Ceuta o cómo puede morir un Estado / José María Sánchez Romera

Todo el que tiene que tomar una decisión afectante de forma trascendental al Estado suele enfrentarse a circunstancias en las que puede tener que elegir entre valores que en ese momento resultan contradictorios o aparecen incompatibles y la situación sólo permite optar por la defensa de unos u otros principios. No cabe el recurso al eclecticismo o la pragmática combinación de elementos que faciliten la dureza de elegir excluyendo alguna opción que en otras circunstancias sería perfectamente asumible. Cuando Winston Churchill asumió el cargo de Primer Ministro tuvo que decidir entre continuar la guerra como unos querían (puede que los menos) o negociar con una Alemania cuya implacable maquinaria bélica se había apoderado, casi sin aparente esfuerzo, de la mitad de Europa en muy poco tiempo. Churchill, aunque tenía clara la idea de resistir, no podía sustraerse a las dudas que le provocaban las fortísimas presiones que recibía en el sentido de llegar a un acuerdo con Alemania y así evitar la guerra en su territorio. Su presumible situación psicológica queda muy bien reflejada en la escena de la película “El instante más oscuro” cuando el Rey le visita para preguntarle qué opinión tiene sobre negociar o continuar la guerra. El Primer Ministro, confuso y abatido por el peso de una disyuntiva tan absolutamente endemoniada, le contesta muy churchillianamente: “A mi también me gustaría conocer mi opinión”. El resto es historia, en ese momento hubo que elegir entre la guerra o sumisión a cambio de paz, aunque solo la primera eventualidad con todas sus incertidumbres podía preservar Gran Bretaña.

Gobernar es elegir y ser consciente de estar preso de limitadas alternativas que la realidad ofrece con apariencia de viabilidad y no siempre son las deseadas, siendo estas últimas las que habilitarían hacer compatible cuanto de bueno es imaginable con el fin de no causar perjuicios a nadie, lo que en la mayor parte de los casos no deja de ser un desiderátum. Esto último, tan sabido como mal aprendido, pertenece al universo de esos privilegiados que pueden permitirse vivir en la utopía y la ensoñación de la especulación metafísica que se convierte en pesadilla cuando se pretende trasplantar a un mundo físico que únicamente admite el orden que surge de su aparente caos por reglas que muchas veces no nos resultan aprehensibles. Por eso, todos los intentos de una perfecta racionalización y planificación de la actividad humana han conducido sistemáticamente a la represión y el fracaso.

Admitamos como hecho, siguiendo la versión favorable al Gobierno, que el asalto a la ciudad española de Ceuta fue un suceso inevitable por imprevisto e imprevisible con el fin de fijar la cuestión en lo que importa: qué hacer para devolver (el derecho) a la normalidad la vida de los ceutíes. A partir de ese imperativo no hay más respuesta para un Estado que defiende lo más primario de su existencia que es garantizar sus fronteras y que aquí se traduce en devolver a los asaltantes que quedan en la ciudad a su lugar de procedencia de forma expeditiva respetando por supuesto su integridad moral y física. Una decisión desde luego mucho más evidente y menos comprometida y traumática que el ejemplo citado al inicio de este artículo, pero que sin embargo con el paso de los días se ha ido haciendo enrevesada a medida que los cálculos políticos e ideológicos han ido encontrando tiempo para propagarse. En cuanto a lo político, nos encontramos en el punto que determina el manual del Gobierno en todo asunto incómodo que le concierne y que no es otro que acabar culpando a la oposición de los efectos de sus decisiones o de la falta de ellas, recurriendo a la polarización para ocultar la realidad y cohesionar las filas.

Luego está esa ideología que practica un humanitarismo selectivo con el que reconduce a racismo y xenofobia todas las denuncias de cuanto está ocurriendo en Ceuta, relegando así de facto la situación de sus habitantes a la condición de daño colateral asumible sin el menor dilema ético. Declaradas como situaciones objetivas hechos tan contingentes como la procedencia o el color de la piel, eso se transmuta en opresión, exención de responsabilidad o necesidad material preexistente y prioritaria sin requerir prueba alguna, únicamente se la constatación de tales factores externos para imponer la narrativa. El inmigrante queda al margen del entramado de prejuicios que la izquierda woke atribuye con carácter general al sexo masculino en los países occidentales y la inseguridad que se sigue de aquellos para las mujeres. En Ceuta, desde la invasión, ha quedado en suspenso la teoría del machismo estructural, sola y borracha se puede ya llegar a casa. El relato debe sobreponerse a cualquier contradicción por más flagrante que se ofrezca.

Parafraseando en parte el título del libro, una obra sobrevalorada debido a sus sesgos (torpemente disimulados), “Cómo mueren las democracias”, podríamos plantearnos cómo muere un Estado y en particular si el español corre peligro tal y como lo conocemos. Contra lo que podría objetarse, lo ocurrido en Ceuta no admite reducción a la anécdota, la ejecución con la más absoluta impunidad de un ataque a la soberanía territorial de España (palabras del Presidente del Gobierno) es un hecho gravísimo que afecta injustamente a los ceutíes en primer término y luego, por extensión, a nuestro Estado al mostrarse tan inerme como inerte en semejante tesitura. El Estado se jibariza y queda reducido a una engañosa faceta “social” que entraña confundir el efecto con la causa y lo hace inviable al fundarse en un demos de aluvión y subsidiado (sostenido con qué recursos y por cuánto tiempo), carente de una base elemental de valores comunes que son muy importantes y dignos de protección cuando se trata de otras culturas, pero que la nuestra parece no merecer desde esa cosmovisión autoproclamada humanitaria. Tampoco hay que engañarse, esto no se ignora por quienes minimizan o desvían el debate sobre lo ocurrido en Ceuta (un ensayo local con todo), saben que es precisamente la configuración actual del demos en España lo que frustra sus planes para obtener la hegemonía política. Fallido el proletariado por no cumplir satisfactoriamente el papel histórico que el marxismo le asignó por su cuenta, ahora toca probar suerte con las llamadas “minorías oprimidas” fomentando la dialéctica social como nuevo intento de conseguir la ansiada ruptura del status quo actual. Y ellos que lo vean.

José María Sánchez Romera

 

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