo, y desde el mono aquel hemos sido capaces de pintar bisontes,  llegar a llenar el silencio cósmico con el Mesías de Haendel y hasta secuenciar en un laboratorio la proteína primera. Somos ese magma primigenio, sopa gelatinosa de inteligencia pero también de estupidez igualadas en el reparto, donde a veces gana una y en ocasiones otra. Un compuesto binario, esos somos, dos gotas de llanto en una canción. Y sin remedio.

Angara Verano
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