España-Marruecos: En torno a una patología

El expediente de la relación hispano-marroquí tras el asalto a la ciudad de Ceuta el pasado 30 de julio comienza a desvelar una convivencia que tiene ver con lo patológico mucho más que el normal sistema de equilibrios que son habituales en las relaciones fronterizas. Los períodos de colaboración se alternan con los choques, supuestos malentendidos e intereses en conflicto, lo que en muchas ocasiones tiene que ver con el factor humano, esto es, con la personalidad de los dirigentes que en cada momento lideran los respectivos países. Lo que no parece entrar dentro de esa lógica de altibajos es que las provocaciones del régimen alauita se salden con la imagen de una España que en todos los casos termina tratando de minimizar la gravedad de las acciones marroquíes para, como el amante incondicional, recuperar lo antes posible la relación. Además, la respuesta diplomática del Gobierno de Marruecos suele ser poco amistosa, casi siempre provocadora, donde lo más que admiten es aceptar algún tipo de pausa, pero sin el más mínimo propósito de rectificación. Tras el incidente de Perejil, pese a la firmeza inicial de la operación de las Fuerzas Armadas Españolas para desalojar el islote, fueron las autoridades diplomáticas españolas las que tuvieron que desplazarse a Rabat para recomponer las relaciones a pesar de que fue España, como ahora, la agredida en su integridad territorial. Ana de Palacio, Ministra Española de Asuntos Exteriores, fue tratada con una desconsideración rayana en la grosería, el lenguaje gestual de su homólogo, Benaissa, en la reunión que escenificó el acuerdo, fue el de quien ha sido atacado, no el revés como sucedió, donde Marruecos no renunció expresamente a la soberanía de Perejil sino a mantener un estatus de tierra de nadie, aceptando España que la partida acabara en tablas tras haberla tenido ganada.

En esta ocasión, y siguiendo la metáfora ajedrecística, a pesar de una experiencia acumulada por más de veinte años desde Perejil, hemos pasado (degenerando, degenerando…) de las tablas a dejarnos comer la reina con el consiguiente peligro de sufrir jaque mate. La persistencia de miles de ocupantes en la ciudad hace la situación difícilmente irreversible, lo que puede obligar a la capitulación siempre que se adopten medidas contundentes políticas y económicas en favor de Ceuta y frente a Marruecos, si es que aún se puede llegar a tiempo. El Gobierno por boca de una de sus ministras ha dicho que desconoce el número de personas que permanece ilegalmente en la ciudad, lo que no deja de sorprender si lo que se quiere es repara el daño sufrido, aunque es difícil concebir cómo puede lo ocurrido cerrarse a coste cero, sin consecuencias para Ceuta, los ceutíes y España. Si alguna vez estaba justificado el uso del decreto-ley era en este caso para tratar de responder al asalto con la debida contundencia, lo que seguramente habría contado con un respaldo abrumador del Congreso de los Diputados cuya su legitimidad democrática parece que quedó en vía muerta una vez se culminó el proceso de investidura y la aprobación de la Ley de Amnistía. Ahora, a más de tres semanas del asalto, proponer reformas legislativas (por vía ordinaria, qué prisa hay) y reunir al Consejo de Seguridad Nacional, pese a haberse dicho por los ministros que todo había vuelto a la normalidad, se antoja tardío, si no abiertamente fútil dada la complejidad burocrática que actualmente impone la resolución administrativa y judicial de los expedientes de devolución, sin tan siquiera certeza de la identidad y procedencia de esos ocupantes ilegales, lo que convertirá en anacrónico y por tanto irrelevante cuanto se dictamine. A todo esto, ni una palabra de reproche a Marruecos desde donde en los últimos días no cesan de llegar declaraciones reivindicando Ceuta y Melilla, lo que hace imposible no relacionarlas con el asalto a la frontera española, en ese permanente juego de equívocos que trata de confundir soberanía y geografía. Por mucho menos hemos ido al choque con países aliados, ahora, sin embargo, no es que la crítica esté ausente, es que se exige aplaudir al causante del problema, emplazando incluso al Rey, algo muy difícil de comprender con arreglo a la lógica que deberían imponer los acontecimientos que conocemos.

Parece poco discutible en razón a la experiencia adquirida durante décadas que la estrategia de España con Marruecos ha sido completamente equivocada. No podemos contar ni con el beneficio de calificarla como errática, eso significaría que se habrían alternado la firmeza con las concesiones, pero no, el recurso al apaciguamiento ha sido invariable en las relaciones con el reino alauita desde 1.975 hasta la fecha. De vivir hoy, Catón el Viejo habría concluido todos sus discursos con un “Delenda est Marruecos” por ser, como Cartago para Roma, una amenaza permanente para nuestros intereses nacionales y existenciales (sería a buen seguro el principio del despiece territorial de España), y si bien no sería preciso tomar la expresión “delenda” en términos literales, debería bastar, seguramente habría bastado, con dejar claro que nuestro país bajo ningún concepto admitirá reivindicaciones de su territorio basadas en meros afanes expansionistas de inspiración nacionalista y que para ello se estará dispuesto a emplear los medios proporcionalmente necesarios. En otro caso, no sería este nuestro último problema, las Canarias también siempre están en el radar de Marruecos con fundamento en los mismos principios de proximidad geográfica (lo cultural, lo histórico o la lengua, solo cuentan cuando interesa) no hay más que ceder una vez a las ambiciones sobre una parte del territorio para estimular la búsqueda de un mayor botín. Es uno de los pocos casos en los que las tesis del determinismo histórico encuentran una constante que las avala.

Y esperemos que, a todo esto, la súbita hiperactividad gubernamental tan a destiempo no termine siendo un brindis al sol, porque superadas las tres semanas desde la invasión se antojan más que cuestionables los efectos que para normalizar de Ceuta pueda tener una reacción tan tardía como escasamente concreta, más allá de algunas expresiones grandilocuentes sobre la españolidad de Ceuta. Dados los precedentes, no estará de más estar atentos a las declaraciones y tomas de posturas de los medios y comunicadores más próximos a los intereses gubernamentales para comprobar si vamos a asistir a un experimento de Ventana de Overton o se utiliza como maniobra de distracción respecto de otros asuntos incómodos, volviendo a hacer de la necesidad virtud. Desde un medio afín un conocido politólogo, una especie de “Sr. Lobo” a lo Pulp Fiction, ha deslizado la sutil (y falaz) teoría de que una cosa es la población (española) y otra el territorio (africano). Habrá que ver si eso significa que la liebre ya se ha lanzado y, en tal caso, hacía dónde corre.

 

También podría gustarte