Escribe Lluís Nacenta en un reciente ensayo (“Cálculo de metáforas”) que “la perplejidad ante la dificultad de vivir no es distinta, no es otra, esencialmente, que la perplejidad colectiva ante los serios retos del futuro próximo”. Así nos encontramos todos los españoles frente el año que se abre ante nosotros el cual tiene toda la apariencia de aparecerse como un Cabo de Hornos lleno de riesgos e incertidumbres hasta que se atraviesa…si es que se consigue. En la partida iniciada este año a modo de ensayo en las autonómicas de Extremadura ha comenzado lo que parece apuntar un cambio de tendencia profundo en la relación de fuerzas que dirimen su hegemonía social y política. Ello implica una estrategia en el mismo orden porque sin la primera la segunda sólo puede llegar como un desvío provisional de lo que en la conciencia dominante se entiende como lo normal por lo que la vuelta pasado un tiempo es segura. Esto la izquierda lo ha entendido muy bien desde Gramsci (“Cartas desde la cárcel”) y la derecha desde hace muy poco y por eso ahora se habla tanto de polarización, porque los grupos políticos liberal-conservadores han estado jugando con una mano atada a la espalda, quizás con la excepción de la época del tándem Reagan-Thatcher, mientras que el autodenominado progresismo, con otra excepción en algunas socialdemocracias europeas, ha construido un discurso totémico ante el que sólo cabe la postración, nunca el debate. Eso lo hace explícito un gurú de la izquierda como Slavo Zizek cuando nos habla de la lucha por los “significantes amo”, palabras que determinan las prioridades de la gente, como vía de predominancia política.
Para la izquierda en España, en referencia naturalmente a la que ejerce de modo efectivo el poder, el camino está trazado: denunciar una alianza de la derecha que será dominada por las exigencias maximalistas de la llamada extrema derecha será el fin de las políticas sociales y el riesgo cierto de que la acción pública y los servicios que promueve dejarán de proteger a los más desfavorecidos, aunque nunca sepamos ni cuántos son ni por qué lo son e incluso si muchos no serán víctimas de las decisiones sus proclamados benefactores, algo bastante probable. Nada hará cambiar ese logos, mucho más si los procesos electorales pendientes van ratificando la necesidad del acuerdo entre los partidos de la derecha que por supuesto nunca hará nada por evitar la izquierda de creer honradamente que esa unión de las derechas tendría unas consecuencias tan calamitosas o puede que sí, de servir para activar la agitación y las movilizaciones. Derribar lo que hay, aunque no se sepa lo que se quiere construir, es la praxis tradicional de la izquierda, lo que resulte ya se verá, pero desde el poder, es muy coherente con la tradición de la izquierda y su nunca explicado modelo socialista que no pasa de ser una fórmula abstracta, algo desconocido y sin embargo deseable, pese a lo desastroso de lo conocido. Un propósito que se parece al intento de alcanzar el horizonte, un imposible físico y metafísico, porque siempre está más allá de donde estamos y no existe porque la unión del cielo y la tierra no es más que una ilusión óptica. Un camino eterno a ningún sitio donde el horizonte actúa como un hipnótico que recrea en las mentes una futura sociedad en ausencia de conflictos, un ilusionismo sostenido por un aparataje lingüístico que aliena de la realidad del mundo comunicativo tremendamente eficaz.
La derecha, liberal, conservadora, o una mezcla de ambas, nunca ha entendido la fuerza de la utopía y por ello cómo puede rehacerse el mensaje de la izquierda una y otra vez pese a sus reiterados fracasos. Progresismo, socialismo del siglo XXI, feminismo, ecologismo, toda su reconstrucción no es ideológica, sino semántica, el enemigo siempre es el mismo, también bajo diferentes significantes (capitalismo, derecha, fascismo, neoliberalismo…) que responden indiscriminadamente a un mismo significado. Lo que importa es desvincular los hechos de la realidad por medio del lenguaje para crear dos órdenes diferentes donde uno de ellos es inaceptable sin necesidad de razonamiento alguno. Por eso un progresista se excluye como antisemita pese a pedir el fin de estado de Israel y un conservador es indefectiblemente racista por el mero hecho de pedir que se regule la inmigración. Todo ese tipo de asechanzas e incluso peores van a tener lugar durante los tiempos venideros en la medida en que se mantenga la tensión electoral. El peor error en el que puede caer el centro-derecha es aceptar ese marco mental porque, como el 2.023, puede hundir las expectativas que una parte mayoritaria de la población parece haber puesto ya en un cambio de signo político.
Resulta evidente que la “pasada” por la izquierda de estos casi ocho años ha activado los anticuerpos sociales que han detectado los males de fondo de unos gobernantes que, al margen de sus errores de gestión, han incurrido en reiteradas incoherencias entre los hechos y las palabras. La coherencia se espera ahora de quien puede llegar a tener la responsabilidad de invertir la tendencia, huyendo de maximalismos, que más de uno debería tratar de dominar, oponiendo pensamiento a ideología, apertura a la realidad frente a ficción teórica, hablar de las cosas y sus soluciones, no de las cosas y de sus culpables. Hasta llegar a ese punto es preciso no cometer el primer y fatal error que pueda dar al traste con todo: oír cantos de sirena en forma de “gran coalición” o ideas parecidas. Los desplazamientos sociales son lentos y si no se conecta al momento con la demanda la oferta quedará huérfana en poco tiempo. Los votos para un cambio no pueden quedar decepcionados y para ello, aparte de las reformas legales tan necesarias en muchos órdenes, debe intentar retomarse, si hay una izquierda que colabore siendo capaz de rectificar, el ahora despreciado espíritu de la Transición tan denostado por ignorantes y fanáticos que hablan de excesivas renuncias respecto de un tiempo que no conocieron y poderes que no tenían.
Ocurre que todo lo anterior con los antecedentes de los que partimos no pase de ser una carta (fallida) a los Reyes Magos.
José María Sánchez Romera






