Al hilo de las horas / Lectura solo autorizada para mayores de 50 años

Ilustración  y texto Javier Celorrio

» He disfrutado mucho la segunda primavera que comienza cuando termina la vida de las emociones y relaciones personales; de repente he encontrado -a los cincuenta años, digamos- que una nueva vida se ha abierto ante mí, repleta de ocasiones para  pensar, estudiar o leer. Al llegar a esa edad se descubre el placer de asistir a exposiciones, conciertos y a la ópera, con el mismo entusiasmo que a los veinte años. Durante cierto tiempo la vida personal absorbe las propias energías, pero en esta edad recobra de nuevo la libertad de volver la vista a lo que nos rodea.. Parece como si un nuevo caudal de ideas y pensamientos surgiera de ti. Con el tiempo, por supuesto, llegan las penalidades de la vejez: el descubrimiento de que constantemente se resiente algún lugar del cuerpo: si no se tiene lumbago, se pasa uno el invierno con reumatismo en el cuello de manera que es un calvario volver la cabeza o se tienen trastornos de artritis en las rodillas y no se puede estar mucho tiempo de pie ni bajar cuestas demasiado empinadas; todo eso ocurre cuando llega la vejez y hay que aceptarlo. Creo, de todas maneras, que el agradecimiento que uno siente por el regalo de la vida durante estos años, es mucho más fuerte y vital que nunca. Tiene algo de la realidad y de la intensidad de los sueños; a mí, todavía me entusiasma soñar».

Esto lo escribía la abuelita Agatha Christie al final de su autografía. Lo he copiado literalmente, porque creo que cuando ya estás en la edad que describe la señora del misterio todo eso nos ocurre. Pero, además, encuentro el consejo de una vitalidad tremenda digna de imitarse y que nos hace recordar que cada estación de esta vida tiene sus compensaciones . Aparte, que de las cosas más banales estás de vuelta y sabes dilucidar el grano de la paja.

Encuentro idiota esos comportamientos que permanecen uncidos como las bestias a la noria en particulares odios y ambiciones. Gente aburrida que haría bien en jubilarse de todas esas falencias que dicen y por el contrario colgar el personaje para darse atracones de Poirot y la señorita Marple mientras esperan plácidamente el olvido, pues como dice el refranero: «Todas las cosas tienen su tiempo y sazón, y siempre la olla y canjilón”. Pero nadie hablará de nosotros cuando hayamos muerto, por mucho que fuéramos la generación boomer del pasado siglo.

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