Adamuz: Tragedia y ejemplo / José María Sánchez Romera

La tragedia ferroviaria de Adamuz nos deja muchas lecciones, una de ellas, no menor, es la capacidad que atesora cada persona para hacer el bien sin necesidad de normativas, reglamentos, órdenes o mecanismos de coacción. No bien se hubo conocido el desastre el pueblo cordobés en una reacción inmediata, más rápida incluso que la fuerza organizada, acudieron a ayudar a las víctimas de la catástrofe. Sin planes ni jefes y con perfecta adaptación a lo que requería el acontecimiento se formó un orden espontáneo donde cada individuo prestaba su ayuda a los que lo necesitaban sin interferir con otros. Los socorristas improvisados no conocían la ideología, riqueza u origen de los que rescataban, tan sólo veían semejantes que necesitaban manos y voluntad con las que salvarles la vida o librarlos de mayores sufrimientos. Un impulso natural modelado por siglos de paciente y constante progreso civilizatorio consiguieron lo que ninguna planificación impuesta alcanzará nunca. La caridad natural y libre derriba los muros que solo ambiciones desmedidas de poder pretenden levantar entre la gente.

Es paradójico, sólo en términos lógicos, no políticos, que un desastre ocurrido en un Estado que presume, y se presume, del Bienestar una de las narrativas se está tratando de introducir es que en lo ocurrido tuvieron influyeron los excesos liberalizadores que permitieron el incremento del uso de las vías férreas a otras empresas, de lo que se sigue forzosamente que la “liberalización” habría actuado como causa eficiente del fatídico descarrilamiento ocurrido en pasado día 18 de enero. Se ve que recuperados paulatinamente del golpe a la narrativa triunfalista de la España que viaja en cohete y anticipa (Puente) trenes a velocidad de 350 km/h, los grupos mediáticos que hacen funciones de cámara de eco gubernamental han ido encontrando con el transcurso de la semana diversos subterfugios obtenidos de la peculiar heurística que practican (incluidas las ruedas cuadradas que, cuadrando el círculo, supuestamente incorporan los trenes según una imaginativa tertuliana). Incluso el cambio climático ha contribuido al argumentario escapista atribuyéndole la caída de un muro sobre una vía causante de otro fallecimiento. Todo esto desenmascara cuánto hay de impostura, especialmente en lo relativo al rápido olvido, para esto no hay memoria, de sucesos luctuosos anteriores, ante los que se hacía inmediata atribución de responsabilidades a los dirigentes políticos concernidos y graves acusaciones sobre comisión de delitos, no esperando ni veinticuatro horas para formularse porque la izquierda y sus terminales, siempre que las responsabilidades no les afecten, no admiten demoras, tampoco moderación ni prudencia. Pero el dolor no hay que politizarlo…ahora, porque en función de bajo qué administración han ocurrido los hechos el protagonismo es para el relato.

Y es que los relatos constituyen una de las mayores adicciones del socialismo en general y en particular de todos los socialismos que lo son dado el carácter performativo que atribuyen al lenguaje: lo que se nombra, es. El socialismo español junto a los distintos partidos y nomenclaturas que postulan la misma ideología no son una excepción, el intervencionismo no tiene que justificarse por sus resultados sino por los objetivos marcados por los mágicos proyectos que elaboran los planificadores sociales. Esa lealtad tanto a la idea como a los medios para implementarla no admite transacciones, si acaso alguna modulación transitoria que forzada por las circunstancias venga obligada para salvar la cara. Al Sr. Puente se le ha visto pasar de “jabalí” (en términos orteguianos) a estadista mesurado y didáctico desde el domingo del accidente porque tiene a las familias de cuarenta y cinco muertos destrozadas y convencidas de que podría haberse evitado el desastre de haberse atendido las múltiples y graves incidencias reportadas en vez de estar buscando tan a menudo polémicas en las redes sociales. El estado de ánimo de los familiares de los muertos y heridos ya ha dejado como anticipo, simbólico por el momento, la negativa a participar en el llamado homenaje que se les iba a rendir. Pese a lo pretendido por el Ministro un frenesí de ruedas de prensa sin admitir la más mínima responsabilidad cuando las cosas ya no tienen remedio no lo distingue de otros políticos. La cautela debería aconsejarle evitar las comparaciones y dejar la soberbia a un lado porque hace dudar de esa recién estrenada empatía.

De todos modos, es preciso entender, para no confundirse, que los cambios en forma de rectificaciones de fondo que nunca llegarán. Por eso, el atribuir la tragedia de Adamuz a los excesos de la liberalización del uso de las vías férreas, y otras excusas que se usarán, no es otra cosa que la expresión de esa persistencia en una ideología que utiliza el arma de la narrativa para inmunizarse ante la realidad de una ampliación que ha sido diseñada por una empresa del Estado con directivos nombrados por el Gobierno, partiendo de la falsa premisa de la eficiencia estatal que garantiza la capacidad económica y logística con los que se asegura la indemnidad de los pasajeros. Los hechos no pueden ser más contrarios a los datos ni más sometidos al relato. La pretendida superioridad de los gestores públicos no deja de ser un mito fabricado por la propaganda de los propios estados, más agresiva cuanto más intervencionista, que buscan legitimar sus crecientes intromisiones presentándose como imprescindibles para la sociedad. La respuesta voluntaria de todo un pueblo sin otros medios que su determinación por ayudar a quienes estaban en tan graves dificultades, obviando incluso los peligros que ellos mismos podían correr, nos proporciona el contraste adecuado frente a la confusión y escasa operatividad que evidenciaron los sofisticados y costosísimos mecanismos de control del tráfico ferroviario que han quedado rebajados a simples tigres de papel. En Adamuz quedó de nuevo demostrada lo letal que puede llegar a ser esa fatal arrogancia.

José María Sánchez Romera

 

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