Andrés Palacios: Aquel tiempo de valientes / José María Sánchez Romera

Para tristeza de todos y en especial de sus amigos este viernes nos ha dejado Andrés Palacios, quien marcó una época de la historia local del centro derecha almuñequero. Cuando se evocan los precedentes la primera tentación es recordar a Jorge Manrique con aquello de “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Es una trampa en la que fácilmente se cae y que olvida las circunstancias que en cada momento tienen sus protagonistas para tomar decisiones. Los ojos jóvenes ven con desmedido optimismo lo que les rodea, los de la experiencia saben que casi nada, pasado o presente, es lo que parece y, en todo caso, menos de lo que parece. Por eso como nos enseña Balmes en “El Criterio”, “el pensar bien consiste: o en conocer la verdad o en dirigir el entendimiento por el camino que conduce a ella”.

Y hubo un tiempo en que era una verdad conocida en que ser de Alianza Popular o del Partido Popular, ser en definitiva de derechas, era una singularidad (incluso mayor que la actual de Cataluña) que dificultaba el compromiso. España era entonces un país de izquierda (con los matices que se quieran respecto a la actualidad) en la que el Partido Socialista encadenaba mayorías absolutas. AP o PP eran herederos del franquismo según la opinión dominante de la época hasta alcanzar la condición álgida de verdad oficial. Para el compromiso político público fue sin duda un tiempo de valientes porque incluso llegó a deambular por nuestra tierra andaluza una banda de asesinos en serie que podía elegir como objetivo a un modesto concejal que se dedicara a misiones tan represivas como ocuparse del turismo de su ciudad. Por esas y otras razones no se exagera diciendo que fue un tiempo de valientes. Aquellos que dieron un paso adelante desbrozaron el camino que legitimó que la derecha gobernara España y que el electorado pudiera comprobar que muchas cosas se podían hacer de modo diferente sin que las libertades políticas y civiles, muy al contrario, corrieran el menor peligro.

Andrés Palacios fue un actor de aquella época que fue preparando del escuálido triunfo del Partido Popular en las elecciones de 1.996 pero que cambió para bien tantas cosas en el país. Luego vinieron los relatos de la memoria sesgada que quieren matar datos como que los jóvenes se independizaban y su vida solía adquirir un curso ascendente, algo que ha sido normal hasta la actualidad. Nada habría sido igual sin gente como Andrés que defendieron las ideas del centro derecha sin complejos. Para la hemeroteca queda cuando recién formado el Gobierno “popular” en 1.996 el Ministro Arias-Salgado visitó la comarca para impulsar la autovía de la Costa prometida por el Partido Socialista cada cuatro años y que nunca llevó a cabo. Aprovechando la presencia del Ministro los representantes políticos de la zona acudieron a reclamarle la ejecución de la autovía con especial virulencia los de los partidos de izquierda. Y ahí estuvo Andrés expeditivo para recordarles que en trece años de gobiernos socialistas no habían abierto la boca y ahora exigían las obras de inmediato. En un tiempo tan extraño como que los ministros eran de todos los ciudadanos, Arias-Salgado hizo de “puente” (bueno) entre las partes y puso paz en la discusión asegurando que se iniciarían los trámites para hacer realidad una infraestructura tan esencial y por la que ahora circulamos como si siempre hubiera estado ahí.

Con Andrés compartí aventura política tan normal como lo era en aquella época que la gente joven pudiera obtener su independencia accediendo a una vivienda. Diferir dentro de los partidos y presentar proyectos distintos formaba parte del funcionamiento democrático de los partidos como exige la Constitución. De todo aquello que tanto fue o pareció ser entonces nada queda, excepto descubrir a la persona que era Andrés: leal, cabal y fiel, no daba pasos al lado ni atrás, siempre mantenía la posición. Cuando la política actual se ha llenado de tanto pistolero a sueldo por un cargo, emociona el recuerdo de lo vivido entonces y se aprende que a veces la lealtad al partido no es hacer siempre lo que dice el partido, aunque se haya de pagar un alto coste por ello. Por suerte, todo después se recompone, las diferencias se olvidan y el paso del tiempo sutura las brechas por grandes que fueran.

En fin, Andrés, amigo, que estés en el mejor sitio que se pueda estar después de la existencia física, aquí te quedas firme, como tú eras, en el recuerdo de todos y con la esperanza del reencuentro.

 

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