Almuñécar, ciudad pionera en la industria del azúcar / José Ángel Ruiz Morales

 

La ciudad de Almuñécar ha sido, a lo largo de la historia, precursora en materia agrícola. La bonanza de su clima, su fértil vega y la presencia de dos ríos ha sido fundamental para el aclimatamiento de plantas y frutos procedentes de diversas partes del mundo. Sin embargo, ha existido un producto, hoy prácticamente olvidado, que ha caracterizado su devenir cultural y social a lo largo de muchos siglos. Hablamos de la caña de azúcar o “Saccharum officinarum” en su nombre científico.

Fueron los musulmanes quienes trajeron esta planta hasta Almuñécar, convirtiéndose con el paso de los años en el producto más famoso, junto con las pasas, de esta ciudad. De la importancia que adquirió este producto a lo largo de la edad media, nos habla el asentamiento de comerciantes genoveses en la ciudad o el edificio llamado Aduana del azúcar, situado en la zona de la Puerta de la mar. El viajero alemán Jerónimo Múnzer cantará las excelencias de la caña dulce cultivada en los campos de Almuñécar en el año 1494: “Almuñécar, muy conocida por su producción de azúcar, cuyas cañas alcanzan a veces seis y siete codos de longitud y un grueso como la muñeca”.

Hasta cinco ingenios y trapiches (la diferencia entre uno y otro es que el trapiche se mueve por energía animal y el ingenio por la energía del agua) llegaron a subsistir a la vez en la ciudad y alrededores, y para reglamentar su producción y elaboración el cabildo de Almuñécar fue unos de los primeros en elaborar las primeras disposiciones sobre estos temas en el año 1516, siendo recopiladas a lo largo de ese siglo, como recoge la petición de la ciudad de Vélez Málaga para el “Traslado autorizado de las ordenanzas de la ciudad de Almuñécar para el funcionamiento de sus ingenios azucareros, a petición de un representante de la ciudad de Vélez Málaga” en el año 1577.

La explotación de la caña de azúcar decaerá a finales del siglo XVIII, entre otros motivos, por el cansancio de las tierras y la degeneración genética de la planta, a pesar de los intentos, de la recién constituida Sociedad Económica de los Amigos del País de Almuñécar, por mejorar su cultivo, y de la pionera solicitud que la ciudad de Almuñécar propuso en el año 1788 a la Real Chancillería de crear un Montepío del azúcar que ayudase a la reparación de los ingenios de la ciudad y atendiese a los labradores que necesitasen arreglar sus parcelas, quedándose en este Montepío los más de ochenta mil reales que cada año debía aportar la ciudad al Real Arbitrio de su majestad.

A partir de las primeras décadas del siglo XIX será un almuñequero, Miguel Márquez, quien revitalice de nuevo dicho cultivo introduciendo una nueva variedad denominada “caña grande de Otahiti” procedente de Cuba, de mayor porte, y que aportaba mayor calidad y cantidad a la producción, extendiéndose su cultivo desde aquí a otras ciudades costeras.

La industria del azúcar alcanzará su cénit durante la segunda mitad del siglo XIX, con la construcción en la ciudad de Almuñécar de la fábrica de la Sociedad Azucarera Peninsular que instalará la primera máquina de vapor en España, que aplicaba el sistema francés Derosne y Cail, el 30 de julio del año 1846. La introducción de esta maquinaria implicó un cambio radical en el proceso de fabricación y supuso también un cambio ecológico fundamental, pues ya no era necesario podar la ingente cantidad de madera que consumían los ingenios, causante de la deforestación de toda esta zona, sino que el propio bagazo de la molienda de la caña era utilizado como combustible.

Grandes fortunas surgieron de este nuevo renacer del azúcar en la ciudad, y buena muestra de ello es el conocido Palacete de la Najarra. Sin embargo, este monocultivo también trajo consecuencias muy negativas para gran parte de la población que dependía única y exclusivamente de la zafra y que ante cualquier crisis de la caña de azúcar: “el espectro del hambre y la miseria se cernía sobre la hermosa ciudad del antiguo Sexis”, como sucedió el año 1911, cuando 100 personas de Almuñécar y La Herradura embarcaron desde Gibraltar hasta Sudamérica buscando un trabajo con el que poder ganarse la vida.

En el año 1956 cerró la Azucarera Santa Teresa, última de las fábricas de azúcar de una de las ciudades pioneras en su cultivo y que después de mil años de floreciente actividad sólo ha conseguido conservar parte de una máquina de vapor en la calle Bikini, una chimenea en el cementerio municipal, como testigo de la fábrica “El Magnífico” que allí había, algunos nombres de calles, restos de un pequeño trapiche situado en el Castillo de San Miguel y parte del acueducto que surtía de agua al Ingenio Real, situado a la entrada del barrio de San Sebastián.

Foto: Lucien Roisin Besnard. Zafra en la vega de Almuñécar. Año 1926.


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