Argentina se mueve / José María Sánchez Romera

 

La derrota del kirchnerismo (peronista, declaradamente antiliberal e impulsor de políticas sociales e ideológicas de izquierda) en las elecciones primarias de Argentina a manos de los sectores políticos más liberales de la nación impulsa un nuevo cambio de rumbo en uno de los países más importantes del subcontinente sudamericano. Al margen de la victoria de la alternativa que encabeza el ex presidente Macri, ha llamado mucho la atención el 13,5% de los votos de votos cosechados por Avanza la Libertad en la ciudad de Buenos Aires, liderado por el “ultraliberal” (todos son llamados ultras menos los ultras) Javier Milei.

Javier Milei, economista, anarcocapitalista confeso, enemigo declarado del estado y de los bancos centrales, ha sido el gran animador de la campaña argentina. Algo fanfarrón, provocador, polémico, mediático y con una sólida formación en teoría económica y monetaria, es seguidor convencido de la escuela austríaca. Cita constantemente a Hayek, von Mises, Menger, etc. y no deja de fustigar al keynesianismo, que considera una doctrina económica perversa. Cada vez que puede recuerda el pasaje del libro de Henri Hazlitt (Los errores de la nueva economía) en el que se afirma que en la obra señera de Keynes (la conocida como “Teoría General”) “lo que es original en el libro no es cierto, y lo que es cierto, no es original”.

Milei no rehúye la polémica, realmente la busca, sus formas a veces son mejorables, pero sin duda no se le puede negar haberse atrevido a plantear sus ideas en confrontación con la realidad de un país como Argentina en el que solo siete millones de personas trabajan en el sector privado y veinte millones reciben algún tipo de transferencia por parte del Estado (lo que representa muchísimos votos) de sus casi cuarenta y cinco millones de habitantes. Un estado elefantiásico y por ello de una inspiración dudosamente moral, porque no se sostiene por sí mismo sino del trabajo de sus ciudadanos, el sector público, bajo el argumento de la redistribución de rentas, dispensa privilegios a los grupos y sectores que se consideran políticamente afines mientras exprime económicamente a los más dinámicos mediante el control de los precios, la fijación de salarios, la creación de trabas y regulaciones, el control de sectores como el de la energía, que nacionalizan por “el bien de todos” a la vez que la inflación devora el valor de la moneda que se emite con la misma frivolidad que se imprimen pases gratis para llenar un evento, con el objeto de financiar el recurrente e ingente déficit público que se justifica con la excusa de atender las incontables necesidades sociales. Lo cierto es que al final todos resultan perjudicados porque ni los que producen conservan una parte razonable del resultado de su esfuerzo, ni la mayoría de los que reciben algún tipo de ayuda estatal salen de su precariedad, aunque a la vez temen empeorar si se cambia de política económica. Un círculo vicioso en el que entró el país desde que Juan Domingo Perón llegó al poder e impuso las nacionalizaciones, el intervencionismo económico y los programas de gasto público (corrupción aparte), pasando de ser uno de los países más ricos del mundo en los años 30 a que los argentinos posteriores a esa época se pasen el 40% de su existencia en recesión (informe de la consultora Ecolatina). Por eso parece que Milei algo ha agitado en la percepción de los argentinos con su “¡viva la libertad carajo”.

La inspiración netamente intervencionista que por muchos años se ha impuesto en Argentina, y que en España parece que queremos aplicar en dosis muy parecidas (lo que hace de la Comunidad de Madrid un objetivo político de primer orden ya que con sus datos de actividad económica pone en evidencia las políticas públicas intrusivas), cada vez tiene más dificultades para enmascarar sus efectos y ahí la cosecha de votos de Milei, especialmente entre los jóvenes. Milei, con su peculiar estilo, ha contradicho sin concesiones el modelo dominante que consiste en lanzarse al vacío de una política económica reiteradamente fracasada con la esperanza de que al fin en uno de los saltos le salgan alas. Con todo debe reconocerse que la fe que inspira el escatón socialista a tanta gente ya la quisiera para sí cualquier religión.

La lección fundamental que recibimos desde Argentina es que nunca puede darse por perdida la batalla de las ideas si se tienen y se saben defender, aunque su momento les llegue mucho después de ser formuladas. La razón siempre termina encontrando un camino. Friedrich Hayek tuvo que abandonar por años la defensa de sus elaboraciones económicas ante el auge imparable del keynesianismo entre los años 40 a 70. Pero en 1.974 recibió el Premio Nobel de Economía y a partir de ahí muchos gobiernos empezaron a aplicar sus ideas con éxitos palpables. Se trataba básicamente de que el estado interviniera lo menos posible en la economía y se controlara la masa de dinero circulante porque todas las crisis de las sociedades capitalistas son crisis monetarias, no sistémicas, evitando de esa forma los ciclos económicos (euforia-depresión).

Frente a quienes hablan de los privilegios económicos que se generan en el mercado libre, se alza la evidencia de que competir no es ninguna ventaja, es una exigencia para quien oferta (en términos de precio, calidad, cantidad…). Solo la intervención estatal puede distorsionar la oferta y la demanda con regulaciones que terminan beneficiando o perjudicando a determinados sectores. En el mercado se busca el beneficio propio, eso es cierto y por supuesto no es algo negativo, pero sirviendo a las necesidades del resto porque no hay beneficio privado sin ventajas para quienes adquieren los productos y servicios ofertados ya que de lo contrario los consumidores les dan la espalda. Únicamente el estado puede obligar a adquirir lo que no quieren los ciudadanos mediante la coerción o cercenando la posibilidad de elegir mediante la nacionalización o la creación de monopolios.

Mientras tanto el socialismo seguirá esperando a Godot y saltando una y otra vez al vacío con la vana esperanza de volar, esto es, esperando que la naturaleza humana cambie en vez de pensar en cambiar el socialismo, lo que exigiría dejar de saltar al vacío de su fallida praxis. No hay tampoco que negarle toda validez al socialismo al señalar la existencia de situaciones lacerantes para muchas personas, pero deberían ver también las injusticias que provoca al querer resolverlas actuando de forma discriminatoria sobre un gran número de personas que, no siendo responsables de aquellas situaciones, se les imputan culpas en base a una abstracción ideológica que así lo predetermina. El utópico Xanadú que propone el socialismo sobre la idea de solícitos burócratas que van a cuidar de cada individuo desde que nace hasta su muerte, como si no conociéramos por experiencia cómo se establece la relación entre la administración y los administrados, es una quimera cuya sola consideración teórica aconseja abandonar de inmediato.

José María Sánchez Romera.


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