De repente un verano…
28 julio 24 Texto y Foto: Javier Celorrio … descubrimos que el tiempo es inexorable compañía que nos va dejando en la cuneta. Así, y todo, seguimos con la ilusión de poder participar en esa feria vanidosa que consiste en tomar güisquis a la luz de la luna, pasear bronceada nuestra piel desecada, pese a las capas de hidratantes protectoras que nos pongamos, y pensarnos adolescentes furiosos reflejados en las pupilas jóvenes de quienes el presente es lo único que importa. Creemos tener de nuestra parte eso que en la madurez se llama sabiduría y que denota su fragilidad y falta de caletre precisamente en querer emular a aquellos en este retrato que ofrecemos a la mirada que nos mira.
Ningún polo Armani, Klein o Kors, ni tan siquiera un amorío juvenil, para nuestro entrevero, nos devolverá aquella musculatura y agilidad corporal que nos tenía por jóvenes… ¡Ay, de los que pierdan la mental por puro ego! Tampoco la vuelta retro de los super grupos musicales de entonces, con quienes experimentamos inicíaticos vuelos sicotrópicos, nos traerá con sus solo de guitarra o batería aquellas noches locas cuando a la piel contraria que nos deseaba oponíamos la propia no menos deseable, y llegaba el amanecer confundiendo ingenuamente el amor con lo que era deseo, pero satisfechos al menos. Lo cierto es que somos para estos veranos y sus nuevos protagonistas arqueología como aquellas patéticas y risibles figuras goyescas de las viejas con afeites.
Nadie tan asombrado de su declive es capaz de aquel gesto Garbo de retirarse en una interesante recién iniciada cuarentena por no ver su deterioro en la pantalla. Pero tampoco llegar a los extremos de la Sissi austriaca embaulándose tras espesos velos para que nadie presenciase el primer esbozo de la decrepitud en su piel blanquísima.
Ahora, y ya pasada la moda de ese placebo tomado como ingenio portentoso de divisa generacional de «la arruga es bella», se maquilla como juventud la capacidad de mostrarnos estridentes en el comportamiento, los usos y la decoración corporal; la humanidad quieren ser pop a toda costa, trendys absolutas en la coloración del cabello, fashion en cuanto al outfit de tallaje menor a nuestra arquitectura carnal y o sea y química y tecnología aplicada a una piel que quiere mantenerse elástica a mayor gloria de la apariencia externa. En suma, hacer de la existencia una narrativa de lo que queremos y no somos. Todo esplendor lleva implícita su entropía al igual que la noche comienza al mediodía.
Cada verano, claro está, vuelve la belleza, pero en lo natural de la juventud. Obviamente esto no es óbice para que nos dispongamos a abrir las puertas del cementerio de elefantes, y encerrarnos en la cripta por ver cómo va el tiempo momificándonos. Pero cuidemos el paso y pasemos a observar nuevos matices en las cosas que ya conocíamos y que no obstante son diversas como diferente son nuestra edades y sus miradas. Al caso, me quedo con las palabras de Edith Wharton en su autobiografía y donde dice: “La vejez no existe; sólo existe la pena. Otro generador de vejez es el hábito: el mortífero proceso de hacer lo mismo de la misma manera a la misma hora día tras día, primero por negligencia, luego por inclinación, y al final por inercia o cobardía”. Para este desarreglo la Wharton aconseja el cambio, amparado en una curiosidad intelectual por las grandes cosas y siendo feliz con las pequeñas o lo que es lo mismo no dar importancia a las cosas que no la tienen.
De repente un verano descubrimos que aquellos nuestros son ya recuerdos. No importa, pues éstos nuevos tienen también hallazgos siempre que descartemos pasado y futuro de nuestro horizonte: vivir en presente, dicen, es el remedio.






