ARANCELES Y LIBERALISMO
El pasado 2 de abril Donald Trump no dio inicio a lo que él denominó Liberation Day, sino en realidad al Liberalism Day. Lo que después de casi un siglo después de desprecios o ignorancia deliberada de la literatura económica liberal de grandes pensadores como von Mises, Hayek, Popper, Rothbard o Nozick, Trump, ha traído el triunfo del liberalismo haciendo innecesarios los esfuerzos didácticos y teóricos que los autores mencionados hicieron para demostrar cómo la libre acción humana es lo más beneficioso para el progreso. Mises lo explicó de una forma muy elocuente contestando a quienes ridiculizaban la defensa del gobierno limitado: no es más ridículo que un gobierno preocupado por la preparación del chucrut, la fabricación de botones de pantalones o la publicación de periódicos. La súbita conversión global al librecambio no ha encontrado excepciones, al punto de convertir en amables repúblicas dedicadas al comercio a férreas dictaduras comunistas como China y Vietnam, donde han debido sentir a Karl Marx revolviéndose en su tumba viéndolas fetichizar la mercancía, el símbolo capitalista que sostenía la explotación del proletariado por parte de la burguesía.
Ahora bien, advertida la parte irónica que el instinto desarrollado por tanta prensa y políticos que entiende que llevarle a Trump la contraria es la vía para acertar, no debemos dejar que eso oculte cuestiones mucho más esenciales. No tendría que ser discutible que los USA pueden utilizar su soberanía para desarrollar las políticas que tengan por conveniente, más allá de que no sean las más acertadas o le acaben siendo incluso perjudiciales, porque es lo que han votado los americanos de forma consciente en tanto que previamente anunciada por el ganador de las elecciones (aunque eso en España pueda causar bastante desconcierto). No es razonable pretender que las naciones y los estados de todo el mundo puedan tomar sus propias decisiones políticas y económicas, pero no los EEUU en base a que interesa al resto del mundo tener un próspero mercado en el que vender sus productos. A ningún país se le impone la servidumbre de convertir la conveniencia ajena en una obligación. Ello por otro lado no es sino la penúltima expresión del tradicional antiamericanismo, ahora con excusas reforzadas cuando alguien como Trump tiende a convertirse en un inmejorable hombre de paja, basado en cuestiones ideológicas y/o geoestratégicas. Baste recordar cómo la izquierda no movió un solo manifestante a finales de los años setenta cuando la URSS desplegó sus misiles nucleares SS-20 apuntando hacia Europa, pero, eso sí, llenó las calles de todas las capitales del continente para protestar cuando, en respuesta, la OTAN, cuatro años después, y tras fracasar las negociaciones con los soviéticos, hizo lo propio con los misiles PERSHING y CRUISE. Por tanto, no es difícil aventurar que si Trump hubiera decidido suprimir los aranceles en vez de elevarlos estaríamos oyendo hablar de capitalismo salvaje y de una estrategia para obligar a competir en peores condiciones al resto de los países. Esto último no es ninguna especulación ya que la teoría del colonialismo capitalista explotador de los países pobres por medio del libre mercado internacional ha sido una idea tradicionalmente sostenida por la izquierda que no tenía inconveniente en denunciar a su vez que la causa de la pobreza endémica de Cuba era el embargo comercial estadounidense, algo contradictorio, ya que se supone que, libre el régimen cubano de esa colonización económica, debería ser muy rico. Pero claro, la coherencia es la muerte de la propaganda y a eso no puede renunciar ningún populismo.
Antes de seguir, conviene reparar en el estado de excepción que no nos abandona desde hace cinco años y que ha servido para justificar todo tipo de decisiones políticas que han ocultado otros problemas que no han querido afrontarse. No bien nos íbamos recuperando de la pandemia, cuando la guerra de Ucrania exigió una atención exclusiva, trasladada después al rearme europeo (¿qué ha sido de él?) para, ahora, no tener otro asunto de preocupación que los aranceles americanos, un hecho tan excepcional y novedoso que se remonta en su existencia a civilizaciones como la egipcia o la mesopotámica. Lo cierto es que nuestra vida económica está llena de regulaciones, impuestos y trabas de todo tipo que, hasta el debate sobre los aranceles, no causaban ninguna alarma, todo lo contrario, eran medidas necesarias e imprescindibles para garantizar nuestros estándares de vida. La inmensa mayoría de los medios de comunicación occidentales tenían asumido ese discurso intervencionista hasta que llegaron los aranceles promovidos por EEUU para lo que han utilizado como pruebas de su carácter regresivo la inflación que van a provocar y las caídas de las bolsas, lo cual nos conduce nuevamente al terreno de las contradicciones.
La inflación es un fenómeno monetario y dicho efecto sólo pueden causarlo los bancos centrales disparando la emisión de dinero. Por tanto, si se mantiene la misma masa dineraria en circulación los aranceles no pueden por sí mismos hacer subir significativamente los precios, salvo que los gobiernos utilicen esta excusa para seguir incrementando el volumen de dinero al objeto de seguir financiando sus déficits, librándose de la responsabilidad de la inflación echando las culpas sobre la espalda del malvado americano. De hecho, si la guerra arancelaria desata un shock de demanda los precios tenderán a bajar, lo que arrastrará a los suministros de materias primas (factores de producción) que también deberán ajustar a la baja sus precios (principio de imputación de Menger), fundamentalmente para poder seguir exportando y compensar el coste arancelario para y mantener la competitividad de sus productos. El mainstrean mediático siempre ha tratado la inflación como algo casi espontáneo, culpa en todo caso de las empresas o, simplemente, lo ha ocultado cuando convenía (durante la presidencia de Biden). Ahora identifican los aranceles como causa de aquélla cuando no dejan de ser un impuesto (todos en consecuencia deberían ser inflacionarios), lo que delata una prensa al servicio de intereses gubernamentales y no de los ciudadanos. Tomamos como ejemplo este titular: “Trump se enroca pese a la indignación mundial por sus aranceles”, ¿abriría el periodista la despensa de su casa para evitar la indignación de sus vecinos?, pues es lo que está diciendo y a ese grado de absurdo conduce el activismo mediático.
En cuanto a las caídas de las bolsas, resulta enternecedor ver cómo toda la claque intervencionista que componen medios y políticos esté tan preocupada por los mercados financieros que históricamente han identificado con el capitalismo de especulación y extractivo, cuyas operaciones han sido objeto de sucesivas exigencias impositivas con esa excusa. Todo el que opera en bolsa sabe a lo que se expone y sabe lo que debe hacer (no vender durante la tormenta), siendo también bastante probable que la volatilidad de los valores que hemos visto estos días no demuestre otra cosa que unos precios de las acciones artificialmente alto consecuencia de la financiarización de la economía derivada de las decisiones monetarias inflacionistas y la manipulación de los tipos de interés que ahora, no antes, secuestran las preocupaciones de medios y políticos.
Sean todos bienvenidos al paraíso liberal y lleven como penitencia que sea el intervencionista Trump quien los haya derribado del caballo (por supuesto, hasta que el oportunismo aconseje recuperar la montura).






